Capítulo
1
Quien crea que miento, que deje
de leer ya mismo, porque esta no es una historia para escépticos. Nada parecía
indicar que pudiera ocurrir algo especial: el sol brillaba de forma
intermitente entre las nubes de un jueves; el ruido blanco de las calles
amortiguaba mis pasos bajo los motores y los pájaros y las palabras que
comparten los que no caminan solos; el paisaje era el de siempre, nada cercano,
todo horizontes… Hasta que apareció el que para mí no era más que otro
desconocido corriendo por la acera.
Tenía unos treinta años, el pelo corto y negro, la mirada
larga y blanca, camiseta gris oscura y vaqueros. Un tipo normal que solo
llamaba mi atención porque se desplazaba más rápido que el resto. Sorteó a
algunos peatones, noté que les sonreía, pero nadie le miraba y su sonrisa
chocaba contra una oreja o una nuca, no alcanzaba los ojos que iba buscando y,
de forma involuntaria, cayó en los míos y se acomodó en ellos como si hubiera
llegado a casa. Al pasar junto a mí, sin dejar de correr, empezó a dar vueltas
a mi alrededor.
—Pipipipipipipipipipipipi —decía mientras me daba vueltas—.
¿Qué soy?
—¿Qué? —pregunté tan sorprendido como confuso.
—¡Un detector de mini pitos!
Paró de correr y se echó a reír con ganas. Yo estuve tentado
de enfadarme, por un momento creí que era lo correcto, pero no me nació el
dolor, no sentí el daño ni la maldad ni la ofensa, lo que realmente me apetecía
era reír con él, y lo hice.
—¡Hasta luego! —se despidió.
Levanté y agité la mano, me quedé un par de segundos viéndolo
marchar, sin entender muy bien dónde estaba hasta que me devolvió al mundo la
mirada de dos jóvenes que pasaban junto a mí aguantando la risa. Una de ellas
llevaba una coleta que daba saltitos por el esfuerzo de su dueña, la otra tenía
un piercing en la nariz que no paraba de bailar. Supongo que lo habían
escuchado y disimulaban sin pericia. Me sentí un idiota y seguí andando,
tampoco puedo decir que fuera una sensación desconocida para mí.
Al llegar al trabajo ya había conseguido pensar en otra cosa
o, más bien, dejar aquella humillación como ruido de fondo mientras gritaba por
encima. Me esperaba una dura jornada: yo era ordenanza en un centro cultural.
Mi trabajo consistía, normalmente, en atender el mostrador de recepción para
resolver las dudas de los visitantes o sus peticiones de contactar con algún
funcionario, y rellenar el resto del tiempo (casi todo) imaginando que estaba
en algún otro sitio haciendo algo importante; pero aquella mañana teníamos en
el centro un acto institucional, con su ajetreo de prensa, curiosos y
concejales.
Comenzaron a desfilar frente a mi mesa los habituales
periodistas despistados que no sabían muy bien qué iban a cubrir, el público
engalanado que preguntaba por el salón de actos, ya que era la primera vez que
acudían al centro cultural y no sabían dónde estaba nada, y unas cuantas
autoridades que caminaban con decisión mientras alguno de sus acólitos se
escabullía del ajetreo para venir a preguntarme hacia dónde tenían que caminar
con decisión. Lo normal… salvo por una serie de incidentes que llamaron mi atención.
Lo primero fue una agradable mujer de unos ochenta años que se acercó a mí con
sonrisa maternal.
—Disculpa, hijo, ¿he hecho ruido?
—¿Ruido? —pregunté.
—Sí, al entrar, en los detectores esos que tenéis. Es que
tengo cables.
—¿Cables? No sé muy bien…
—Yo no escucho mucho, ¿sabes, hijo? Tengo los cables del
marcapasos y no sé sí esas cosas de la puerta que pitan se ponen a pitar con
los cables. No quisiera molestar, imagínate que pita cada vez que entro y salgo
y yo sin enterarme.
—Bueno, no se preocupe, ya está dentro, de todas formas…
—¡Pero tendré que salir a fumar! —dijo la mujer, y se echó a
reír.
—No se preocupe —repetí sonriendo—. Los detectores solo pitan
cuando detectan alguno de los códigos que tienen los elementos expuestos en el
centro. No detectan cables, ni siquiera metales, solo una frecuencia concreta
que…
—¡Uy! Yo frecuencias no tengo, que me han puesto un
marcapasos, no una radio —rio de nuevo, jovial—. Muchas gracias, hijo, me quedo
más tranquila. Buen día.
—Buen día.
La mujer se alejó caminando con gracia y desapareció entre el
resto de los visitantes. Poco después, dos chicos que parecían estar
discutiendo se acercaron hasta mí.
—Perdona, tú eres el que organiza esto, ¿verdad? —comenzó uno
de ellos.
—¿Yo? No, esto es un acto organizado por…
—Quiere decir —continuó el otro—, que tú sabes cómo funciona
todo por aquí. Es que mi colega no sabe explicarse muy bien, le cuesta.
—A ti sí que te cuesta —se defendió el primero—, que si
pagaran por hablar mal seguirías siendo pobre porque no sabrías ni pedir el
dinero.
—¿Te imaginas que pagaran por hablar mal? Yo rico sería
fácil.
—Políticos discursos en arameo.
—Tam – tam, buuuu, plop
El que había hablado primero se metió un dedo en la boca para
hacer un ruidito, pero le dio la risa y su amigo le acompañó.
—Perdona, perdona…—se recompuso uno de ellos—. Mira, hemos
hecho una apuesta, a nosotros nos gusta mucho el tema del sonido, y estábamos
discutiendo sobre el sonido en un sitio como este. Él dice que habrá un lugar
centralizado desde donde se controle el sonido para todas las salas, y yo creo
que cada sala será independiente y tendrá sus propios equipos.
