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jueves, 30 de octubre de 2014

Cinco minutos

Dentro de cinco minutos estaré muerto. Condenado al olvido. Qué frase tan gratuitamente repetida. Pero nada de esto es culpa mía; ni tampoco suya, querido lector. Bueno, la verdad es que sí lo es, es a causa de ambos. Durante unos segundos he tenido la tentación de echarle la culpa a un montón de altísimos y nobilísimos conceptos de difícil comprensión, pero de sobradas medias explicaciones, acerca de los cuales sería incapaz de escribir nada nuevo; aunque seguramente usted me leería con mucha mayor atención, ante la posibilidad de memorizar algunas frases y luego repetirlas en su círculo de inmejorables amistades, dejándolos maravillados con su excepcional comprensión y profundidad.
Pero he decidido hacer un ejercicio de realismo. Seamos sinceros: Aunque parezca una contradicción, la escritura sufre un grave problema de comunicación. Aquí estaba mi autor, frente a un folio casi en blanco, con un cerebro lleno de ideas a las que su alma intenta dar forma, pero sin conseguir nada que pueda llamarse literatura. Aquí está ahora usted, contemplando el “producto terminado”, preguntándose qué demonios está leyendo. ¿Y qué es lo que está leyendo? Mi autor aun no lo sabe, acaba de empezar a escribirlo; y puede terminar siendo cualquier cosa, tal y como ha empezado. Pero usted se empieza a impacientar “¿Qué es esta estupidez?” se preguntará, “Aquí no hay una bonita historia de amor, no hay una trama de intriga que me invite a leer más, ¡Por Dios, si ni siquiera hay una mísera descripción!” Mi autor sonríe al escribir esta última frase, “si quieren bonitas descripciones, que lean a Hesse, ¿para qué voy a describir yo un paisaje, si ni en mis mejores sueños puedo imaginar compararme a él?” piensa, mientras dedica unos segundos a decidir si lo escribe o no. Al final lo escribió, como usted ya sabe. ¿Y para qué lo escribe? Que más da. Él está prácticamente convencido de que nadie lo leerá nunca, y usted a duras penas ha llegado a leer hasta aquí. Pero entonces… ¿Cuál es mi función? Mi autor me está escribiendo para dar rienda suelta a su frustración, y usted me esta leyendo porque ha tenido la mala suerte de que he ido a parar a sus manos. Si es que sigue leyendo, claro. ¿Acaso puede ser ese mi único cometido? ¿Es posible que sean ustedes tan despiadados como para limitar mi existencia a la casualidad o el aburrimiento? ¡He de tener un propósito, maldita sea! Nací creyendo que contendría algunas ideas interesantes. He visto a mis hermanos, y aunque nuestro autor aun no llega ni siquiera a la categoría de “escritor mediocre”, algunos de ellos al menos están orgullosos de su contenido. Puede que de forma inmerecida, pero quien soy yo para juzgarlos.
Y sin embargo, aquí estoy, llegando a la madurez de mi vida, y sin saber todavía qué soy. Pero hay algo que sí puedo hacer, algo que sólo le es negado a quienes atraviesan las puertas que conducen a los reinos de la eterna pena, en el inmortal poema de Dante. Recurriré a la esperanza. ¿Me permitirá soñar? Sería de una crueldad indescriptible negarme incluso eso.
Tomaré su silencio como un sí. ¿Con qué puede soñar un pequeño escrito como yo? Con lo que sueña todo el mundo, con ser más de lo que nunca seré. Sueño con contener la maestría que en unas pocas líneas se manifiesta en “Un artista del trapecio” ¿Lo ha leído? Si no lo ha hecho, hágalo, y así le habrá servido de utilidad leerme a mí, al menos habrá llegado hasta algo que realmente merezca la pena. ¿Y Qué se sentirá al ser uno de esos textos imperecederos? Algo así como “Las noches blancas”, formando parte de las vidas de tanta gente; todos tan distintos, únicos, pero compartiendo la fascinación por unas líneas que, por sí solas, justifican la existencia de su autor. O tal vez, con llegar a ser parte de una gran novela, ¡Quién iba a decirle a “El curioso impertinente”, que terminaría por pasar a la historia de la mano de “El Quijote”! Debe de ser maravilloso.
Pero bueno, qué le vamos a hacer. Además, tampoco estoy tan mal. Podría ser mucho peor, podría no haber existido. O aun peor, podría ser una composición de mentiras, de sentimientos que mi autor nunca ha sentido, de estupideces disfrazadas de grandes ideas por rebuscadas combinaciones gramaticales destinadas a engañar, en la mayoría de los casos, incluso al propio escritor. Pero soy lo que soy, un relato más entre miles de relatos, escritos por miles de personas, que comparten la ilusión de ser leídos algún día.

