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domingo, 1 de febrero de 2015

No hay colores para todos: La historia de amor más breve del mundo

Hablando con algunas personas sobre mi texto "No hay colores para todos" me trasladaron que el relato cojeaba en el sentido de que le faltaba una explicación que diera algo más de profundidad a Héctor, protagonista de la historia. Aquí os dejo una nueva versión en la que trato de corregir ese error:

Seis hombres se encontraban reunidos en una amplia sala pintada del verde más cálido, casi blanco, gracias al efecto de la luz que se introducía por los enormes ventanales. El lugar reunía todas las condiciones que la ciencia aconseja para favorecer una buena disposición de ánimo, circunstancia que oprimía especialmente el corazón de uno de los hombres sentados a una “mesa redonda”, que no era redonda del todo, ya que ni siquiera había mesa.
“Todos los problemas del mundo pueden solucionarse con el color apropiado, ¡Por qué no se le habrá ocurrido antes al ser humano! -Pensaba Héctor, mientras jugueteaba con el pañuelo que cubría la gran cicatriz de su cuello- Como estamos desconsolados, nos meten en una gran sala del color de la esperanza, ¡Y todo solucionado! ¿Pero por qué parar ahí? Pintemos las casas de los solitarios del color del amor, las cárceles con el del arrepentimiento, los congresos que sean color honestidad… ¡Pintemos toda África del color de la comida! ¡Y ventanas, grandes ventanas por todas partes! ¡Qué no falten las putas ventanas!”
La frustración que siempre acompaña a quien se ve obligado a hacer algo que detesta dominaba por completo el débil alma de Héctor, cuyas cicatrices no podían cubrirse con ningún pañuelo. Todo le resultaba irritante: La enorme sala verde, el círculo de sillas que parecía sacado de un drama americano de segunda categoría, la suficiencia que percibía en la mirada del psicólogo… Pero por encima de todo aquello, lo que realmente se le hacía insoportable era la voz de sus compañeros de terapia: Esas vocecillas lastimeras, que alternaban dolor e ilusión como quien mezcla whisky con cola. Los despreciaba a todos y cada uno de ellos, no había un solo átomo de su cuerpo que no sintiera repulsión hacia el más insignificante de los patéticos gestos que repetían una y otra vez, acompañados siempre de las mismas expresiones, tan repetidas como carentes de contenido. Y de entre todos ellos, al que más despreciaba era a sí mismo.
Llevaba ya más de una hora en la sesión a la que una resolución judicial le había obligado a acudir, la primera de una docena. Desde el primer minuto había dedicado sus escasas fuerzas a revolcarse entre el odio que inundaba todo su ser, odio del que reconocía ser el único objetivo, pero que cobardemente calmaba reflejándolo sobre todo aquello que le rodeaba. Por primera vez en toda la tarde, el silencio dominó la sala, e instintivamente, Héctor alzó la cabeza para encontrar todas las miradas puestas en él.
-¿Qué ocurre? -dijo, poniéndose recto sobre su silla, en actitud desconfiada.
            -Es tu turno -El psicólogo hablaba de forma pausada y serena, como quien se dirige a un niño. -Por ser tu primer día, te hemos dejado para el final; pero ahora debes contarnos por qué estás aquí, para que todos conozcamos tu historia.
            - Estoy aquí por lo mismo que todos, porque intenté quitarme la vida y ni eso supe hacer - Algunos de sus compañeros negaron con la cabeza, a lo que Héctor respondió con una agresividad que desentonaba claramente con la resignación que desprendía todo su lenguaje corporal. - ¿Acaso no es cierto? ¿Estaríais aquí si hubierais hecho al menos eso bien?
            -  No estás aquí para hablar de los demás, Héctor. - El psicólogo adoptó un tono autoritario- Esto es tan difícil para ellos como para ti, no vas a solucionar nada atacándolos. Cuéntanos lo que te sucedió y podremos marcharnos todos a casa, en caso contrario, se lo haré saber al juez.
La mención al juez hizo sonar una alarma en el desgastado entendimiento de Héctor. Era consciente de que si no conseguía una opinión favorable de éste, aun podía decretar su ingreso en un centro psiquiátrico, en donde le tendrían severamente controlado; así que decidió apartar por un instante el odio, e intentar ser la persona que recordaba haber sido, antes de que su mundo se convirtiera en un pozo de oscuridad.
            - Yo… lo siento - Dijo Héctor, con sincero arrepentimiento, mientras su expresión parecía volver a encajar en su castigado rostro-. Veréis, no se me da muy bien hablar en público, me pongo muy nervioso y eso hace que hable demasiado rápido, y confunda algunas palabras; por eso he escrito una pequeña historia en la que cuento el motivo principal por el que he terminado aquí. - Héctor sacó del bolsillo de su pantalón una cartera de cuero negra, y buscó en ella un folio plegado que inmediatamente desdobló- No le he puesto ningún título, pero se me ocurre que podría llamarse: “La historia de amor más breve del mundo”. - Héctor aclaró su garganta, y comenzó a leer -  Me enamoré de ella casi al instante de conocerla. Con el inexplicable convencimiento de la intuición, sentí que era todo aquello que siempre había buscado, todo lo que necesitaba para ser feliz. La tenía ahí… ¡Justo ahí! Siempre pensé que no existía, pero ahora la había encontrado. Podía saborear la felicidad futura, soñando con crecer juntos a la luz de un amor verdadero, que nos completara más allá de lo humano y lo divino; seríamos el sentido mismo de la existencia, la justificación de todo bien y mal, de la dicha y el dolor, causa y consecuencia de todo lo que ha ocurrido y lo que ha de ocurrir. Nada existiría en el universo que no pudiera abarcar y comprender en un segundo si ella estaba a mi lado, ofreciéndome su calor, iluminándome con su mirada. Por fin tenía la Vida al alcance de la mano, podía sentir como se introducía en mi cuerpo y me llenaba de luz, me convertía en un hombre nuevo, capaz de lograr cualquier cosa… Pero ella no sentía lo mismo.

El silencio dominó la sala por segunda vez aquella tarde. Héctor dobló el folio de nuevo y lo guardó directamente en el bolsillo, mientras el verde de las paredes desaparecía emborronado, para convertirse en un débil gris visto entre lágrimas.

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