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miércoles, 1 de julio de 2020

Página de luz



Es la primera vez que escribo en una máquina. Me he visto obligado porque no sé qué demonios ha pasado con mi pluma: juraría que anoche la puse sobre la mesita del comedor, junto a la lámpara; pero también anoche era agosto del noventa y seis, y hoy nieva y el teléfono habla solo.

Me gusta el tacto de mis dedos sobre unas letras fijadas en el espacio y el tiempo, pero no son comparables a la magia de la pluma y los misterios de su ubicación. Tal vez, sedienta de tinta, se arrastre por la casa buscando un pozo de palabras olvidadas; quizás fuera la pieza que le faltaba a un pájaro errante, y ahora vuelan juntos; seguramente, estará prisionera en un cajón en el que el tiempo se detuvo, mientras todo a su alrededor cambia.

Mi nieto acaba de dejarme frente a la máquina con esta página de luz escrita a medias. Dice que lo escribí ayer, y yo le creo aunque no sea mi letra. Entre mis falanges desgastadas y estas teclas mecánicas, ahora escribir se parece a tocar las castañuelas. Recuerdo los bailes en el pueblo como si hubieran sido esta mañana, y el desayuno de esta mañana es un sueño que ha escapado tras el vértigo del despertar repentino. La boca me sabe a café, y el cerebro a frustración.

Mi nieto acaba de dejarme frente a la máquina con esta página de luz escrita a medias. Dice que lo escribí la semana pasada, pero no estoy seguro. El mundo es cada vez más hostil. Mi cabeza me traiciona. La vida es una bruma impenetrable, y encima me han robado la pluma.

Un niñato se ha colado en mi casa y me ha obligado a sentarme frente a la máquina con esta página de luz escrita a medias. Dice que lo escribí hace un par de meses, pero no le creo. Estoy demasiado cansado para estas tonterías.

lunes, 22 de junio de 2020

Más que un juego






Llevo dos semanas seguidas jugando al gato en vuelo. Me despierto en un colchón, rodeado de mis hermanos, y paso de cama en cama hasta la puerta; luego me apoyo en la cómoda, y de un salto caigo en el comedor, justo sobre la silla que dejan en la entrada para mí. Si hay suerte, desayuno, y si no… pues vuelta a las piruetas que me llevan al lavabo. Cuando estoy en el retrete parezco una ranita. Después, agarrándome aquí y allá, bajo a la calle y juego con el resto de los niños. Me gusta jugar a casi todo, pero odio el escondite porque como tengo que estar en posiciones elevadas siempre me pillan. Así paso el día, más o menos, hasta que llega la hora de volver a dormir.

La verdad es que empiezo a cansarme un poco. Al principio era divertido, pero ya no me apetece jugar. Me he dado varios golpes, los brazos me duelen mucho, y noto las piernas un poco raras… aun así, no tengo más remedio que continuar. Me han dicho que esta no es mi tierra, así que mejor no pisarla, no vaya a ser que se rompa.

martes, 16 de junio de 2020

Ingenio y finura hasta la sepultura






En mi casa siempre hemos sido muy de refranes; recuerdo con nostalgia aquellos primeros años de vida, cuando mi abuelo, un tipo robusto y de buen carácter, llegaba a casa después de trabajar las tierras, y mi abuelilla, menuda y picarona, se insinuaba y le agarraba de la mano en dirección al dormitorio. Él siempre decía que era un poco tarde para esas cosas, y ella respondía con voz melosa “nunca es tarde si la picha es buena”, y sonriendo entraban al cuarto a leer el refranero.