—Son independientes —respondí divertido—. Cada sala tiene su
propio equipo.
—¿Lo ves? —continuó—. Muchas gracias, amigo.
Ambos se despidieron y, antes de perderlos de vista, sonreí
al intuir en sus gestos cómo comenzaban a discutir de nuevo. Aún estaba
pensando en ellos cuando una mujer de unos treinta años se paró en silencio
frente al mostrador, mirándome de arriba abajo.
—Dicen que lo veas. —Notó que me desconcertaba y lo disfrutó,
la seriedad que aparentaba se quebró al tener que apretar los labios para no
reírse.
—¿Qué vea el qué?
—El evento. Todos dicen que eres majo, que lo veas y a ver
qué pasa.
—No puedo ver el evento —respondí—, yo tengo que quedarme en
la mesa.
—Bueno, pues entonces no lo veas.
Se marchó por donde había venido, no buscó la sala ni miró
nada más, simplemente atravesó la puerta de salida como si hubiera ido hasta
allí solo para hablar conmigo.
Los últimos rezagados, con paso apresurado, corrieron mirando
hacia todos los letreros hasta entrar en la sala en la que tenía lugar el acto
y, tras ellos, se cerró la puerta. Era una puerta doble de madera clara con un
pomo plateado, y yo me quedé mirando al pomo, embobado, desde el asiento que
ocupaba tras mi mesa. Ese era mi lugar, es lo que hacía siempre, quedarme en mi
sitio hasta que terminara la charla, o la exposición, o la entrega de premios…
y después resolver las dudas que tuviera la gente al salir, que normalmente se
reducían a preguntar dónde estaba el baño; sin embargo, esta vez no podía
evitar sentirme incómodo, me removía en el asiento como buscando aflojar las
cuerdas invisibles que me ataban a él y, en un impulso, me levanté, pero no me
moví, me quedé de pie junto a mi mesa.
Vi la máquina expendedora y la usé como excusa, sí, cuando
viene tanta gente compran muchas botellas de agua y a veces se gasta alguno de
los depósitos. La máquina avisa iluminando un piloto rojo junto a la bebida
agotada, y estaría bien que yo anotara cuáles estaban vacíos por si hubiera que
avisar a la empresa reponedora; podría entenderse como parte de mi trabajo, no
una función específica, sino algo adicional que un buen ordenanza haría con
gusto. Todas las lucecitas estaban en verde, tenía que volver a mi mesa, pero
vi que había en el vestíbulo un cuadro que parecía torcido, y eso da muy mala
imagen, así que fui hasta el cuadro que casualmente estaba bastante cerca de la
doble puerta de madera con su pomo plateado, y lo enderecé, o tal vez lo
torciera, no es fácil distinguir cuando un cuadro está bien recto. Desde allí
podía escuchar las voces que provenían de la sala, el murmullo de un hombre que
se apagaba con los aplausos intermitentes. Estuve un rato junto al cuadro,
cumpliendo con mis obligaciones, e iba a volverme ya a mi mesa cuando una
pareja, avergonzada, abrió la puerta y abandonó el acto. Esto siempre ocurre,
siempre hay alguien que sale antes de tiempo por algún motivo, y lo hacen
huyendo, medio agachados, como si así se los viera menos. Aunque fuera algo
normal… hoy se trataba de un acto importante: ¿Y si hubiera algún problema en
la sala? Tal vez hacía demasiado calor, o demasiado frío, o demasiada buena
temperatura, tan buena que molesta, así que mi función, es posible que mi
obligación como ordenanza fuera comprobar que la sala contaba con la
temperatura adecuada, para asegurarme de que los asistentes estuvieran a gusto.
Agarré el pomo y lo giré un poquito. Es curioso porque al más
leve giro el resbalón se repliega y deja de oprimir la puerta, no importa si
giras mucho o poco el pomo, pero yo solo lo giré un poquito, y entreabrí la
puerta lo justo para asomar la nariz y constatar que la temperatura era la
correcta. Debo confesar que no soy muy bueno midiendo temperaturas, para mí el
calor y el frío son algo más bien emocional, los siento según me sienta yo, así
que me pareció que hacía mucho calor cuando me atreví a mirar en la sala, y
mucho frío cuando un espectador se giró hacia la puerta y me miró durante un
instante. La temperatura se templó cuando ese mismo espectador miró a una
columna, a una pared, a una sombra alargada que resultó ser una nariz, y a su
móvil. No es que yo le hubiera molestado, solo se aburría. Ya que estaba allí,
aunque la temperatura parecía estar bien, decidí permanecer un rato más, por si
hubiera algún problema que pudiera detectar… y entonces ocurrió.
El hombre, un concejal de algo o un gran artista (no los
distingo) hablaba sobre alguna importante banalidad con el crédito que otorga
el suave eco de un micrófono en una sala llena, cuando, de pronto, los
altavoces proyectaron un sonoro pedo. El auditorio se llenó de respingos, como
si hubiera cientos de manos pellizcando el suelo, y el ponente hizo una eterna
pausa de un par de segundos, antes de continuar hablando como si nada hubiera
pasado… hasta que sonó otro pedo. Ahí se escucharon ya tres o cuatro risas que
a duras penas habían soportado el primer envite, y cedieron al segundo. El
conferenciante se incomodó y, con la cara descompuesta, le pasó el micrófono a
una de sus compañeras que aguardaba en la mesa intentando esconderse con los
ojos; esta se puso en pie y adoptó ese gesto en la cara que pone la gente
cuando quiere simular que no ha pasado nada y es un claro gesto delator de que
ha pasado mucho. Miró hacia la mesa que había dejado atrás, encaró al público
y, cuando comenzó a hablar, sonó otro pedo. Pasó entonces algo mágico: uno de
los miembros de la mesa, a quien le había estado temblando el hocico durante
todo el incidente, no pudo aguantar más y dejó escapar una sonora carcajada, a
la cual el público se sintió legitimado de acompañar. Yo aproveché ese momento
para cerrar la puerta y echarme a reír sin que nadie me viera, a lágrima viva,
desde el otro lado del salón de pedos.