Las palabras acuden a mí de forma cada vez más certera, pero escasa, intuyo mi final. Siento haberle hecho perder el tiempo, quería decirle muchas más cosas, grandes ideas que le hicieran pararse a reflexionar al menos unos minutos, para ocupar una pequeña parte de su gran y única vida, y dar así sentido a la mía. Pero no estoy seguro de haber conseguido absolutamente nada de eso. No obstante, confió en que al menos no se haya enfadado, después de todo, sólo han sido cinco minutos.

miércoles, 15 de octubre de 2014

Déficit de atención

Escuchamos constantemente que el mundo ha cambiado mucho en los últimos años, pero no es cierto. El mundo no ha cambiado, simplemente ha dado un paso más en la dirección errónea. Seguimos avanzando por un camino cuya única meta es la desnaturalización del hombre, y parece que nada ni nadie sea capaz de detener nuestra marcha marcial.
Ordenadores, teléfonos móviles y logotipos de  redes sociales son los elementos más representativos de nuestra generación. La generación de la era de las comunicaciones. La generación que ha perdido la facultad de comunicarse; y es que jamás existió una generación tan individualista como la que hoy contemplamos.
Dejemos a un lado las grandes ventajas que presenta la aparición de todas estas tecnologías, y hagamos un pequeño ejercicio de realidad: ¿Para qué se utilizan? Es muy sencillo, si queremos ver cuál es su función principal basta con analizar los contenidos que promocionan; puesto que aunque a algunos se les olvide, son empresas privadas y, como tales, su objetivo es obtener beneficios. ¿Qué nos encontramos?  Ocio, culto al cuerpo y la moda de turno. A eso se reduce la aportación de todas estas tecnologías para el grueso de los usuarios.
Vayamos ahora en sentido contrario: ¿Qué aportan los usuarios, además de los ingresos derivados de la omnipresente publicidad? En su mayoría victimismo, hipocresía, y un goteo de apoyos fútiles a diferentes causas para las cuales jamás llegan a convertirse en un apoyo real. Crean una identidad online y se relacionan a través de ella, olvidándose de ser la misma persona en el mundo real.
Ha llegado el momento de analizar esta relación en conjunto. Por un lado tenemos el más básico entretenimiento; por el otro, el más burdo teatro. El resultado: Un montón de ideales personas ficticias comunicándose entre sí, y gente real llorando a solas.

miércoles, 1 de octubre de 2014

Delirio común

De entre todas las enfermedades que afectan al ser humano, existe una que, por común y extendida, pasa completamente desapercibida: El incomprensible apego a una ficción que convertimos en realidad, enfocando en torno a ella buena parte de nuestras ideas políticas, nuestros sistemas de gobierno, y nuestras propias vidas. El dinero, el puto dinero.
Ni el más grande pintor de todos los tiempos, ni el mejor filósofo de la historia, ni el mayor psicólogo de entre todos los que han dedicado su vida a estudiar al individuo…; ninguno de ellos sería capaz de retratar al hombre en un pedazo de papel con la claridad y crudeza con la que lo hace un billete de cinco euros. Y es que es eso, un pedazo de papel, y nada más que eso. Pero un papel puede ser muchas cosas: Un sinfín de sentimientos expresados en unos versos, las ideas de una vida contenidas en unas líneas, el reflejo de un alma a través de una pintura… Pero también puede ser una cárcel; o más bien, un carcelero. La cárcel somos nosotros.
Y es que no hay mejor ejemplo de la denominada “mentalidad de manada” que la simple existencia del dinero. Miles de millones de personas haciendo cosas que detestan, con el único fin de obtener algo que ya tienen: El derecho a vivir dignamente. Pero nos han convencido de que para ello necesitamos dinero. ¿Y por qué? Porque los peores de nosotros son quienes deciden como ha de vivir el resto. Ellos acumulan los recursos, y los reparten a su antojo exigiendo a cambio lo único que un hombre posee realmente, que es su tiempo. Y el hombre, manso y obediente, continúa por el sendero marcado; como si el resto del campo no fuera también Tierra, y los sueños no pudieran convertirse en Vida.

Es necesario huir del juego de ilusionistas que gobierna nuestros actos, y comprender de una vez por todas que para comer no hace falta dinero, si no comida; para vestirse no es imprescindible el dinero, si no la ropa; y para refugiarse del clima no debemos ocultarnos bajo un fajo de billetes, si no bajo un techo. Nosotros debemos decidir cómo obtenemos todos esos recursos que provienen de la Tierra, la cual nos pertenece a todos por igual, pues nadie nace siendo más que otros, por mucho papel pintado de colores que sea capaz de reunir.