Siendo ya un poco más mayor, en plena crisis de la maldita posguerra, la única oración que bendecía nuestra mesa era aquella de “a buen tenedor, pocas patatas bastan”, y esas patatas las acompañábamos de otras verduras y hortalizas, pues ya se sabe que “en el país de los labriegos, el huerto es el rey”. Pero nunca perdimos el humor a pesar de las desgracias, y seguimos usando los refranes, hasta el punto que gracias a ellos, conquisté a mi mujer. Veréis, aunque tenía la absurda idea de que yo confundía las palabras, y apenas me dejaba hablar porque le parecía bastante tonto…. una noche del 53 me dio la oportunidad de probar sus sábanas, y ya sabéis… “con el goce, nace el cariño”. Aún sigue a mi lado, meneando la cabeza mientras lee lo que escribo. Después llegaron los hijos, los nuevos tiempos, los nietos… y yo solo pido que recuerden una cosa de mí: ¡Qué hablen! ¡Qué hablen aunque se equivoquen! ¡Aunque hablen mal! ¡Qué hablen por favor! Porque como dice mi querido refranero, hablando se enciende la mente.

domingo, 14 de junio de 2020

Azul




Hay un azul en Marruecos que también viste paredes andaluzas, sobrevolando el turquesa de las aguas, ha trazado el camino; un azul violeta que viaja lento entre dos colores, bajo el celeste que cobija y es morada del sol.

Hay un azul en Marruecos que trabaja las tierras del sur, diluido en el acero de los avíos, brillante en la frente del campero; un azul que es presente e historia entre sus calles, recordando que nuestra cultura es amalgama de colores.

Hay un azul en Marruecos como la palabra exacta, que marca un instante o defina una vida, que viene a ser lo mismo…  Qué tendrá ese azul para ser lágrima que brota y viento que la arrastra, qué será ese azul para vivir en todas partes… ah, siempre luz.

martes, 25 de febrero de 2020

Solo para fans de Minecraft

Bueno, los que me conocéis sabéis que siempre he sido un poco friki, y que además me gusta implementar la escritura creativa con el resto de mis aficiones, y uno de los resultados ha sido este conjunto de relatitos cortos que están a disposición de todos en el server de roleplay de Minecrafters. Aquellos que no conozcáis Minecraft no os molestéis en leerlo :P


Un sueño


He visto formas imposibles, bloques sin vértices ni sentido, hombres con cuello, rostros que cambian, bestias de nuevos colores y noches que no acaban al dormir. He sentido hilos incomprensibles que desde el cielo atan mi alma, y manos de cinco dedos que, sin apenas conocerme, deciden por mí. He escuchado voces susurrando que solo existo cuando miran, que solo siento si lo desean, que mis metas son sus caprichos y mi esfuerzo su diversión; que el filo de mi espada solo corta sus horas de aburrimiento, y el sudor de mi frente se desvanece entre carcajadas. He mirado a los ojos de esos seres prepotentes, y no puedo por más que compadecerlos, pues creen estar llenos de vida, pero he adivinado en su mirada que habitan un mundo patético, en donde el amor no se ve, y solo se muere una vez.
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El único templo