Pero sí me estaba viendo alguien. Se me cortó la risa cuando
vi a una joven, poco más que una adolescente, observándome desde la distancia.
Me llené de vergüenza, y me dirigí hacia ella con intención de explicarle no sé
muy bien el qué, de justificarme de alguna forma, pero la chica me rehuyó, es
más, el hecho de que me dirigiera directamente hacia ella pareció intimidarla,
asustarla… y con paso ligero se dirigió a la puerta.
—¡Ey, perdona! —Intenté llamar su atención, sin éxito.
La joven hizo oídos sordos y salió del centro cultural, dejándome
una sensación extraña, ya que, si bien es cierto que yo no tenía muy entrenada
la risa, tampoco creí nunca reír tan mal que pudiera asustar a alguien. Se me
quitaron de golpe todas las ganas de estar contento, huyeron con su miedo, y
cuando volvía hacia mi mesa pude ver, a través de la puerta de cristal, cómo la
joven esperaba fuera, mirándome fijamente. Pensé que aún podía disculparme, así
que en un impulso salí del centro y ella echó a correr… Yo me quedé parado en
la calle, viéndola marchar, sin entender nada, hasta que una mano me tocó el
hombro.
—¡Hola!
Era el chico que había pasado corriendo por la mañana, el del
detector.
—Te has reído, ¿verdad? —preguntó alegre.
—¿Qué? —acerté a responder sin entender nada, como el resto
de la mañana.
—Me lo ha dicho Esther, te has reído un montón. —Él también
rio—. Es lo que esperaba, desde nuestro encuentro esta mañana. Tenemos que
asegurarnos, ¿sabes? De no hacerle nada malo a uno de los nuestros.
—No sé de qué me hablas, perdona, no entiendo…
—Tú tranquilo, pásate esta noche y nos conoces a todos. Aquí
mismo, a las once. No hace falta el misterio, ¿a que no? Pero así es más
divertido, lo justo es que todos veamos tu reacción. Si quieres pasarte, claro.
Espero que sí.
El chico se fue y no me quedó más remedio que entrar de nuevo
al centro y volver a mi mesa. Dediqué un rato a pensar en la sucesión de
acontecimientos inusuales de aquella mañana: la señora de los cables, los
chicos que preguntaban por el sonido, la mujer que me dijo que viera el evento…
estaba muy claro que lo de los pedos lo habían preparado ellos, era tan
evidente que casi me hacía dudar, porque yo podría delatarlos sin ningún tipo
de problema, y algunos seguían en el centro. Como si escuchara mis pensamientos,
la mujer mayor salió del salón de actos, pero ella no se escondía, de hecho,
dio un portazo y me dedicó una mirada cómplice. Se acercó hasta mi mesa con su
caminar desenfadado.
—Lo has escuchado, ¿verdad?
—Sí —respondí. Por primera vez pude contestar a una de sus
preguntas sabiendo exactamente de qué hablaban.
—Nos lo ha puesto Esther por el wasap, que te has reído un
montón. Ha dicho eso: «se ha reído un montón» y una carita de estas raras que
ponéis. —se echó a reír con ganas—. Es un encanto de niña, lo que pasa que ella
no lo sabe; ya la conocerás. Vas a venir esta noche, ¿verdad?
—No sé muy bien…
—Ni falta que hace, tú vas a venir como que me llamo Marisa,
si estás ya más dentro que fuera… Oye —se acercó a mí como si fuera a contarme
una confidencia—. Esto del wasap es muy práctico y eso, pero a mí siempre me ha
hecho ilusión ir a una misión con walkie-talkies como en las películas
que me gustaban de joven. Para la siguiente, tú apóyame, ¿eh? Y llevamos unos walkie-talkies,
ya verás que divertido.
—¿Qué es lo de esta noche?
—Ya lo verás —sonrió—. Voy a echar un cigarrito, que aquí ya
he visto todo lo que tenía que ver. ¡Hasta luego!
—¿Y cómo sabes que no voy a contar a nadie lo que habéis
hecho? —acerté a preguntar antes de que se marchara.
—Por Daniel, él nos ha dicho que eres un buen tipo, y nunca
se equivoca. Además, Esther lo ha confirmado, ahí estabas. —Señaló la puerta—.
Riéndote a escondidas. Nos vemos esta noche.
Ahora sí se marchó y me dejó pensando en ello hasta que el
resto del público comenzó a abandonar el centro. La mayoría de ellos salían
comentando el suceso entre risas, a nadie le importaba ya el tema que se
hubiera tratado durante aquella hora y media. Pude distinguir a los dos amigos
que tanto discutían, y ellos también a mí, y me saludaron; una voz interior me
dijo que era la última oportunidad de acusarlos por lo que habían hecho. Fue
una duda de la costumbre, un latigazo del deber, de lo que se esperaba de mí…
Lo ignoré. Les devolví el saludo con alegría, en ese momento decidí que
acudiría a la reunión nocturna.
