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viernes, 7 de noviembre de 2014

Yo me acuso

Un pequeño conjunto de silenciosas máquinas ocupaba ahora el lugar que, apenas dos semanas atrás, albergaba a casi un centenar de bulliciosos trabajadores. Roberto, el encargado de mantenimiento, no podía evitar recordar con nostalgia los cercanos días en los que hombres y mujeres iban de un lado para otro, mientras contemplaba resignado el monótono trabajar de sus nuevos y mecánicos compañeros.

No es que Roberto echara de menos a los antiguos trabajadores; la extrema timidez del encargado de mantenimiento era de sobra conocida por todos, y había provocado no pocas bromas entre la plantilla. Lo que realmente añoraba era el efecto que estos provocaban en él, y es que cada vez que uno de los trabajadores pasaba junto a él, ya fuera alegre o enfadado, le saludara o ni siquiera le mirase, Roberto inmediatamente dejaba volar su imaginación y convertía a ese empleado en el protagonista de alguna increíble historia que explicase, del modo más fantasioso posible, la actitud que mostraba.

Había pasado un mes desde que uno de los trabajadores más antiguos de la fábrica, representante de todo el colectivo, volviera a su puesto tras una intensa conversación con el jefe de la empresa. Sus pequeños ojos verdes mostraban ese confuso punto de indignación en el que, tan pronto podrían encenderse con un ígneo estallido que diera rienda suelta a toda su rabia; como por el contrario, podrían comenzar a brotar a raudales lágrimas de la más penosa resignación. Roberto, sin prestar especial atención al lugar del que venía, o a donde se dirigía, retuvo con firmeza en su mente la expresión de aquel rostro que le cautivó completamente, y se mantuvo ocupado el resto de la tarde imaginando diferentes situaciones para él.

Primero, convirtió a ese trabajador en el líder de un gran grupo de revolucionarios, el cual se hallaba a punto de llevar a término sus planes de asestar un golpe definitivo al poder establecido, cuando acababa de recibir la noticia de que las autoridades habían apresado a su bella esposa y a sus dos hijas. Enfadado y dolorido, se debatía entre entregarse para que ellas estuvieran a salvo, o seguir adelante con sus planes, lo cual les costaría la vida. Después, de carismático líder revolucionario pasó a ser un desafortunado enamorado, quien irremediablemente había perdido a la mujer objeto de todos sus deseos y sentimientos, quedando en una situación en la que sólo contemplaba dos opciones: Una de ellas era revelarse ante Dios quitándose la vida por la injusticia con que había sido tratado;  la otra, vagar por el mundo hasta encontrar un lugar en donde tener a Soledad como única compañera, y a Muerte por anhelada amante.

Y así, historia tras historia, el pobre hombre al que acababan de comunicar su despido y el de la mayor parte de sus compañeros, además de revolucionario y amante, fue también para Roberto ladrón, filósofo y vagabundo.

A lo largo de estas dos semanas Roberto había tenido que ocupar todo su tiempo en aprender sus nuevas tareas, cuyo número y complejidad habían incrementado considerablemente, y no hubo tiempo ni motivo para soñar despierto. Pero esta tarde, por primera vez desde que se diera su nueva situación, se encontraba sentado en su puesto sin nada que hacer y sin nada en lo que pensar. Fue entonces cuando recordó una conversación que había tenido hacía un par de horas con su jefe, en la cual, éste le había dicho que tenían una reunión muy importante esta tarde y que él también sería llamado para consultarle acerca de algunos asuntos. Más aburrido que triste, hizo algo que no había hecho nunca antes hasta ese momento, y decidió convertirse en protagonista de sus historias, comenzando a construir la siguiente:

Roberto se encontraba sentado en su lugar de trabajo cuando, de pronto, la puerta se abrió con un sonoro golpe y por ella entró su jefe, con el traje descolocado, el rostro enrojecido y otros evidentes signos de fatiga.

