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viernes, 21 de octubre de 2016

Atropia

Aquí os dejo otro borrador :). En esta ocasión os traigo el primer relato corto que escribí, hará unos 6 ó 7 años. Visto ahora, es fácil para mí distinguir en él multitud de errores, pero lo que más me llama la atención es que desde el principio parece bastante claro que más o menos puedo defenderme hablando de sensaciones e ideas, pero soy un desastre relatando situaciones. Os aseguro que me cuesta un poco publicarlo sin retocarlo, pero si lo hiciera esta sección no tendría sentido xD Ahí lo tenéis, como aclaración os diré que el nombre procede de la mitología griega, y en cuanto al contenido.... creo que por entonces quería ser como Kafka, se estará revolviendo en su tumba ahora mismo xD

ATROPIA


Atropia era un pequeño y pacífico Estado de a penas treinta mil habitantes que, por motivos ya olvidados, decidió instaurar la pena de muerte en su código penal para castigar los delitos más graves. Al principio hubo algunas protestas, como pasaba siempre que cambiaba la legislación en cualquier punto, pero poco a poco se fueron diluyendo entre la indiferencia general, y se aceptó la nueva situación como normal. Al cabo de algunos años, y tras varias ejecuciones exitosas, un hombre cualquiera, que rozaba la cuarentena, de mediana estatura, pelo oscuro, rostro aburrido y familia humilde, fue declarado culpable de homicidio y ejecutado tal y como indicaba la ley, sin prestar a penas resistencia, con mueca de resignación y acompañado por las lágrimas de algunos familiares, como era costumbre. El motivo por el que nos fijamos precisamente en este hombre insignificante lo relataremos a continuación:

Habían pasado dos años desde la citada ejecución, cuando se detuvo a otro hombre, también por homicidio. Éste, deseando descargar su culpa antes de la ejecución, pues recordaba haber oído en algún sitio que así se podía ir al paraíso después de morir, se confesó ante el sacerdote y reveló que había cometido otro asesinato hacía dos años, ofreciendo todo lujo de detalles, por si con ello conseguía algo, si no para esta vida, para la siguiente. Una vez consumada la ejecución, el sacerdote creyó apropiado informar a la policía y al juez acerca de esta última confesión, para que pudieran cerrar el caso de ese homicidio, ¡Y cual sería la sorpresa de todos cuando descubrieron que ya figuraba como resuelto!

El juez de Atropia, hombre de unos setenta años, con un físico en el que nada hacía sospechar que pudiera soportar autoridad alguna, quedó tan impactado al ver que se había ejecutado hacía dos años a un hombre inocente por el asesinato recientemente confesado, que se vio obligado a revisar concienzudamente todos los archivos de ese caso y descubrir que había pasado. Pues, era este juez un hombre de aquellos que, si bien durante su vida no tuvieron unos principios muy bien delimitados, ante la proximidad de la muerte se convierten en poco menos que catedráticos de lo que es la justicia, la moralidad, el bien, el mal, y, en definitiva, de todo lo humano y lo divino, a menudo con más ímpetu que razón.  Después de un largo estudio del caso, pudo comprobar como, a causa de una concatenación de faltas, se había juzgado erróneamente a ese hombre insignificante y se le había ejecutado sin más culpa que la de ser un hombre insignificante. A la vista de todo esto, el juez, inspirado por un sentimiento de compasión que hasta entonces había dejado de lado en su trabajo, reflexionó acerca del asunto y concluyó que debía juzgarse al Estado, pues se había cometido un asesinato y había pruebas suficientes para acusarle de el.

Como la legislación no dejaba dudas a este respecto, el juicio por homicidio, en el que el Estado era el acusado, fue celebrado ante un jurado popular, puesto que así lo especificaba la ley para este tipo de crímenes. Las pruebas eran irrefutables, por lo que el veredicto sólo podía ser uno, el Estado fue declarado culpable de homicidio y condenado a muerte, en aplicación intachable de su ley.

El Estado firmó su sentencia de muerte el mismo día en que se autoproclamó capaz de decidir sobre la vida y la muerte de los demás hombres, incluso del más insignificante de entre ellos.


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