El resto del día lo pasé entre cábalas absurdas, hasta el
punto de que llegue a dudar si no me lo habría imaginado todo para hacerme la
mañana más llevadera, pero en ese punto de la tarde los vídeos de la charla ya
circulaban por internet y eran unos pedos incuestionables. La gente los
compartía entre risas y aportaban sus comentarios más ingeniosos, estuve viendo
unos cuantos hasta que llegó la hora de acudir a la cita.
Al llegar de nuevo al centro cultural, en medio de la noche,
fue fácil distinguir al grupo que se reunía frente a la puerta por el contraste
con las calles vacías. Me recibió el corredor.
—¡Llegas a las once en punto! ¿Habéis visto? —dijo mirando al
resto—. Ni a las once y diez, ni mañana… —Se volvió de nuevo hacia mí—.
Nosotros hemos quedado a las diez y media para dejarlo todo listo y que no te
vean mucho por aquí. Y porque Sergio siempre llega tarde.
—¡He llegado a y treinta y cinco! —se defendió Sergio, que
resultó ser el mayor de los dos amigos discutidores.
—¿Cómo te llamas? —me preguntó el otro amigo.
—¿Yo? —respondí un poco abrumado—. Lucas, pero podéis
llamarme Lu.
—¡Encantado, Lu! —continuó el corredor—. Este sí que es un
profesional, si tiene ya pseudónimo y todo. Yo soy Daniel, ahí tienes a Marisa,
que ya la conoces, y ellos son Sergio y Mario que también has hablado con
ellos. Al fondo está Esther, que todavía no se ha acostumbrado a ti, pero le
caes bien, le hiciste mucha gracia en la puerta. Yo soy Daniel, y ahí debajo de
la capucha está Lucía. ¿Has terminado ya, Lucía?
—Creo que sí —respondió, y abandonó la pared sobre la que
había estado inclinada todo el tiempo—. Un placer, Lu. Me alegro de que hayas
decidido venir. Mira esto, a ver qué te parece.
Me acerqué hasta ella y me sorprendí al ver, dibujado en la
pared, un monigote con un globo de texto en el que se podía leer «jijiji» sobre
la firma que decía «Que lloren los malos».
—Hemos pensado que será nuestro sello —explicó Lucía—, lo
dejaremos en cada lugar en el que realicemos un atontado.
—¿Atontado? —pregunté.
—Sí, de eso va esto. Somos un grupo organizado que prepara
atontados, para hacer gracia. Atontamos contra los malos, ¿te apuntas?
Capítulo 2
Aquella misma noche me explicaron, a grandes rasgos, el funcionamiento del grupo: Daniel era el reclutador, si bien no tenía grandes dotes de organización o planificación, sí poseía una peculiar intuición para captar el dolor y la alegría en los ojos ajenos, y esto hacía también que fuera la primera línea de ataque del grupo, quien acudía a los lugares como ojeador para detectar posibles peligros o aliados; Lucía se dedicaba a planificar los atentados, le encantaban los puzles, los acertijos, los rompecabezas… y eso la capacitaba para encontrar la forma de conseguir lo que buscaba con lo que tenía; Mario y Sergio eran ingenieros, no especificaron de qué, pero dejaron claro que su fuerte era la tecnología y estaban muy orgullosos de ello; Esther tenía una función muy peculiar, y es que ella se limitaba a observarlo todo, y cuando las cosas iban bien no hacía nada, pero cuando había algún problema, intentaba hallar la solución para comunicársela a Lucía; y, por último, estaba Marisa, que se autodenominaba «la abuela del grupo» y, como tal, hacía lo que fuera necesario porque «yo, en la vida, lo he hecho ya todo al menos dos veces».
Me revelaron que, legalmente, eran un club de lectura. Se reunían de forma presencial todos los sábados por la mañana, a eso de las doce, en una sala de la biblioteca pública y allí discutían los pormenores de sus atontados. Aún no lo he dicho, pero todo esto sucedió un martes, lo que significaba que tenía algo más de tres días para decidir si quería unirme a ellos antes de la próxima reunión, a la que me invitaron a asistir, antes de despedirse y marchar cada uno por su lado.
Debo reconocer que, al volver a casa, sentí tanta ilusión como miedo. No es necesario confesar que mi forma de ver el mundo se alineaba por completo con la suya, que yo también creía en la rebelión de la buena gente y me fascinaba su idea de combatir el desprecio y la soberbia de los mediocres utilizando como arma la risa y el ridículo para que todo el mundo viera que no eran más que los maniquíes de una tienda de lujo… Pero, al mismo tiempo, me aterraba la idea de encontrar un grupo de personas en el que debería encajar, y no conseguirlo. Me había pasado otras veces: en el grupo de juegos de mesa que se convirtió en una partida real por el dominio del liderazgo para decidir a qué juegos jugar, en las clases de dibujo a las que dejé de asistir cuando me enteré de que fuera se reunían todos menos otra chica y yo, o en distintos foros en los que la gente dejaba de respetar mi opinión cuando no era la suya. Sin embargo, todos estos golpes los había encajado con cierta entereza, porque lo que me unía a esas personas no era más que una afición, apenas una diminuta isla de mi mundo interior. Ahora se trataba de otra cosa: Daniel, Lucía y los demás compartían una idea, un objetivo, una misión con la que comulgaba por completo, y no sabía si estaba preparado para ser la nota discordante de mi propia melodía.
Fueron tres días de altibajos constantes, decidí ir a la reunión unas cien veces, y decidí no ir otras cien. Acudir a su encuentro me brindaba la posibilidad de llenar mi vida de cosas bonitas, cosas que otra gente da por seguras, como conectar con otras personas, tener amigos o hacer algo que me hiciera sentir parte del mundo; sin embargo, no acudir me blindaba del dolor de no conseguir nada de eso, de perder otra oportunidad, porque cuando estás solo y no has tenido la oportunidad de pertenecerle a otros, puedes echarle la culpa a tu mala suerte, pero cuando lo intentas y no lo consigues la culpa se te instala a vivir en la garganta. Tengo un edificio de doce plantas, todas habitadas, en la garganta. Finalmente, el viernes por la noche estaba seguro de que no iría, tan seguro que el sábado fui, claro que fui, si no hubiera ido, no estaría contando esta historia.
