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lunes, 29 de septiembre de 2014

Amnesia



La luz tenue del anochecer iluminaba de manera insuficiente una triste habitación de hospital. En ella, el médico de guardia hojeaba un historial sin prestar demasiada atención cuando, inesperadamente, el paciente abrió los ojos.
El convaleciente mostró primero una gran curiosidad, mirando a todas partes sin pestañear. A los pocos segundos, la curiosidad se transformó en confusión; e inmediatamente después, su rostro dejaba ver una absoluta resignación, la de aquel que acaba de comprender lo penoso de su situación. Al instante de reconocer el lugar donde se encontraba, notó también un fuerte dolor en el brazo izquierdo y la completa insensibilidad de sus dos piernas, como si no estuvieran allí, aunque no se molestó en comprobar con su otro brazo si aún las tenía.
- Disculpe, ¿Sabe usted quién soy?- dijo, causando un gran sobresalto al médico, ya que debido a la escasa luz no había reparado en que el hombre de la camilla estaba ahora despierto.
            - ¡Vaya, que pronto se ha recuperado usted! Menudo susto me ha dado- El doctor se dirigió a dar la luz de la habitación para ver mejor al enfermo, y entonces cayó en la cuenta de lo ridículo que resultaba leyendo el historial a ciegas, aunque tampoco pareció importarle demasiado.-  ¿Así que no sabe quién es? Parece que el golpe en la cabeza le ha provocado una pequeña amnesia; pero no se preocupe, está usted en las mejores manos. Se llama usted… Toril, Alfredo Toril. ¿Le dice algo el nombre?- Por un segundo, esperó una respuesta que no existía.- Bueno, no pasa nada, voy a encargarle unas pruebas para mañana. Ahora mismo les digo a sus familiares que entren, a ver si eso le ayuda a recordar algo.
Alfredo escuchó con absoluta indiferencia, como si en ningún momento hubiera tenido la intención de obtener una respuesta. Cuando el médico salió de la sala, Alfredo se quedó acostado sobre la almohada con la mirada perdida en el techo hasta que, un par de minutos después, una mujer y un niño entraron por la puerta de la habitación.
- ¡Alfredo, mi vida, estás despierto! ¿Me reconoces? ¿Sabes quiénes somos? ¡Qué mal rato nos has hecho pasar!- La mujer hizo una pausa dramática, esperando la reacción de unos ojos vacíos, reacción que nunca llegó.- ¿Cómo pudiste caerte del andamio? Tantos años de experiencia y mira… Soy Ángela, tu esposa; y éste es Miguel, tu hijo. ¿Por qué nos miras así? ¿Es que aún no nos reconoces? Tranquilo, el médico nos ha dicho que esto es transitorio y que mañana…
            - Ángela - Interrumpió Alfredo-, claro que te reconozco. Y a Miguelito también. Sois mi esposa y mi hijo… os quiero, creo, pero no es suficiente. También sé que me llamo Alfredo Toril y que trabajo para una constructora. Recuerdo mi infancia, mi adolescencia, nuestro noviazgo, nuestra boda, el nacimiento de nuestro hijo, cuando alquilamos la casa, cuando compramos el coche, lo que cené ayer… o la última noche que cené. Lo recuerdo todo, nunca lo he olvidado. Y por supuesto, también recuerdo que no me caí de ningún andamio. Salté. Y lo hice porque hay una pregunta que me atormenta y a la que no consigo responder: ¿Quién demonios soy?


