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miércoles, 10 de septiembre de 2014

Culpa



La noche anunciaba, con su milenario idioma de sombras y susurros, los peligros ocultos bajo su manto de oscuridad; apenas interrumpido por una luna que, temerosa, se refugiaba tras las feroces nubes de tormenta. Era una de esas noches en que sabes que algo horrible va a ocurrir, y sólo puedes esperar estar equivocado, aun sabiendo que no lo estás. Esta sensación no podía por menos que agravarse cuando, quien contemplaba la noche, lo hacía a través de las rejas que adornaban el pequeño ventanuco de su celda. Un hombre infinidad de veces juzgado, aunque sólo una de ellas condenado, miraba hacia las estrellas con la tristeza de quien observa por última vez algo precioso; de pronto, llegó el momento que esperaba, y pudo sentir como su celda se hacía cada vez más pequeña.
Al sentir tan próximo su final, no pudo evitar recordar el incidente de aquella tarde. Se encontraba en el patio, dirigiéndose hacia el lugar en el que siempre se sentaba a esperar que llegara el momento de volver a su celda; su “acogedor adosado en el infierno”, como él la llamaba. El nuevo preso estaba sentado exactamente en ese mismo lugar. Había oído hablar de él, era un reconocido sicario al que habían atrapado después de un despliegue policial que había merecido la apertura de todos los noticiarios del día en que lo cogieron. “Es un infierno extraño, no hace calor, y más que diablos, hay pobres diablos; pero este tío… sus ojos buscan el fuego, y si no lo encuentra, él mismo lo creará frotando su puño izquierdo contra su corazón” pensó mientras se sentaba junto al nuevo presidiario, tal y como si no hubiera nadie allí. El sicario le observó sin disimular su desprecio durante algunos segundos, y cuando hubo terminado su teatral análisis, dijo:
—Tú no eres nadie, menos que nadie, sólo una mosca que me molesta con su zumbido. Lárgate de aquí.
—Deberías estar acostumbrado al zumbido de las moscas, amigo, ya que no eres más que un pedazo de mierda —respondió, sin mirarle siquiera a la cara. Aunque no le veía, pudo imaginar sus labios frunciéndose, a la par que sus ojos se abrían, como si pensaran que saltando de sus cuencas borrarían la ofensa.
—Estás muerto —susurró el asesino, como quien revela un secreto.
—Lo sé. Morí hace dos años.
Ninguno de los dos dijo ni una palabra más. Supo que ese hombre le mataría. Lo supo por que no le gritó, ni le golpeó. Lo supo y no sintió nada.
De vuelta en la celda, frente a la ventana, escuchó los pasos que se acercaban suavemente hacia él. Esperó con ansiedad el momento, y sólo al ver como una mano aparecía desde su espalda empuñando un cuchillo, el cual se clavó con descarada profesionalidad en su corazón, comprendió que no estaba preparado para morir. Pero ya no podía hacer nada por evitarlo.
Sus últimos segundos de vida los dedicó a recordar la noche en que su camino se torció irremediablemente. Apoyado contra la pared, mientras una lágrima caía lentamente, dispuesta a desaparecer en el mar de su propia sangre, susurró al oído de alguien que no estaba allí: “Sabes que si pudiera cambiaría todo lo que pasó aquel día, pero nadie puede hacerlo; y yo menos aun, porque estoy muerto.”