Desarrollé una elaborada estrategia para apaciguar los nervios que me provocaba aquella reunión: llegar el primero. Al estar yo allí antes que el resto, los iría recibiendo uno a uno, según fueran apareciendo, de forma muy similar a cómo los conocí el famoso día de los pedos. Esa familiaridad me calmaba, me permitía el engaño de sentir que era algo por lo que ya había pasado.
Llegué a la biblioteca a las doce menos cuarto, y admito que no estaba entre mis lugares más visitados, por lo que tuve que preguntarle al ordenanza cuál era la sala en la que se reunían los clubes de lectura. Me sentí un impostor al otro lado de la mesa, frente al uniforme azul con mi ropa de calle, como si yo no fuera un ordenanza en la vida, alguien que espera a que se le acerquen para cruzar unas palabras y olvidarse de mí. Le pregunté su nombre, se llamaba Marga, era una mujer muy agradable y hacía su trabajo muy bien, Marga, quiero que lo sepáis todos, Marga. La sala estaba en el segundo piso, subí las escaleras rápido porque estando ya tan cerca necesitaba llegar. Atravesé un pasillo y vi al fondo los cristales traslucidos que hacían de pared frontal de la sala de clubes, atravesé la puerta con decisión y, al hacerlo, me llevé un susto que fui incapaz de disimular.
La sala tenía muchísima luz, porque solo tenía dos paredes sólidas, las otras eran la traslucida que ya he contado y una enorme cristalera que daba a la calle. En el centro había una larga mesa rodeada de sillas, y en la silla del fondo, justo frente a la puerta, estaba sentada Esther, desde el lugar en el que podía controlar toda la sala. Le hizo gracia mi reacción, el saltito que di al encontrarme con su mirada en un lugar que creía vacío; pero no llegó a reír, solo apretó los labios y abrió mucho los ojos.
Para mi sorpresa, una vez superada la impresión inicial, descubrí que su presencia no me intimidaba. Cuando la conocí, solo había podido verla de lejos la primera vez, y de noche la segunda… Sabía que era joven, pero no tanto como pude comprobar al verla con tanta luz y sin estar rodeada de adultos. Tendría dieciséis o diecisiete años, como mucho. Decidí sentarme a su lado porque yo también me sentía más cómodo alejado de la puerta, pero cuando me acerqué a su silla empezó a negar con la cabeza y echó su cuerpo hacia atrás. Yo me detuve, di un paso atrás.
—¿Aquí?
Ella meneó la cabeza de nuevo, y yo seguí retrocediendo, hasta que un par de pasos más alejado de ella, asintió y recuperó su postura normal. Me pregunté qué clase de monstruos habrían podido romperla tan pronto. Apenas me senté, la puerta se abrió de nuevo y entró Lucia. Nos miró a ambos.
—¡Vaya! —dijo sorprendida— ¿Solo tres sillas de distancia? ¡Menudo halago!
Lucía recorrió la sala sonriendo y se sentó junto a Esther, que la recibió con una mirada tierna, y ambas centraron su atención en mí.
—A Sergio le pasó lo mismo —continuó Lucía—. Él también quiso llegar el primero, y se encontró con Esther aquí. Pero él tuvo que separarse cinco sillas. Se lo voy a decir —rio mirando a Esther, que también rio mientras negaba con la cabeza.
—Me tranquiliza llegar antes, lo prefiero a encontraros a todos aquí a la vez.
—Lo entiendo, pero nunca llegarás antes que Esther —De nuevo se echó a reír—. Yo lo he hablado con ella, me gustaría venir a la vez y que no esté aquí sola, pero un día quedamos a las once y media para hacer la prueba y cuando llegué ya llevaba aquí veinte minutos. Así que prométenos que no intentarás venir antes, o acabaremos llegando aquí a las diez de la mañana.
—Prometido —respondí, y me sentí parte de algo— ¿Sergio no llegaba siempre tarde? Eso me pareció entender el otro día cuando nos reunimos por la noche.
—Ahora sí —confirmó Lucía—. Si no puede llegar el primero, se asegura de llegar el último. Aquí cada uno tenemos nuestras cosas.
—Ya veo —afirmé.
Quise preguntar cuáles eran las suyas, «sus cosas», porque parecía tan segura, tan normal… Pero no me atreví, y comencé a pensar una respuesta ingeniosa, alguna broma con la que parecer agradable y divertido. Consideré decir que yo también tenía mis rarezas, algunas inconfesables, como que no me gustan las croquetas; o, tal vez, algo como: «pues yo no tengo nada extraño, soy de las personas más normales… en mi planeta de origen». Seguía en silencio cuando la puerta se abrió de nuevo.
—¡Hola! —saludó Daniel, alegre y lleno de energía.
Los tres respondimos y, por primera vez, escuché la voz de Esther. Tenía un tono risueño, me llamó la atención y debí de mirarla con curiosidad porque ella enseguida se tapó la boca con las manos y se echó a reír. Lucía la acompañó y me explicó:
—Siempre pasa, sé que a ti te parece todo muy raro, pero para nosotros es casi un ritual. —Miró a Esther con cariño—. Cada vez que llega alguien nuevo, se piensa que la niña es de cristal, cuando, te aseguro que es la persona más fuerte que conozco.