―Rápido Roberto, ha llegado el momento, te están esperando ―dijo el jefe, agarrando suavemente el brazo de su empleado con contenida impaciencia.

Roberto sacó una carpeta roja del carcomido cajón de su mesa y acompañó al jefe, con paso firme y semblante serio, hasta la salida de la fábrica donde les esperaba una interminable limusina negra rodeada por cuatro coches de las fuerzas de seguridad del Estado. La limusina y su séquito se pusieron en marcha y atravesaron a toda velocidad una autopista que estaba cerrada al tráfico, excepto para ellos, llegando en pocos minutos a un estadio de fútbol que se encontraba a unos seis kilómetros de la ciudad. Esos minutos los aprovechó Roberto para ojear unos cuantos folios que había sacado de la carpeta roja, mientras su jefe le observaba con timidez y admiración. Al llegar al estadio, bajaron de la limusina y contemplaron ante sí una enorme pancarta que ocupaba toda la fachada central y en la que podía leerse: “Primer encuentro de todas las Naciones para la construcción del Nuevo Mundo: Hoy expone sus ideas Roberto”.

Ocho guardaespaldas uniformados bajaron de los coches que acompañaban a la limusina y rodearon a Roberto, dirigiéndole al interior del estadio; y de ahí, a una plataforma situada en mitad del campo, llena de cámaras en las que se podían distinguir los logotipos de los principales canales de televisión de todo el mundo. En medio de la plataforma se alzaba, solitario, un atril que contenía un pequeño micrófono. Cuando Roberto se quedó solo frente al atril, el público reunido en el estadio, que hasta ese momento había aplaudido sin cesar, guardó un respetuoso silencio, y entonces Roberto comenzó con su discurso:

“Queridos compañeros de viaje en esta vida que ansiamos comprender y por este mundo que deseamos mejorar, gracias por concederme vuestro valioso tiempo. A lo largo de las últimas semanas han desfilado por escenarios como este gran cantidad de hombres y mujeres, todos ellos con una inteligencia envidiable y una preparación inmejorable. Unos han hablado del comunismo, el socialismo, el capitalismo, el liberalismo…; otros, de materialismo, existencialismo, humanismo, nihilismo…; y algunos más, de cristianismo, islamismo, budismo, judaísmo… Pero, por suerte o por desgracia, yo no poseo ni una inteligencia envidiable ni una preparación inmejorable, así que no les hablaré de ninguna de esas cosas.
Yo soy un hombre sencillo, el encargado de mantenimiento de una mediana empresa, así que no esperen que les deslumbre con mis conocimientos de historia, teología, filosofía o acerca de los nuevos cambios en la situación geopolítica; es más, ni siquiera estoy seguro de saber que significa esto último. Pero hay una cosa que sí sé: Sé que no estamos haciendo las cosas bien. No es necesario que enumere la interminable lista de males que aquejan al hombre de hoy, todos los conocemos porque, en mayor o menor medida, los estamos sufriendo. Lo que parece que no conseguimos identificar son las causas, si no resulta incomprensible que repitamos una y otra vez los mismos errores. Pero si alguien tan sencillo como yo puede ver claramente esas causas, la única conclusión a la que puedo llegar es que la inmensa mayoría de la población, o no quiere reconocer que tiene parte de culpa, o realmente no desea cambiar la situación.

Como sé que es muy difícil reconocer la propia culpa, pero también sé que esto resulta más fácil cuando es compartida entre varios y además reconocida por alguno de los culpables, estoy aquí esta noche, amigos, para reconocer ante vosotros mi culpa. Así, con la esperanza de que os veáis reflejados en mí, y de que mis palabras os animen a reconocer también vuestra culpa y a proponeros enmendarla, yo me acuso:

Soy culpable de crueldad e indiferencia, por saber que hay hombres, mujeres y niños muriendo de hambre y sed cada día, y no haber hecho nunca nada por cambiar su situación, más allá de puntuales donaciones que acallan mi conciencia.

Soy culpable de hipocresía, por exigir para mí lo que no exijo para los demás.