sábado, 27 de septiembre de 2014

Autómatas



Raúl regresaba a casa cabizbajo al finalizar otra jornada de tarde en la fábrica, en la cual llevaba trabajando veintitrés años. El movimiento mecánico en la línea de producción mantenía ocupadas sus manos; pero no su mente, que pasaba de un sueño a otro como si se tratase de un antiguo proyector abandonado en algún rincón sombrío, encendido, pero desprovisto de cualquier defensa ante el ataque de los roedores con traje, y el traicionero paso del tiempo. Al salir de su puesto, el proyector continuaba funcionando durante el camino al hogar, ambientado por la escasa luz de las farolas, que pretendían sustituir a las estrellas, siempre y cuando no estuvieran rotas o fundidas.
Ante los ojos de Raúl, una de aquellas farolas sonreía cansada, devolvía una mirada triste, con gesto de complicidad, y continuaba con su trabajo de alumbrar la acera. Antes de darse cuenta, llegó al portal y sacó la llave tal y como hacía cada día a esa hora; pero esta vez había algo diferente. Un cartel de color rojo intenso, pegado en el lado derecho de la puerta, llamo poderosamente su atención. Sin saber muy bien por qué, se puso frente a él para ver con claridad de qué se trataba, y leyó lo siguiente:
“Realeza, políticos, banqueros, ricos herederos, empresarios, alta jerarquía del clero, artistas del mercadeo, famosos de mentira, y, en definitiva, todos aquellos que destruís al hombre día a día… escuchad, tenemos algo que deciros:

¡ESTAMOS HARTOS DE QUE VIVÁIS NUESTROS SUEÑOS Y CONVIRTÁIS EN PESADILLAS NUESTRAS VIDAS!”

“No creo que ninguno de esos lea este cartel” Pensó Raúl, mientras de nuevo se encaraba hacia el portal para abrir. Una vez dentro, un autómata que se hacía pasar por el hombre que iba a ser Raúl encendió  la luz y se giró hacía la derecha para abrir el buzón en el que no esperaba encontrar nada, puesto que ya había recogido el correo por la mañana; no obstante, en el interior del buzón había un sobre, sin remitente ni destinatario, lo cual despertó al hombre dentro de la máquina, que ni siquiera esperó a estar en casa para leerlo, y lo abrió mientras subía las escaleras de su viejo edificio sin ascensor. Dentro del sobre encontró lo que parecía ser la fotocopia de una carta manuscrita, en la que se podía leer lo siguiente:

“Empleados, pobres, marginados, vagabundos, y todos aquellos que vivís entre la incomprensión y la desesperación… escuchad, también a vosotros tengo algo que deciros:

¡NI UN DÍA MÁS!