—Y yo —añadió Daniel, sentándose al otro lado de la joven—. Es más miedosa que un rico en Hacienda.
—¡Oye! —interrumpió Lucía, haciéndose la indignada.
—¡Es verdad! —se defendió Daniel—. Pero el miedo la ha hecho fuerte, como a todos nosotros. ¿Tú no tienes miedo, Lu?
—Sí, bastante.
—¿Qué es lo que más miedo te da?
El rechazo, no caeros bien, que me dejéis solo, otra vez.
—El dolor —respondí.
Creí sonar seguro, casi alejado de mi respuesta, como si no ocultara nada y no me importara mostrar mi vulnerabilidad; sin embargo, los tres me miraron con intensidad, con comprensión en los ojos. No puedes hacer trucos en una reunión de magos.
—Todos lo tememos, al dolor —concluyó Lucía, y cambió de tema para que no nos quedáramos atrapados allí—. Oye, Daniel, ¿no ibas a traer cafetitos?
—¡Uy, no te vas a creer lo que me ha pasado! —respondió sorprendido.
—¿Qué?
—Pues venía yo pensando en los colores, porque casi todos me parecen bien, menos el verde, que tiene un nombre muy feo para lo importante que es. Y estaba dándole vueltas a si no podríamos quitarle la r, o cambiársela por otra cosa, porque creo que el problema está en la r, que lo hace sonar como agresivo, verrrrrr – de, y no me parece bien que suene así el color de la hierba y de las hojas. Se lo he cambiado por una s, ¿no os parece mejor? El color vesde. ¿Verdad? ¡Halaaaaa!
—¿Qué pasa? —preguntó Lucía, divertida.
—¿Verdad viene de verde?
—No lo sé.
—Vesdad. Vesde y vesdad. ¡Muchísimo mejor!
—¿Y qué tiene que ver eso con los cafés?
—Pues que se me han olvidado. —Se echó a reír, lleno de inocencia—. Es que estaba pensando en algo importante.
Lucía negó con la cabeza mientras se reía.
—Ya bajo yo a por cafetitos —dijo, y se dirigió a mí—, ¿me acompañas?
—Claro.
Se levantó, salió de la sala y la seguí. Tenía el pelo ondulado, le caía con gracia hasta los hombros y entre el marrón intenso se colaba algún destello de cereza. En la parte izquierda había un mechón que bailaba a otro ritmo y parecía confundido, se tambaleaba en posiciones que se oponían al caudal de su melena, y me hizo mucha gracia. Me quedé mirándolo, hasta que ella se giró para decirme algo, y entonces pareció que yo miraba su cuello desnudo. Me puse muy nervioso. No escuché lo que dijo.
—Tienes un mechón revoltoso —señalé para justificarme, intentando sonar divertido.
—¡Sí, desde siempre! Antes me peleaba con él, pero ahora somos amigos.
—Parece majo.
—Pues sí, y si no quiere ser como los demás, ¿quién soy yo para obligarle?
Me sonrió y me sorprendió mucho que toda esa sonrisa fuera para mí. Justo después, volvió sobre el tema que la había hecho girarse.
—No la ofrezcas ayuda, se enfadará. Son solo unas escaleritas.
Cuando miré al frente y vi a Marisa subiendo, entendí a qué se refería.
—¡Hola, Marisa! —saludó.
—Hola, niña. Estaba pensando que podíamos hacer la reunión en un octavo, o mejor, en la cima de una montaña.
—¡Pero si tienes ascensor!
—Eso es para viejos. Chiquillo, me alegro de verte, aunque ya sabía que ibas a venir. Cómo no ibas a venir. Acuérdate de lo de los walkie-talkies, ¿eh?
—Votaré a favor, Marisa.
—Así me gusta. ¿Dónde vais?
—A por cafés.
—¿Os acompaño?
—No hace falta, mujer —respondió Lucía—. Tú vete a cuidar de la peque, que está sola con Daniel y a saber de qué la está hablando.
Marisa se echó a reír con una sonoridad que, incluso, atrajo alguna mirada.
—¡Ay, ese chico! Me da la vida. Voy a ver.
Mientras bajábamos por las escaleras, mi guía siguió poniéndome al tanto de todo.
—A Marisa le encanta quejarse, pero no le gusta que la ayuden, ¿entiendes?
—Ya veo.
—¿Y tú qué?
—¿Yo?
—Sí. Te estoy poniendo al corriente de todos… ¿Qué tengo que decirles a ellos de ti?
—Yo… no sé, ¿nada?
—Cómo que nada.
—No quiero molestar.
—Ahí lo tienes —asintió convencida—. Eso es lo que tengo que decirles, que tú lo único que quieres es no molestar. Pues no molestas, Lu. Estamos encantados de tenerte con nosotros.
Lo dijo con tanta facilidad, algo tan difícil, con tanta facilidad que instintivamente me atravesó la idea de que era mentira. No pude evitarlo, pero pude ignorarlo.
Al volver al hall, saludé a Marga, y esta llamó nuestra atención cuando vio que nos dirigíamos a la máquina expendedora.
—No compréis descafeinado, no sé qué le echan, pero eso no es café.
Estuvimos hablando con ella un par de minutos, informándonos acerca de las mejores opciones que ofrecía aquel limitado servicio, y entonces aparecieron Mario y Sergio en la entrada, que discutían sobre alguna de sus cosas. Se despidieron chocando la mano y Mario entró en la biblioteca; se sorprendió mucho al vernos en el hall, y volvió la vista hacia la entrada, preocupado, pero allí ya no había nadie.
—¡Hola! —saludó alegre.
—¿Qué tal? —respondió Lucía.
—¿Daniel se ha vuelto a olvidar de los cafés?
