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lunes, 28 de noviembre de 2016

Acción: Segunda parte, capítulo dos terminado

Aquí os dejo el segundo capítulo de esta parte completo, para que no sea mucho lío leerlo todo a trozos. Hay algunas cosas que sufrirán modificaciones, pero en general hemos conseguido lo que veníamos buscando :)



Ya es de día otra vez. Un vacío en el pecho saluda su despertar, oprimiéndolo contra las sábanas, e impidiendo que se levante. Vuelve a llorar, y ante la confirmación de su victoria, el vacío se relaja… ya atacará más tarde. “Por lo menos he dormido algo” piensa, mientras se lava la cara. Al terminar, se mira en el espejo, y siente como la ansiedad le recorre de nuevo “Para”, atraviesa el corazón y envuelve su garganta “Para, joder”. Sus ojos agrietados le observan confuso “¿Qué cojones me pasa? Este no soy yo, ¿Dónde estoy? ¿Dónde me he ido?”. El dolor se convierte en rabia, grita en sollozos silenciados, agarra con fuerza el lavabo como si fuera el culpable de todo; “Si ya no existo, tal vez lo mejor sería…” la rabia se reconoce, se asusta de sí misma, y relaja la musculatura “Cobarde, no vales para nada”. No quedan más que atisbos de rabia, casi toda la energía ha mutado en resignación, y esto le ahoga de nuevo “¿Por qué?”. La mirada se apaga, el llanto se relaja, y observa sus manos enrojecidas “No son mis manos”, después sus piernas temblorosas “No son mis piernas”, y por último, su rostro quebrado “¿Estás ahí? ¡Dime! ¿¡Estás ahí!?”. Se busca en los ojos de su imagen reflejada, pero no hay nada, y entonces lo entiende: “Te has convertido en uno de ellos. Te has dejado marchar.” La resignación se agita, incómoda, algo le hace arder “No, me siento, vaya si me siento, soy yo quien se derrama buscando una salida, no esos ojos de plástico”.  Miles de recuerdos le invaden, viejos sueños que habían sido desterrados reclaman, con las pocas fuerzas que les quedan, la justicia que se les prometió. El vacío se asusta, está perdiendo a su presa y se revuelve furioso con sus garras afiladas “Mira donde te llevaron esos sueños, ¿Quieres pasar por lo mismo otra vez?”. Él duda, quiere abandonarse y dejar de luchar, tal vez si lo hace consiga estar en paz algún día. Pero los sueños gritan, es ahora o nunca, no quieren morir. Él los oye, los comprende, y los abraza… siente su calor, un calor que había perdido. Le llenan de determinación, es lo que hacen los sueños, su único y exclusivo poder. Tal vez le estén engañando, pero eso no puede saberlo si no los escucha. La respiración se calma, su rostro se relaja y ofrece una nueva imagen, más parecida a aquella que él recordaba “Te veo, cabrón, te veo. Cuánto tiempo, vamos, sal de ahí.”
Se viste y baja a la calle, necesita comprobar que el mundo que le alberga es real. Comienza a caminar en una dirección al azar, y agota el sentido sin encontrarse con nadie. Gira a la derecha, ante él una avenida atestada de coches que circulan sobre el cemento gris desgastado; observa las caras de los conductores, y ve más gris desgastado “Irán a trabajar”. Se siente solo, fuerte pero solo, real pero solo, vivo pero solo. Cruza la carretera y atraviesa un viejo puente de piedra que esquiva el río, dando paso a un parque lleno de jardines mal cuidados. Camina por la vía de piedra, no quiere destrozar más la hierba, y a lo lejos aparece una mujer con un niño de la mano. Se cruzan, la mujer parece no verle, sus gafas de sol apuntan al horizonte de un modo mecánico, como pretendiendo llegar antes que el cuerpo al que acompañan; pero el niño le mira con extrema curiosidad. Una sonrisa. Un gesto con la mano, saludando al desconocido que ha llamado su atención. Él devuelve la sonrisa, casi sin querer, y su mano se alza