Ya está bien de regalar nuestras vidas, basta ya de sufrir para que disfruten aquellos que nos hacen sufrir. A lo largo de los siglos, siempre ha habido unos pocos que vivían como parásitos del resto. Todos eran conscientes de ello, y lo aceptaban, porque no conocían nada mejor. Pero lo que ocurre en la actualidad es la mayor ruindad que ha conocido el hombre en sus siete mil años de historia como ser civilizado. Ahora somos conscientes de que puede haber una vida mejor… ¡Y nos limitamos a soñar con ella!  Constantemente nos dicen: “Mira, así podría ser tu vida, ¿Qué buena vida eh?” Y nos quedamos como idiotas viendo lo que nos enseñan y soñando con alcanzarlo algún día, o con dar a nuestros hijos la oportunidad de alcanzarlo, mientras con nuestro trabajo contribuimos a perpetuar nuestro estado y la imposibilidad de obtener una verdadera vida. ¡Somos la base de un sistema que nos oprime! ¡El pilar fundamental de un mundo que se ríe de nosotros! En el siglo XX y lo que llevamos del XXI se ha perfeccionado la esclavitud de tal modo, que no sólo se ha logrado que los esclavos no sepan que lo son, ¡Si no que se ha conseguido también que sean sus propios opresores y verdugos!
Por todo esto, ha llegado el momento de dejar de formar parte de su sistema, que no es el nuestro. Así, os propongo lo siguiente: Id al banco y sacad todo vuestro dinero. Después, comprad una tienda de campaña lo más amplia que podáis permitiros, instrumentos de labranza y provisiones no perecederas para aproximadamente un par de meses; y guardad el resto del dinero en algún lugar seguro, cerca de vosotros, pero no en el banco. A continuación salid al campo, a un lugar que os guste, escoged un pedazo de tierra, que nadie os puede negar, porque la tierra no es de nadie. Instalad ahí vuestra tienda y empezad a trabajar la tierra. No volváis a vuestro trabajo, y ni siquiera aviséis de que os vais. Comeremos de lo que la tierra nos de, y no necesitaremos más, porque no estaremos expuestos a sus trampas, sus engaños y su permanente idiotización. Si todos hacemos esto, habremos ganado; ellos son muy pocos, y aquellos que deben proteger su sistema pertenecen a nuestro bando, y se darán cuenta por sí mismos de que no deben usar la violencia contra nosotros en favor de sus opresores, si no unirse a nosotros y compartir nuestras tiendas y nuestra tierra. Su sistema no puede funcionar sin nuestro sometimiento “voluntario”. Y si quieren que volvamos a la “sociedad del progreso y el desarrollo” tendrán que cambiar muchas cosas. Seremos nosotros quienes dictemos las normas.
¡Una revolución sin una sola gota de sangre! Este es mi sueño y os necesito para convertirlo en realidad.
Nos vemos en un mundo mejor, firmado por vuestro igual.”
Raúl quedó pensativo tras leer la carta. Cenó y se marchó a dormir, como cada día, pero hoy algo distinto le rondaba la cabeza. Normalmente, el hipnotizante zumbido del televisor le acompañaba durante la cena y hasta la hora de dormir, regalándole una agradable tranquilidad que se traducía en una completa inocuidad mental y un rápido sueño profundo; pero hoy, ni siquiera se había acordado de encender la tele al llegar a casa, y en su cabeza resonaba incesantemente una pregunta: “¿Y por qué no?”. Le costó mucho conciliar el sueño, pero cuando lo hizo, ya estaba resuelto a levantarse pronto al día siguiente para ir al banco y comenzar una nueva vida.
Sonó el despertador, y Raúl se levantó con una sensación extraña, que al principio no fue capaz de reconocer, pero que tras unos minutos identificó como aquello que sintió alguna vez, hace muchos años, cuando era el dueño de su vida. Se vistió, desayunó y salió hacia el banco.
Una pequeña sonrisa adornaba las arrugas de su rostro, que hoy parecía menos cansado, cuando estando ya cerca del banco, al doblar una esquina, se encontró con un compañero de trabajo.
-¿Te has enterado de lo del loco ese? -dijo su compañero, después de saludarle con un gesto de la cabeza.
            -¿Quién? -respondió Raúl.
            -El tipo que se dedicó a repartir cartas por el barrio llamando a la revolución, parece que ya le han detenido. Por lo visto se había escapado de un psiquiátrico o algo así. Al menos eso es lo que me acaban de contar.
            - Ahm… ya veo. ¿Entonces no se hará nada de eso? -Contestó Raúl, que de nuevo parecía tan cansado como siempre.
            -¿Pero como va a hacerse? ¡Es una locura! ¿No habrías pensado en hacer caso? -Y a las palabras del compañero se unió una extraña mirada, entre suplicante y escéptica, como la de un condenado a muerte que echa un último vistazo alrededor esperando encontrar un sitio por el que escapar, pero sin confiar realmente en encontrarlo.           
-¿Yo? No, claro que no. -Susurró Raúl casi sin palabras, y bajando la mirada al suelo.
            -Nos vemos en el curro.
            -Claro, hasta luego.

lunes, 22 de septiembre de 2014

Leyes



Vivimos limitados por reglas absurdas. La tradición, el conformismo, y esa abstracción que se ha dado en llamar “consenso” definen quiénes podemos ser y hasta dónde podemos llegar. Pero no hay ley en el mundo que pueda oponerse a un sentimiento, ni ser humano que nazca jurando una constitución. Cada uno de nosotros debe decidir quién puede ser y hasta dónde puede llegar.

Sin rumbo camina el errante
Buscando una ley verdadera,
Su alma conoce la espera,
Eterno buscar vacilante.