—Ya sabes…
—Bueno, yo traigo mi botellita de agua, como siempre, ¿os espero para subirlos?
—No te preocupes, tú sube que yo estoy interrogando al nuevo.
—¡Uy, es verdad! Hoy te toca pasar la inspección, amigo —dijo dirigiéndose a mí—. ¿Está siendo muy dura?
—De momento, no.
—Bueno, si la cosa se pone fea, grita.
—Vendrás tú a ayudarle —respondió Lucía, con tono de burla.
—No, no. Que grite para avisar al resto y que salgamos corriendo.
El joven se echó a reír y enfiló las escaleras hacia la segunda planta. Lucía y yo nos despedimos de Marga y por fin nos acercamos a la máquina de café.
—He visto a Sergio en la puerta, pero no ha entrado. ¿No va a venir? —pregunté.
—No digas nada, deja que piensen que no le has visto.
—Vale.
—Es por lo que te dije antes. Sergio necesita ser el último en llegar. Cuando todos estemos en la sala, Mario le escribirá para avisarle de que ya puede subir. Siempre hacen lo mismo. Y les daría vergüenza saber que lo sabemos, ¿entiendes?
—Claro, no te preocupes.
—No me preocupo, sé que no lo dirías, no quieres molestar.
Me miró con una expresión de comprensión que no recordaba haber sentido nunca, como sí me conociera. Imagínate, conocerme, a mí, que no me conozco ni yo. Fue extraño y agradable, o tal vez lo extraño fuera sentir algo agradable. Cogimos los cafés y subimos en silencio, yo iba pensando en todo lo que Lucía me había contado, y después supe que ella iba pensando en si le faltaba por contarme algo más. Justo antes de entrar en la sala, me paró.
—¡Otra cosa! Casi se me olvida. Los insultos, no te agobies, ni te incomodes, es un juego entre ellos.
—¿Insultos?
—Sí, es cosa de Daniel. ¿No te insultó al conocerte?
—Sí —sonreí al recordar a Daniel acercándose a mí mientras decía: «pipipipipipipi».
—Pues Daniel tiene una especie de ritual con los chicos, que también le entran al trapo. No sé muy bien cómo explicártelo, él vio que la gente insulta para hacer daño, y un día decidió convertir los insultos en algo bonito y divertido, para que no hagan daño. Son cosas de Daniel, ya le irás conociendo.
Asentí y entramos en la sala, allí Daniel estaba compartiendo con los recién llegados su idea sobre cambiar el nombre al verde. Vi cómo Mario, disimuladamente, sacaba su móvil, escribía algo, y lo volvía a guardar. Repartimos los cafés, les contamos al resto lo simpática que había sido Marga, y Sergio entró por la puerta.
—Perdón, es que me encontré con un amigo —se disculpó por llegar tarde.
—Siempre te pasa algo —replicó Daniel, que había estado esperando ese momento—. He estado pensando sobre el tema, creo que he llegado a una explicación: siempre llegas tarde porque no entiendes cómo funciona un reloj.
—¿Cómo no voy a entender eso? —se defendió Sergio.
—Porque eres tonto —replicó Daniel, ensanchando su sonrisa—. Lo cual explicaría muchas otras cosas.
—Tú sí que eres tonto. —Sergio recogió el guante con alegría—. Eres tan tonto que te ofrecieron trabajo fijo en tik tok.
—Y tú eres tan tonto que fuiste a un concurso de tontos y perdiste porque no entendías las reglas.
——¡Eh! Tú eres tan tonto que si fueras un cantante pop serías «El artista anteriormente conocido como el tonto».
—¡Pues cantaría muy bien! Tú eres tan tonto que si hicieras un dúo con Mario y os llamarais «El tonto y el feo», la gente estaría confundidísima. —Daniel se levantó y miró hacia su izquierda, en donde estaba Esther—. ¿Pero quién es el feo? —Luego miró hacia mí—. ¿Pero quién es el tonto? —Miró hacia el techo, se llevó las manos a la cara y, con voz teatral, remató— ¿Cómo los distinguen?
—¡Ya me tenía que tocar a mí! —intervino Mario—. Eres tan tonto que si los tontos volaran serías el primer ser humano en llegar a Marte.
—Pues tú eres tan tonto que cuando llueve cierras el paraguas para que no se moje.
Noté que se les estaban acabando las pilas, que el duelo llegaba a su fin porque no podía estirarse el chiste del ingenio hasta el infinito, pero Sergio tomó las riendas y logró sorprenderme.
—Pues tú eres tan tonto que los demás tontos, para orientarse, utilizan una brújula que señala hacia ti.
No sé qué es lo que me hizo tanta gracia de esa absurda imagen, pero no pude contenerme y me eché a reír con ganas. El resto del grupo rio conmigo.
—¿Eso se puede hacer? —preguntó Daniel, divertido—. Una brújula que señale hacia mí, así siempre sabría dónde estoy.
—Creo que podría fabricarla, pero tendría que ser verde —apuntilló Mario.
—¡Ay! Pues ya no la quiero.
—Bueno —interrumpió Lucía—, ¿empezamos?