Francisco entró en el comedor visiblemente alterado. Su hermano Rubén se encontraba sentado en el sofá, junto a la madre de ambos, mientras que el padre daba suaves cabezadas en el sillón contiguo, a la par que intentaba mantener la atención en el programa de televisión que estaban viendo.
—Tengo una buena noticia —dijo Francisco, sonriendo alegremente.
—¿Qué ocurre? —preguntó su madre, con gesto de preocupación. Incluso ante la expectativa de una buena noticia, era incapaz de evitar preocuparse. “Por si acaso oye, nunca se sabe.” como ella solía decir.
—¡Le han matado! ¡Al hijo de puta ese le han matado anoche en la cárcel!
Hubo unos segundos de silencio, que se interrumpieron con los primeros sollozos de la madre. Francisco y su padre acudieron a abrazarla, y en ambos podía verse claramente esa ridícula mirada de orgullo contenido, que tan a menudo va acompañada de una pose de fingida nobleza; el típico gesto de aquellos hombres orgullosos de hazañas en las que de ningún modo han sido partícipes.
El hermano mayor, Rubén, acarició suavemente el pelo de su madre, a la vez que dirigía a su padre una mirada tremendamente significativa; precisamente, porque no significaba nada. Se levantó del sillón y salió del comedor. Lo siguiente que escucharon en la casa fue la puerta de la calle al cerrarse.
Rubén caminaba con la mirada perdida, pero con una dirección claramente definida. Al cabo de unos tres minutos, en los que su mente fue dando saltos de una idea a otra, absolutamente incapaz de completar ningún pensamiento con claridad, paró delante de un portal. Esperó algunos segundos frente al telefonillo, sin saber muy bien qué esperaba exactamente, hasta que finalmente llamó al timbre.
—¿Quién es? —susurró una voz de mujer.
—Rubén.
—Sube, por favor.
El joven ignoró las puertas abiertas del ascensor, y prefirió subir andando los cuatro pisos que le separaban de su destino, retrasando inconscientemente un momento al que desearía no tener que enfrentarse nunca. Cuando llegó al cuarto piso, la puerta de la derecha estaba abierta, y una mujer de unos cincuenta años, de cuerpo robusto y mirada frágil, le esperaba tras ella.
—Pasa, cielo —dijo la mujer, con un tono que parecía de súplica.
Rubén había escuchado muchas veces ese tono en la mujer, demasiadas, y nunca se acostumbraría a el. Pensaba en ello mientras avanzaba por el pasillo y entraba en el salón, en el que tantas veces había jugado cuando era un niño. Ambos se sentaron en un viejo y raído sofá, el cual constituía toda la decoración de la gris habitación, junto a la mesita que sostenía el omnipresente televisor. Rubén comenzó a hablar con la voz entrecortada.
—Acabo de enterarme María. Lo siento muchísimo.
—¡Hemos sufrido tanto! ¡Tantísimo! —gritó María entre lágrimas, dando rienda suelta al dolor que hasta entonces había contenido— Al menos él ya no sufrirá más. Él es quien más ha sufrido de todos, y sé que no debería decirte eso a ti, por que tú también has sufrido muchísimo, pero él, además de todo, ha tenido que cargar con la culpa. ¿Te conté lo que me dijo la última vez que le vi en prisión? Yo le dije: “No te martirices, hijo mío, tú no tienes la culpa”. Y el me respondió: “¿Qué no? ¿Acaso no la ves? La culpa es una ramera que se aferra a mi espalda clavando sus afiladas uñas en mi cuello. Me está desangrando, madre, me está desangrando”. Ya sabes como le gustaba hablar a veces de ese modo tan extraño. “¡Déjate de tonterías y estudia!” le decía yo cuando me hablaba así, ya de pequeño. Si le hubiera apoyado, en lugar de abroncarle, tal vez ahora sería un cantante, o un poeta, o… o… cualquier cosa, pero no estaría muerto. O tal vez sí, quién sabe, ¡Pero habría muerto siendo feliz! Y no un desgraciado como lo fue toda su vida, por mi culpa; y la de su maldito padre, al que ojalá Dios guarde en su gloría, porque seguro que allí no le veré jamás.
—¿Sabes qué recuerdo yo, María? —Rubén rodeó con su brazo derecho los hombros de aquella mujer desecha, mientras inclinaba la cabeza, buscando unos ojos que se escondían en el suelo—. Recuerdo todas las tardes que pasé riendo junto a él. Recuerdo todas las veces que me ayudó, y todas las que yo le ayudé. Recuerdo cuanto le quería mi hermana… Y no pienso dejar que olvides nada de eso.