Observa la ley del dinero,
En ella no halla justicia
No puede entender ley tan ficticia,
Así, la elimina primero.

Ahora la ley de la fuerza
Desea imponer su dominio,
Su fin, voraz exterminio,
No existe en ello nobleza.

Asoma la ley del poder,
Guiando el destino del mundo,
Ordena con gesto rotundo,
Absurda ilusión, ha de ceder.

Por fin la ley de los hombres:
Amor, paz y respeto;
Se muestra brillante, fiel amuleto
De justos, endebles y pobres.


martes, 16 de septiembre de 2014

La nueva religión



Contemplo asombrado la fuerza de la Nueva Religión.
En su búsqueda de la verdad, el hombre moderno ha encontrado un atajo, muy típico de nosotros.  Ante la incapacidad de dar una única y absolutamente certera respuesta a las preguntas que nos atormentan, hemos optado por simplificar el mundo para así poder comprenderlo. Hemos aceptado la trampa de cambiar el “por qué” por el “cómo” y mirar hacia otro lado, confundiendo así el motivo con la forma, y nos regodeamos orgullosos en nuestro engaño creando la falsa ilusión de que lo sabemos todo; nunca una generación supo tan poco.
En esta Nueva Religión hay expertos sacerdotes para cada disciplina: Por un lado están los bioquímicos, que afirman que el amor es una mágica mezcla de hormonas; por otro, los físicos, tratando de explicar el principio de Todo en una enorme máquina construida por ellos mismos; también hay psicólogos que reparten recetas para conseguir la paz, cuando no la perfecta felicidad; y cientos de ejemplos más. Ante todos estos dogmas de fe aplauden miles de creyentes que no saben que lo son, de una religión que pretende no serlo.
Esta doctrina contiene la esencia de todos los credos (al menos de los que yo conozco), la traición al ser humano. Como buena religión, se basa en negar al hombre en su totalidad y reducirlo a una pequeña parte de sí mismo. La Nueva Religión condena a la parte del hombre que quiere dudar de todo e intenta comprender el mundo desde sus intuiciones y sentimientos, y en lugar de pecador lo tacha de estúpido e ignorante.
Especial atención merece el hecho que se da en todas las religiones, cuya primera traición al ser humano es ejecutada sobre sus propios profetas. Así como el Cristianismo traiciona a Jesucristo negando en el toda humanidad, y convirtiendo a quien posiblemente fue un hombre ejemplar en una caricatura de sí mismo, la Nueva Religión traiciona a sus mas célebres genios (nombre con que denomina a sus profetas) obviando a la hora de recordarles las dudas que todos tuvieron, y a las que muchos de ellos dedicaron más tiempo que a los descubrimientos que nos legaron. Es más, si cualquiera de ellos viviera hoy para exponer sus dudas sería tachado de estúpido e ignorante.
La Nueva Religión ha convertido lo relativo en absoluto, y los nuevos creyentes, que presumen de no serlo, en su anhelo por saber han perdido la oportunidad de comprender.
El ser humano no debe traicionarse, debe amarse tal y como es, con sus certezas y sus dudas, sus virtudes y sus vicios. Aquel que intente negar cualquier parte de si mismo, por vergonzosa que sea, nunca llegará a ser un hombre.