La ciudad comenzó siendo un descampado, una superficie artificial que rasgaba el tejido de la naturaleza, una herida abierta en la tierra. Pronto empezaron a aparecer algunos cubos de madera o piedra, como cajones de personas, que albergaban más ilusión que materiales y prometían un nuevo despertar en la zona; no obstante, muchos desistieron, claudicaron ante la fiereza de la mina y abandonaron el sueño, dejando entre nuestras calles esos cubos solitarios, testigos de su fracaso, guardianes de una cama fría y un cofre vacío.
Pero otros… otros se alzaron, encontraron el color, la forma, la textura… y dotaron de vida aquellas calles baldías y lúgubres, abrazando el mundo que crecía bajo sus pies. Así nació una comunidad, y de ella surgieron necesidades que se fueron solventando con eficiencia, hasta que quedó incluso espacio para el ocio. Fue entonces cuando se construyó el lugar que da sentido a toda convivencia, el templo del obrero, el ayuntamiento del desamparado, la biblioteca del iletrado… el bar. El Bathmann Hollweg.
Allí, cada día se cuentan historias del Sátiro, que embriagado por el perfume tinto de las ninfas, cabalga amaneceres con la suavidad de los dioses antiguos. No son menos las que se refieren al tal Baco, fumador empedernido, que entre trago y trago sale siempre a las puertas del templo a conjurar su niebla adormecedora, envidia de Artemisa en cuanto a aromas, y alegría de los duendes que se reúnen alrededor para compartir su dicha. Cómo obviar aquellas referentes a Lot, no tan salado como su mujer, pero lleno de rabia y energía, el vaso en una mano y la espada en la otra, siempre retador. Y no menos comentadas son las audacias de nuestra camarera favorita, Pandora, encanto inigualable, cuya belleza legendaria compensa con creces el detalle, la nimiedad, de que cada vez que abre la caja, faltan diamantes.
Vivo en una ciudad de dioses muy cercanos. Una ciudad de gente luchadora, de bares, de alternar con los amigos y contar anécdotas con el vino en los labios y el pico a la espalda; la historia no se acuerda de nosotros, nuestros nombres no colman la literatura… pero somos la ostia poniendo apodos.

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El número de Dios

Desde tiempos inmemoriales nuestros filósofos han intentado responder a la pregunta que, sin explicación aparente, rige nuestras vidas en el día a día más mundano. Por algún motivo, la naturaleza está dispuesta de tal forma que, casi todos nuestros materiales, se apilan de 64 en 64. No importa lo grandes que sean tus almacenes, si intentas juntar 65, uno de ellos saltará como repelido por una fuerza invisible.

Se ha intentado explicar a través de cientos de conceptos enrevesados, desde la esencia misma de la materia, hasta esas dimensiones desconocidas de las que proceden prodigios como el agua infinita, pero lo cierto es que nadie sabía la respuesta. Hasta ahora.
Los números cuentan una historia, y el 64 nos cuenta la mayor de todas, aquella que te impedirá permanecer sentado (literalmente), y es que la relación es realmente sencilla de comprender: Si sumamos 6 más 4, obtenemos 10, y si restamos 6 menos 4, el resultado es 2. 10 menos 2 son 8, y 10 más 2 son 12; finalmente restamos 8 de 12 y nos da 4. A esos 4 le añadimos un imbécil intentando desentrañar misterios incomprensibles y nos damos de frente con la increíble solución: 4 más 1 igual a 5, por el culo te la hinco.

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Vientos de la memoria

Cuenta la leyenda que hace más de mil años un poderoso dragón aterrorizaba a los habitantes de nuestro mundo, y en una de sus incursiones en busca de alimento asoló un poderoso imperio que decidió vengarse del monstruo. Contaban con una fuerza de élite, conocidos como Ninjas, entrenados en las cualidades del perfecto depredador: sigilo y letalidad. Miles de estos ninjas emprendieron la caza del dragón, persiguiéndolo hasta una cueva en las entrañas de la tierra, en donde consiguieron apresarlo. Mas el dragón era terriblemente poderoso, y tuvieron que conformarse con encerrarlo, ya que no encontraron la forma de pelear contra él; no obstante, el dragón no había dicho su última palabra, y enfurecido por la trampa en la que se veía, canalizó toda su energía para desatar una maldición que perdura en nuestros días.
Los convirtió a todos en Creepers, esos malditos Creepers Ninja que aparecen cuando menos te lo esperas y te explotan en la cara, haciendo volar por los aires todas tus horas de esfuerzo. Maldito sea el imperio que forjó a esos luchadores, bien destruido está, borrado de la memoria, pues si ellos capturaron al dragón entre rocas, el dragón los encerró a todos ellos en la cárcel del olvido. Y si rescato sus cenizas en esta historia, es solo por el placer de escupir en ellas, mientras vuelvo a la mina a picar otras dos horas. Poco les hizo.