Soy culpable de asesinato, por no hacer más que tímidas protestas y aspavientos cuando mi país apoya una guerra, mientras con mis impuestos sigo financiando su ejército.

Soy culpable de vanidad, por creer que mi vida es más importante que la de otros.

Soy culpable de robo y explotación, por consumir productos construidos con materiales pagados a precios ridículos en países pobres y elaborados por trabajadores sin derechos. 

Soy culpable de avaricia, por amontonar en casa o en el banco el dinero que gano y no necesito, mientras en mi propia ciudad hay gente durmiendo en la calle.

Soy culpable de simplismo e idiotez, por creer lo que una y otra vez me repiten todos aquellos que ocupan los puestos más altos de la pirámide y no quieren que la situación cambie.

Soy culpable de engaño, porque me engaño a mí mismo negando la realidad para sentirme mejor, y engaño a los demás con mi actitud falsa e interesada de complacencia. 

Y, por último, soy culpable de conformismo, por creer que no puedo hacer nada en relación con todo lo anterior.

Todas estas, y tal vez algunas más, son mis faltas. Hoy, desde aquí, me comprometo a remediarlas, porque no podemos pretender cambiar el mundo si no empezamos por cambiar todos y cada uno de nosotros. Así, yo no os pido que arreglemos el mundo encomendándonos a un Dios o un ideal, os pido que lo hagamos a través de nosotros mismos. Y para esto sólo necesitamos dos cosas, y ambas están al alcance de cualquiera: La primera, sinceridad. Sinceridad con nosotros mismos y con nuestros semejantes, para no repetir los errores del pasado. La segunda, respeto. Respeto hacía nosotros mismos y hacía todos los demás, porque ¿Qué importa si lo llama Buda, Dios, Allah, Marx, Nietzsche, Darwin o cualquier otro? Lo importante no es lo que una persona cree, si no lo que hace; y si todos hacemos lo que debemos, no hay razón para pelearnos. Poned como base la sinceridad y el respeto, y después llamadlo como queráis, si es que realmente necesitáis llamarlo de algún modo. ¡Sería tan fácil que todos viviéramos en paz!”

―Roberto, acompáñame, le estamos esperando ―Resonó una voz grave en los oídos del encargado de mantenimiento, cuando éste empezaba a imaginar como el público de su fantasía comenzaba a aplaudir tímidamente su discurso.

Roberto se levantó de su asiento y comenzó a caminar tras su jefe, que avanzaba con paso decidido hacia la sala de reuniones. La sala era pequeña, acorde con la empresa; la decoración brillaba por su ausencia y todo el mobiliario se reducía a una mesa central de dudosa calidad rodeada por ocho asientos. En el centro de la mesa había un proyector de última generación, comprado con parte de las indemnizaciones que se había escatimado a los antiguos obreros de la fábrica, el cual proyectaba sobre un panel blanco situado en la pared del fondo una gráfica en la que se representaba la reducción de gastos que se preveía con el nuevo sistema de producción. Dos hombres permanecían sentados en la mesa y observaban la gráfica cuando Roberto y su jefe entraron en la sala. Los dos hombres parecían copias idénticas del jefe de Roberto: El mismo traje, el mismo peinado, la misma expresión de autosuficiencia… El jefe ocupó su lugar en la mesa y Roberto, que le había seguido por inercia, a punto estuvo de chocar con él cuando éste se paró para tomar asiento. Sin invitar a Roberto a que se sentara, el jefe comenzó a hablar:

―Muy bien, veamos… ¿Ha tenido algún problema con la nueva maquinaría?
            ―No señor, ninguno ―respondió Roberto.
            ―¿Hay alguna observación que considere oportuno hacernos llegar acerca del nuevo sistema de producción?
            ―No señor, ninguna.
            ―Eso es todo, puede marcharse.
            ―Sí señor ―dijo Roberto, y a continuación, salió del despacho y volvió a su puesto de trabajo.




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