miércoles, 10 de septiembre de 2014

Culpa



La noche anunciaba, con su milenario idioma de sombras y susurros, los peligros ocultos bajo su manto de oscuridad; apenas interrumpido por una luna que, temerosa, se refugiaba tras las feroces nubes de tormenta. Era una de esas noches en que sabes que algo horrible va a ocurrir, y sólo puedes esperar estar equivocado, aun sabiendo que no lo estás. Esta sensación no podía por menos que agravarse cuando, quien contemplaba la noche, lo hacía a través de las rejas que adornaban el pequeño ventanuco de su celda. Un hombre infinidad de veces juzgado, aunque sólo una de ellas condenado, miraba hacia las estrellas con la tristeza de quien observa por última vez algo precioso; de pronto, llegó el momento que esperaba, y pudo sentir como su celda se hacía cada vez más pequeña.
Al sentir tan próximo su final, no pudo evitar recordar el incidente de aquella tarde. Se encontraba en el patio, dirigiéndose hacia el lugar en el que siempre se sentaba a esperar que llegara el momento de volver a su celda; su “acogedor adosado en el infierno”, como él la llamaba. El nuevo preso estaba sentado exactamente en ese mismo lugar. Había oído hablar de él, era un reconocido sicario al que habían atrapado después de un despliegue policial que había merecido la apertura de todos los noticiarios del día en que lo cogieron. “Es un infierno extraño, no hace calor, y más que diablos, hay pobres diablos; pero este tío… sus ojos buscan el fuego, y si no lo encuentra, él mismo lo creará frotando su puño izquierdo contra su corazón” pensó mientras se sentaba junto al nuevo presidiario, tal y como si no hubiera nadie allí. El sicario le observó sin disimular su desprecio durante algunos segundos, y cuando hubo terminado su teatral análisis, dijo:
—Tú no eres nadie, menos que nadie, sólo una mosca que me molesta con su zumbido. Lárgate de aquí.
—Deberías estar acostumbrado al zumbido de las moscas, amigo, ya que no eres más que un pedazo de mierda —respondió, sin mirarle siquiera a la cara. Aunque no le veía, pudo imaginar sus labios frunciéndose, a la par que sus ojos se abrían, como si pensaran que saltando de sus cuencas borrarían la ofensa.
—Estás muerto —susurró el asesino, como quien revela un secreto.
—Lo sé. Morí hace dos años.
Ninguno de los dos dijo ni una palabra más. Supo que ese hombre le mataría. Lo supo por que no le gritó, ni le golpeó. Lo supo y no sintió nada.
De vuelta en la celda, frente a la ventana, escuchó los pasos que se acercaban suavemente hacia él. Esperó con ansiedad el momento, y sólo al ver como una mano aparecía desde su espalda empuñando un cuchillo, el cual se clavó con descarada profesionalidad en su corazón, comprendió que no estaba preparado para morir. Pero ya no podía hacer nada por evitarlo.
Sus últimos segundos de vida los dedicó a recordar la noche en que su camino se torció irremediablemente. Apoyado contra la pared, mientras una lágrima caía lentamente, dispuesta a desaparecer en el mar de su propia sangre, susurró al oído de alguien que no estaba allí: “Sabes que si pudiera cambiaría todo lo que pasó aquel día, pero nadie puede hacerlo; y yo menos aun, porque estoy muerto.”