levemente. Un instante de vida, se siente menos solo. Al llegar al final del parque vuelve a girar a la derecha, y una hilera de casas bajas que parecen abandonadas huelen a un tiempo que ya pereció. Un perro se acerca, es grande pero no transmite sensación alguna de peligro, juguetea entre sus piernas y le hace sonreír de nuevo. Alguien silba a lo lejos, y el perro desaparece entre las casas. Se esfuma junto al tiempo, meneando la cola, ajeno a su significado; no lo necesita. Un nuevo giro a la derecha “Volveré a casa por aquí, para no repetir el mismo camino”. Avanza y piensa, ahora no ve nada más que el ritmo marcial de sus playeras negras alternando posiciones: La que avanza queda atrás en seguida, y después vuelve a ponerse en cabeza, pero es siempre sobrepasada por su semejante, que sufre el mismo castigo, en un movimiento de desigualdad acompasada “Es extraño, no hay forma de avanzar sin dejar detrás una parte de mí, y luego la otra, y después la misma otra vez, a menos que…”. Se detiene. Alza la mirada, está frente a la panadería, y una mujer preciosa sonríe tras el cristal “Mierda, ahora tengo que entrar”. Entra.
-          ¡Hombre! Tú por aquí otra vez, ¿Me echabas de menos o qué? –  Golpean los labios, mirada de seda.
-          Ehh…Tal vez. O puede que solo haya venido a por pan, nunca lo sabrás. – Sostiene la mirada, y finalmente ríe “¿Qué ha sido eso?”.
-          ¡Pero si tú no compras mucho pan! – Juega con su voz, su cara se divierte.
-          ¿Ah no? Dame cien mil barras – “¿Qué hago?”
-          ¡No tengo tantas! – Simula tristeza, se alegra entre dientes.
-          Entonces solo una, pero que sea la mejor – Ella se gira riendo, él se olvida del espejo.
-          Aquí tienes, la mejor – Una sombra de seriedad, pero pronto se agota. – Como me entere de que la usas para hacer sopas de ajo, te pegaré.
-          ¿La segunda vez que nos vemos y ya me amenazas? –  Quiere parecer indignado, pero no le sale – No parecías tan peligrosa. – “Idiota, idiota, idiota…”
-          Tengo que parecer buena chica, o no vendría nadie a la tienda.
-          ¿Y ya te has cansado de disimular conmigo? ¿Tan segura estás de que volveré?
-          De lo que estoy segura es de que no te vas a ir a ningún sitio todavía.
-          ¿Y por qué no? – Se crece, desafiante.
-          ¡Porque no me has pagado! – Ella se echa a reír, él se hace pequeño.
-          ¿70 céntimos verdad? – La mano no encuentra el bolsillo, siente que la cartera se ríe de él. La tienda se ríe de él. El mundo entero se ríe de él.
-          Exacto, cuando compres el millón de barras te dejo pagar con tarjeta – Sonrisa serena, su mirada le calma, aunque no lo suficiente.
-          Eran solo cien mil, supongo que un millón son demasiadas. – Coge la barra y se gira hacia la puerta.
-          Por cierto – su voz le reclama, se vuelve al instante -, me llamo Alba, ¿Y tú?
-          ¿Yo? Si tú eres Alba, puedes llamarme Noche. – Abre la puerta.
-          Me gusta, la noche siempre vuelve – se despide sonriendo - ¡Hasta mañana!
-          ¡Hasta mañana! – sonrisa forzada, la puerta se cierra tras de él.

Camina hacia el portal, confuso, no sabe cómo se siente “El alba y la noche nunca se encuentran, pero Noche y Alba comparten el pan”.  Sube las escaleras, un vecino le saluda moviendo la cabeza “La vida y la muerte riendo se enfrentan, el baile del fuego a los pies del volcán”. Cierra la puerta de casa, deja el pan en la cocina “La luz y las  sombras anulan sus fuerzas, el gris intermedio esconde al charlatán”. Se tumba en la cama, está exhausto aunque no comprende por qué “El valor y el miedo navegan tinieblas; si no eliges bien, los dos vencerán”.

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