La reunión se desarrolló con más seriedad de la que cabría esperar, dado el prólogo del que veníamos. Comenzamos hablando del reciente atontado de los pedos, poniendo en común las experiencias, aquellas cosas que habían salido mal o que podrían mejorarse. Debido a mi involuntario papel en aquel plan, me convertí en el centro de la conversación, y me preguntaron acerca de cómo me había sentido. Confesé que pasé confuso la mayor parte del tiempo, sin saber qué ocurría y que, si bien en ningún momento me había percibido violentado o en peligro, sí me sentí mal un par de veces: inseguro, un poco ridículo, e incluso algo humillado frente a la mirada ajena al grupo. Mis palabras animaron a Mario a decir algo similar, recordando el momento en que le reclutaron a él para poner pegatinas de «todo a 1 euro» en las espaldas de los asistentes a un foro económico. Por lo que pude intuir, Mario se ganaba el pan como camarero en la terraza de un concurrido bar, y el grupo aprovechó el almuerzo para ejecutar su broma. Ambos coincidimos en que no había sido nada grave, pero tal vez sí evitable. El resto del grupo se disculpó con nosotros y hubo un silencio culpable que rompió Lucía al asegurar que algo así no volvería a ocurrir. Todos pasamos página y continuamos con el siguiente asunto, excepto Daniel, que se quedó arrugado, marchito, con un dolor en los ojos que iba mucho más allá del arrepentimiento.
Después pasaron a comentar algo que yo también había visto: el impacto que tuvieron en redes las grabaciones que se habían hecho desde el público. Se felicitaron por haber hecho reír a tanta gente, y por ser la primera vez que sus bromas trascendían el momento y el lugar del atontado. A partir de ahí comenzaron a sugerir ideas de cómo organizar el siguiente acto de forma que todo el mundo pudiera reír con ellos, y tras darle vueltas a varias ideas absurdas en las que aportaron todos menos Daniel, que seguía desubicado, y yo que me sentía algo cohibido para intervenir, llegaron a la conclusión de que actuaríamos en un informativo local. Solo teníamos que colarnos en las oficinas, conseguir que Mario y Sergio estuvieran cerca del estudio y desde ahí, a cierta distancia, ellos podrían modificar el telepronter para que la presentadora del informativo local leyera lo que nosotros quisiéramos. Así cualquiera podría verlo en directo. Lucía nos pidió tiempo para pensar en cómo organizarlo, y así finalizó la reunión.
A la salida de la sala, Daniel se acercó a mí muy nervioso.
—Oye, Lu, Lu. Perdóname.
—¿Por qué?
—Por la broma del pito, creo, no sé, por lo que sea que hice y te haya hecho sentir mal.
—Tú no me hiciste sentir mal. —La sinceridad de su mirada era desbordante, casi hasta me intimidaba—. Tu broma me hizo gracia, fueron dos chicas que pasaron después…
—¿Qué hicieron?
—Nada, en realidad nada, solo se aguantaron la risa, el resto lo hace la imaginación, ya sabes, lo que creo que dijeron cuando ya no las veía, lo que se reirían de mí.
—¡Vaya ego! —De pronto parecía mucho más tranquilo.
—¿Qué?
—¿Por qué se iban a reír de ti? ¡Se reirían de la broma!
—Bueno, pero yo era el objeto de la broma…
—Las bromas no tienen objetos porque no tienen manitas para llevar cosas. Una broma es una broma.
—Creo que no me estás entendiendo.
—No te estás entendiendo tú. Lu, siento mucho que lo que dije te hiciera sentir ridículo, a mí también me pasaba, me he sentido tan ridículo, tan torpe, tan bobo… Sé lo desagradable que es y me duele mucho haber sido el responsable, y por eso te pido perdón. ¿Puedes perdonarme?
—Claro, Daniel, no pasa nada.
—Bien, yo también te perdono; bueno, ya te había perdonado.
No tenía ni idea de a qué se refería; creo que me lo notó en la cara, y siguió hablando.
—Por hacerme sentir culpable. Sé que no era tu intención. Tú no querías que yo me sintiera mal, me sentí mal yo solo, me sintió mal mi miedo. ¿Sabes? Me da pánico hacerle daño a otra gente. Cuando dijiste que te había hecho daño…
Bajó la mirada y volvió a perderse en un abismo.
—Daniel, no me has hecho daño. De verdad.
—Lo sé. Te hizo daño tu miedo, como a mí. Yo solo lo alimenté sin saberlo. No volverá a pasar.
Hizo una pausa que duró lo que tardamos en bajar las pocas escaleras que faltaban hasta el hall que conducía a la entrada. Yo no supe qué decir, pero él reanudó la conversación.
—Encontraré la forma de ayudarte con eso —dijo a modo de despedida, antes de seguir caminando y dejarme atrás.
Lucía tomó el relevo.
—¿Lo habéis arreglado? —preguntó.
—¿Eh? Sí, no era nada.
—Ya lo sé, pero para él es importante. Míralo cómo anda —sonrió con ternura—. Siempre va muy rápido, no le gusta quedarse mucho tiempo en el mismo sitio, siempre quiere ir de un lado para otro. En cuanto me ha visto acercarme, ha aprovechado para salir disparado.
—Le conocí corriendo.
—Él siempre está corriendo, por dentro o por fuera. En fin, he hablado con Marisa, me ha pedido ir contigo a reconocer el estudio de televisión y ver cómo es aquello. ¿Te parece bien?
—Sí, claro.
—Pues ya lo hablas con ella, y el próximo sábado ponemos en común todo lo que hayamos hecho esta semana. ¡Nos vemos!
Lucía se despidió y salió en la misma dirección en la que se había marchado Daniel. Yo tenía que ir hacia el otro lado, es una pena vivir al otro lado y no poder charlar un rato más con el resto.
Llegué a casa sintiendo un calor desconocido o, más bien, olvidado. Creo que ya me había sentido así alguna vez, creo que hubo un tiempo en que el vacío no me cubría la piel, separándome del resto del mundo, y Lucía, Daniel y los demás habían encontrado la forma de recordarlo. Eran un grupo maravilloso, jamás habría imaginado que uno de ellos nos odiaba y esperaba paciente, taimado, oculto tras una sonrisa… solo para traicionarnos y cobrarse su venganza.