Francisco entró en el comedor visiblemente alterado. Su hermano Rubén se encontraba sentado en el sofá, junto a la madre de ambos, mientras que el padre daba suaves cabezadas en el sillón contiguo, a la par que intentaba mantener la atención en el programa de televisión que estaban viendo.
—Tengo una buena noticia —dijo Francisco, sonriendo alegremente.
—¿Qué ocurre? —preguntó su madre, con gesto de preocupación. Incluso ante la expectativa de una buena noticia, era incapaz de evitar preocuparse. “Por si acaso oye, nunca se sabe.” como ella solía decir.
—¡Le han matado! ¡Al hijo de puta ese le han matado anoche en la cárcel!
Hubo unos segundos de silencio, que se interrumpieron con los primeros sollozos de la madre. Francisco y su padre acudieron a abrazarla, y en ambos podía verse claramente esa ridícula mirada de orgullo contenido, que tan a menudo va acompañada de una pose de fingida nobleza; el típico gesto de aquellos hombres orgullosos de hazañas en las que de ningún modo han sido partícipes.
El hermano mayor, Rubén, acarició suavemente el pelo de su madre, a la vez que dirigía a su padre una mirada tremendamente significativa; precisamente, porque no significaba nada. Se levantó del sillón y salió del comedor. Lo siguiente que escucharon en la casa fue la puerta de la calle al cerrarse.
Rubén caminaba con la mirada perdida, pero con una dirección claramente definida. Al cabo de unos tres minutos, en los que su mente fue dando saltos de una idea a otra, absolutamente incapaz de completar ningún pensamiento con claridad, paró delante de un portal. Esperó algunos segundos frente al telefonillo, sin saber muy bien qué esperaba exactamente, hasta que finalmente llamó al timbre.
—¿Quién es? —susurró una voz de mujer.
—Rubén.
—Sube, por favor.
El joven ignoró las puertas abiertas del ascensor, y prefirió subir andando los cuatro pisos que le separaban de su destino, retrasando inconscientemente un momento al que desearía no tener que enfrentarse nunca. Cuando llegó al cuarto piso, la puerta de la derecha estaba abierta, y una mujer de unos cincuenta años, de cuerpo robusto y mirada frágil, le esperaba tras ella.
—Pasa, cielo —dijo la mujer, con un tono que parecía de súplica.
Rubén había escuchado muchas veces ese tono en la mujer, demasiadas, y nunca se acostumbraría a el. Pensaba en ello mientras avanzaba por el pasillo y entraba en el salón, en el que tantas veces había jugado cuando era un niño. Ambos se sentaron en un viejo y raído sofá, el cual constituía toda la decoración de la gris habitación, junto a la mesita que sostenía el omnipresente televisor. Rubén comenzó a hablar con la voz entrecortada.
—Acabo de enterarme María. Lo siento muchísimo.
—¡Hemos sufrido tanto! ¡Tantísimo! —gritó María entre lágrimas, dando rienda suelta al dolor que hasta entonces había contenido— Al menos él ya no sufrirá más. Él es quien más ha sufrido de todos, y sé que no debería decirte eso a ti, por que tú también has sufrido muchísimo, pero él, además de todo, ha tenido que cargar con la culpa. ¿Te conté lo que me dijo la última vez que le vi en prisión? Yo le dije: “No te martirices, hijo mío, tú no tienes la culpa”. Y el me respondió: “¿Qué no? ¿Acaso no la ves? La culpa es una ramera que se aferra a mi espalda clavando sus afiladas uñas en mi cuello. Me está desangrando, madre, me está desangrando”. Ya sabes como le gustaba hablar a veces de ese modo tan extraño. “¡Déjate de tonterías y estudia!” le decía yo cuando me hablaba así, ya de pequeño. Si le hubiera apoyado, en lugar de abroncarle, tal vez ahora sería un cantante, o un poeta, o… o… cualquier cosa, pero no estaría muerto. O tal vez sí, quién sabe, ¡Pero habría muerto siendo feliz! Y no un desgraciado como lo fue toda su vida, por mi culpa; y la de su maldito padre, al que ojalá Dios guarde en su gloría, porque seguro que allí no le veré jamás.
—¿Sabes qué recuerdo yo, María? —Rubén rodeó con su brazo derecho los hombros de aquella mujer desecha, mientras inclinaba la cabeza, buscando unos ojos que se escondían en el suelo—. Recuerdo todas las tardes que pasé riendo junto a él. Recuerdo todas las veces que me ayudó, y todas las que yo le ayudé. Recuerdo cuanto le quería mi hermana… Y no pienso dejar que olvides nada de eso.
