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jueves, 16 de marzo de 2017

Biografía

Leyendo un libro de artículos de Herman Hesse, me encontré con uno en el que escribía una biografía que no acababa en el momento en que la escribía, si no que seguía de forma mágica hasta el final de su vida. Me gustó tanto la idea que no he podido evitar hacer lo mismo, y os animo a que lo hagáis porque es un ejercicio del que se disfruta enormemente. Aquí os dejo la mía.



Biografía

Nací un lunes,  22 de Abril de 1985, recién pasadas las 8 de la mañana, como si de comenzar la jornada laboral se tratase.  Las estrellas se equivocaron conmigo, su predicción fue una gran chapuza, o tal vez desde aquel momento me impregnaron de ironía… pero lo cierto es que pocas veces en mi vida he sido de respetar horarios, y aún menos de cumplirlos. Tuve la suerte de tener una infancia feliz, y la desgracia de no recordar apenas nada de ella, salvo la sensación de que la inconsciencia de aquellos años en los que no conocí deseos ni pesares me permitió asentar en mí los principios que marcarían el resto de mi vida, y que la absurda realidad jamás ha sido capaz de derrumbar; aunque en ocasiones, estuvo a punto.

Mis años de colegio fueron un suspiro y un grito ahogado,  comenzaban con un Padre Nuestro y terminaban con algún insulto de mis compañeros; más tarde, en el instituto, me ahorraría el Padre Nuestro. Fui siempre un estudiante del montón, no destacaba pero aprobaba sin esfuerzo, lo que me dejaba tiempo suficiente para cultivar mis aficiones: el rol, pasar el día en la calle, y los videojuegos.

Después vinieron los años realmente difíciles, comencé a estudiar biología en la Universidad de Salamanca, y en mi segundo año de carrera, con 19 años, me metí de lleno en una relación destructiva; mientras, el alcohol había ido convertido la de mis padres en otra similar. Ya había descubierto los porros, pero en ese momento empecé a utilizarlos como “elemento estabilizador”, y la broma duraría más de una década. El tercer año de universidad fue el último, mi situación personal se había vuelto insostenible y no podía encargarme de ella solo los fines de semana, así que tuve que abandonar la biología (sin demasiado pesar, he de admitir), y optar por algo que pudiera estudiar desde Palencia. La elección fue Salud Ambiental, que suena muy bien, y es muy práctico, pero apenas he trabajado en ello tres meses. Durante estos últimos años, el chico gordito y tímido del instituto se había transformado en un hombrecito obeso que se codeaba con camellos y ex presidiarios, cosas de la vida. Podría intentar explicar ese cambio de mil formas, pero ninguna me convence, sencillamente fui un idiota que se dejó llevar. Y por fin llegó el gran cambio.

Tenía 23 años, y estaba harto de todo, pero principalmente de mí, no me aguantaba. Así que lo mandé todo a la mierda: novia, amigos, progresión profesional… todo.  Y me encerré en casa. Por entonces comencé a leer, más por matar el tiempo que otra cosa, y me dediqué a la queja y la reflexión, aunque este estado no me duraría demasiado. Cuatro meses después el alcohol terminó de matar a mi padre, y una vez digerida la nueva situación, despertó en mí un profundo sentimiento de responsabilidad: responsabilidad hacia mi madre, responsabilidad hacia los demás, y responsabilidad hacia mí mismo y mi vida. Dediqué los dos años siguientes a formarme como persona, mientras aprendía de algún modo a “cuidar” de mi madre (es una mujer fuerte, más que cuidados, necesitaba y necesita compañía). Entonces decidí quien quería ser, y desde ese momento mi vida ha sido un laberinto incomprensible lleno de callejones que, de forma aleatoria para mi razón, me acercan y me alejan de esa persona que busco dentro de mí.

Pasados los 25 volví a la vida social, recuperé algunas amistades sanas y empecé a poner en práctica todo aquello sobre lo que había teorizado. Fue un pequeño fracaso, terminé pasando por el aro y trabajando de comercial para una aseguradora durante algún tiempo… pero de todo se aprende, y esa experiencia me ayudaría en futuros proyectos. La rutina diaria me alejaba de mis convicciones, la inercia del ser social que empuja al espiritual hacia el abismo me ha traicionado cientos de veces, y he cedido al instinto tan a menudo que me avergüenzo profundamente de ello. Pero entre nube y nube, también pude ver el Sol: comencé con mis labores de voluntariado, inicié un proyecto literario que incluía a multitud de personas de mi ciudad, conocí gente nueva que me regaló horas de alegría que poder alternar con las propias de angustia, y hasta tuve la suerte de vivir mi propia historia de amor descorazonador, necesaria para todo romántico trágico que se precie. Así, poco a poco, a los 31 estaba ya establecido en algunas de mis convicciones, trabajando por y para ellas, sin ser el hombre que esperaba pero pareciéndolo en ocasiones.

La lógica dicta que una biografía ha de llegar hasta el momento presente, pero ni la lógica ni el tiempo me gobiernan. Como le dije a un policía hace tiempo: “solo me da órdenes mi madre”. Así que seguiré. El tiempo comienza a pasar más rápido cuando ya sabes qué hacer con él, y pronto me di cuenta de que me acercaba a los 40 años. Seguía estancado en el camino hacia mí mismo, y mataba el tiempo sobrante con mis actividades como proletario de las letras, “los parias de la cultura” que decía un escritor de León cuyo nombre ya no recuerdo. Hacía ya muchos años que había olvidado el ego del escritor, aparcado junto al ego del educador, y me dedicaba a aprender lo que podía de aquellos a quienes tenía el placer de inspirar y cuidar. Era una vida estable, con luces y sombras, pero siempre supe disfrutar de los placeres tanto como de las torturas, así que todo quedaba compensado. Pero “compensado” no era suficiente para mí, había luchado mucho contra el tirano acusador de mi cabeza, y exigía de la vida algo más; sobre todo cuando siempre dije que no pasaría de los cincuenta,  fruto del pesimismo que me acompañó fielmente, y de la observación de la esperanza de vida en los hombres de mi familia, unido a mis breves estudios de genética.

A los 42 años empecé a planearlo todo.  Aprendí algunas técnicas de supervivencia, confié mis proyectos a aquellos que me habían acompañado desde el principio y a los que ya no tenía nada que aportar, para que los convirtieran en suyos, y amenacé de muerte a la nueva pareja de mi madre si se le ocurría dejarla sola o hacerle algún daño. Autoaprendizaje, gestión de grupos, y la actitud fingida de un barriobajero, las tres cosas que mejor había aprendido me sirvieron para dejarlo todo bien atado. Contaba 44 años cuando comprendí que ya no era necesario en mi vida, y me sentía preparado para salir en busca de aquel hombre que llevaba persiguiendo desde mi juventud, así que hice lo que siempre soñé que haría: llené una mochila y me marché.

Atravesé pueblos y ciudades, montañas y ríos, cientos de horizontes y miles de caminos. A cada paso me iba diluyendo un poco más, retornando a la inconsciencia de la infancia, a esa añorada carencia de deseos y pesares, hasta que un día, por fin, me agaché a beber agua en un lago, y ahí estaba, era él.  Nunca nadie más supo de mí, ni siquiera yo.

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