Tras estas palabras, Rubén comenzó a contar una anécdota tras otra, y pasó varias horas recordando al hijo de María; al hombre que siempre fue su mejor amigo, y al que todos culpaban de la muerte de su hermana. Cuando anocheció, Rubén se despidió, asegurándose de que a la mañana siguiente María le esperaría para ir juntos al funeral.
Mientras volvía a su casa, refugiado en la oscuridad que una vez más reinaba implacable, como si nada en el mundo hubiera cambiado o pudiera cambiar, Rubén se permitió por fin derramar algunas lágrimas. Al llegar a casa, entró al comedor y encontró a su familia cenando frente al televisor. Su plato estaba servido junto a la silla vacía. Se sentó sin decir ni una palabra y comenzó, sin muchas ganas, a comer el plato de sopa de verduras que no estaba ni frío ni caliente.
—¿Dónde has estado? —dijo su hermano, con mal disimulada inocencia.
—Has estado en su casa, ¿Verdad? Con su madre, en vez de con la nuestra —insistió Francisco, ante el silencio de Rubén.
—Ha perdido a su único hijo, no le queda nadie más, ¿Tan mal te parece que haya ido a verla?
—Si lo hubiera educado mejor, no habría perdido a su hijo. Ni nosotros a nuestra hija — El padre tomó parte en la discusión, con un tono que normalmente indicaba el final de la misma.
—Sí, es mucho más fácil culparles a ellos. Pero lo cierto es que nadie obligó a Cristina a montar en ese coche.
—¿Así que fue culpa nuestra?
—¡No fue culpa de nadie! O lo fue de todos. No lo sé. Murió, y no debería haber muerto. Eso es lo único que sé. Y hoy a muerto la única persona que la hizo feliz. Y eso sí puede que sea culpa nuestra.
—Entonces se ha hecho justicia —masculló el hermano, hablando como por inercia, pero reflejando una inseguridad absoluta.
—¿Justicia? La única forma de hacer justicia es volver al momento en que murió nuestra hermana, y evitarlo. ¿Sabes hacerlo? ¿No, verdad? Entonces no me hables de justicia.
—¡Hablaré de lo que quiera!
—¡Callaos de una vez! —dijo la madre de ambos, esforzándose por no empezar de nuevo a llorar. Ambos dejaron de lado la discusión y volvieron a ceder el peso de la conversación al anestesiante zumbido del televisor.
Cuando Rubén terminó su plato, se dirigió a la habitación que compartía con su hermano y se enfundó los auriculares, al mismo tiempo que cerraba los ojos con fuerza, intentando no pensar en nada. Apenas pasaron unos minutos antes de que sintiera que alguien encendía la luz. Se disponía a reprender a su hermano por molestarle, cuando vio que quien se encontraba frente a él, con gesto de gravedad, era su madre.
—¿Ocurre algo, mamá?
—No, es sólo que… ya eres mayor, y sabes que cada persona afronta el dolor como mejor puede. Tu hermano necesita culpar a alguien de la muerte de tu hermana, y tu padre… tu padre necesita no culparse a sí mismo.
—Lo sé. Yo no soy ningún ejemplo. Era mi mejor amigo y, cuando más me necesitaba, no quise ayudarle. Yo también le culpaba de lo ocurrido. Por eso terminó en la cárcel. Después del accidente en que murió Cristina, todos sabíamos que acabaría mal. Sólo era cuestión de tiempo, esa era la vida que llevaba antes de encontrarla; y cuando la perdió, tuvo que refugiarse en lo único que había conocido antes del espejismo de una vida feliz. Y ahora está muerto, la culpa le ha matado, la suya y la nuestra.
—Pero eso es normal, hijo, todo el mundo necesita culpar a alguien cuando sucede algo malo.
—¿Y es que nadie necesita perdonar? ¿Perdonarle a él? ¿Perdonarnos a nosotros?
—Perdónale tú si quieres, pero nadie más lo hará en esta casa.
—Yo ya lo he hecho.
—¿Y ahora qué sientes?
—Culpa.
—Por eso nadie más va a hacerlo.
La madre salió de la habitación, dedicando una tierna mirada de compasión a su hijo, antes de apagar la luz y cerrar la puerta para volver frente a los imaginarios problemas del televisor, que ahogaban los problemas reales de su vida. Rubén se quedó sólo en la habitación, apretando la almohada contra su rostro para ahogar los entrecortados sollozos que acompañaban a sus lágrimas. Lloraba por su hermana muerta, por su amigo muerto, por una familia que no sentía como suya; y sobre todo, lloraba porque creía ser el culpable de todo.

1 comentario:

  1. "Porque un alma que alberga sentimientos viles no brilla, y un alma sin brillo es un tiempo marchito para quién lo soporta (...) Porque un alma que mora en la sala de los pasos perdidos, es la furia vencida, cáscara vacía de un dolor exacto" Manolo García.

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