Tras estas palabras, Rubén comenzó a contar una anécdota tras otra, y pasó varias horas recordando al hijo de María; al hombre que siempre fue su mejor amigo, y al que todos culpaban de la muerte de su hermana. Cuando anocheció, Rubén se despidió, asegurándose de que a la mañana siguiente María le esperaría para ir juntos al funeral.
Mientras volvía a su casa, refugiado en la oscuridad que una vez más reinaba implacable, como si nada en el mundo hubiera cambiado o pudiera cambiar, Rubén se permitió por fin derramar algunas lágrimas. Al llegar a casa, entró al comedor y encontró a su familia cenando frente al televisor. Su plato estaba servido junto a la silla vacía. Se sentó sin decir ni una palabra y comenzó, sin muchas ganas, a comer el plato de sopa de verduras que no estaba ni frío ni caliente.
—¿Dónde has estado? —dijo su hermano, con mal disimulada inocencia.
—Has estado en su casa, ¿Verdad? Con su madre, en vez de con la nuestra —insistió Francisco, ante el silencio de Rubén.
—Ha perdido a su único hijo, no le queda nadie más, ¿Tan mal te parece que haya ido a verla?
—Si lo hubiera educado mejor, no habría perdido a su hijo. Ni nosotros a nuestra hija — El padre tomó parte en la discusión, con un tono que normalmente indicaba el final de la misma.
—Sí, es mucho más fácil culparles a ellos. Pero lo cierto es que nadie obligó a Cristina a montar en ese coche.
—¿Así que fue culpa nuestra?
—¡No fue culpa de nadie! O lo fue de todos. No lo sé. Murió, y no debería haber muerto. Eso es lo único que sé. Y hoy a muerto la única persona que la hizo feliz. Y eso sí puede que sea culpa nuestra.
—Entonces se ha hecho justicia —masculló el hermano, hablando como por inercia, pero reflejando una inseguridad absoluta.
—¿Justicia? La única forma de hacer justicia es volver al momento en que murió nuestra hermana, y evitarlo. ¿Sabes hacerlo? ¿No, verdad? Entonces no me hables de justicia.
—¡Hablaré de lo que quiera!
—¡Callaos de una vez! —dijo la madre de ambos, esforzándose por no empezar de nuevo a llorar. Ambos dejaron de lado la discusión y volvieron a ceder el peso de la conversación al anestesiante zumbido del televisor.
Cuando Rubén terminó su plato, se dirigió a la habitación que compartía con su hermano y se enfundó los auriculares, al mismo tiempo que cerraba los ojos con fuerza, intentando no pensar en nada. Apenas pasaron unos minutos antes de que sintiera que alguien encendía la luz. Se disponía a reprender a su hermano por molestarle, cuando vio que quien se encontraba frente a él, con gesto de gravedad, era su madre.
—¿Ocurre algo, mamá?
—No, es sólo que… ya eres mayor, y sabes que cada persona afronta el dolor como mejor puede. Tu hermano necesita culpar a alguien de la muerte de tu hermana, y tu padre… tu padre necesita no culparse a sí mismo.
—Lo sé. Yo no soy ningún ejemplo. Era mi mejor amigo y, cuando más me necesitaba, no quise ayudarle. Yo también le culpaba de lo ocurrido. Por eso terminó en la cárcel. Después del accidente en que murió Cristina, todos sabíamos que acabaría mal. Sólo era cuestión de tiempo, esa era la vida que llevaba antes de encontrarla; y cuando la perdió, tuvo que refugiarse en lo único que había conocido antes del espejismo de una vida feliz. Y ahora está muerto, la culpa le ha matado, la suya y la nuestra.
—Pero eso es normal, hijo, todo el mundo necesita culpar a alguien cuando sucede algo malo.
—¿Y es que nadie necesita perdonar? ¿Perdonarle a él? ¿Perdonarnos a nosotros?
—Perdónale tú si quieres, pero nadie más lo hará en esta casa.
—Yo ya lo he hecho.
—¿Y ahora qué sientes?
—Culpa.
—Por eso nadie más va a hacerlo.
La madre salió de la habitación, dedicando una tierna mirada de compasión a su hijo, antes de apagar la luz y cerrar la puerta para volver frente a los imaginarios problemas del televisor, que ahogaban los problemas reales de su vida. Rubén se quedó sólo en la habitación, apretando la almohada contra su rostro para ahogar los entrecortados sollozos que acompañaban a sus lágrimas. Lloraba por su hermana muerta, por su amigo muerto, por una familia que no sentía como suya; y sobre todo, lloraba porque creía ser el culpable de todo.