martes, 27 de noviembre de 2018

Receta alternativa


Hoy vamos a cocinar un pijo, para ello necesitaremos:
  • -          10 mililitros de perfume caro
  • -          2 cucharadas de gomina
  • -          100 gramos de billetes de 50 euros
  • -          800 gramos de traje de marca
  • -          70 kilogramos de persona, de la barata, lo importante en este plato es la guarnición

Para elaborar el plato cogemos los 70 kilogramos de persona en crudo y lo recubrimos con traje de marca hasta que quede bien tapadito. Aplicamos el perfume caro al gusto, y añadimos las cucharadas de gomina sobre la cabeza, removiendo para que no se pegue. De cara a la presentación en la mesa, hacemos un fajo con los billetes de 50 euros y los situamos de forma que asomen levemente por alguno de los bolsillos. Es importante prestar especial atención al grado de cocción, cuando van muy cocidos empiezan a invocar a Franco.

PD: Si se trata de una cena importante y quiere impresionar a los comensales, pruebe a espolvorear unos gramitos de cocaína.


miércoles, 17 de octubre de 2018

El increíble caso del texto menguante


Se cuenta que Salomón, temeroso de que se perdiera toda su sabiduría, ordenó a los mejores escribas de la época que tomasen nota de cada palabra que decía. A su muerte, los escritos se reunieron y encuadernaron en un único tomo que ocupaba una sala entera. Con el paso de los años, otros gobernantes fueron metiendo mano al libro para suprimir todo aquello que no querían que su pueblo supiera, hasta el punto que de aquel inmenso libro, quedó tan solo la leyenda de su tortuosa existencia, un dibujo de un niño, y estas tristes cien palabras de un autor desconocido.

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Se cuenta que Salomón, temeroso de que se perdiera toda su sabiduría, ordenó a los mejores escribas de la época que tomasen nota de cada palabra que decía. A su muerte, los escritos se reunieron y encuadernaron en un tomo más bien pequeñito, y en su memoria escribo estas líneas.
Fdo: Mariano Rajoy

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Se cuenta que Salomón, a pesar de ser un enorme pozo de sabiduría, no llegaba al nivel de clarividencia de nuestro amado presidente Pedro Sánchez.


lunes, 16 de octubre de 2017

Ramas Caídas

El ciprés entonaba dulces canciones de cuna que mecían con ternura las hojas caídas; el árbol de goma amamantaba con su resina las bocas sedientas de llanto; las palmeras retenían el agua con ahínco, como quien se aferra a una esperanza, y luego lo derramaban con alegría al paso de las dos pequeñas para limpiar la tristeza de sus mejillas. Las niñas, renovadas a través del tacto del agua, sonreían a los sauces y correteaban juguetonas entre las encinas, arrojándose pequeñas bellotas que flotaban en el aire como si la atmósfera fuera una suerte de espuma ligera, un algodón invisible; hasta que la realidad entraba por la puerta, y las bellotas caían como el plomo de una bala de cañón, como cae la inocencia en medio de una guerra, como el misil que años atrás invadió su casa.


Ella se tomaba la pastilla que le dejaban junto a la cama, y con los ojos vacíos e inertes, observaba el techo blanco con indiferencia hasta volver al bosque de los sueños, en donde sus hijas seguían vivas.


domingo, 18 de junio de 2017

Viento

Primero fue una urbanización a la derecha, llegaron los trajes y los coches, y uno de esos tipos de sonrisa perfecta y lengua voraz se había llevado a su mujer. Después, justo en frente, construyeron un enorme colegio en el que le cambiaron a sus hijos. Lo siguiente fueron unos grandes almacenes, situados a la izquierda, que acabaron por completo con la posibilidad de vender los productos de su huerta; y por último, como una broma macabra, justo a su espalda construyeron un gran museo rural, recordándole que su vida no era ya más que historia.

El viejo molinero contemplaba las aspas con tristeza, había llegado el hombre moderno, y le había robado hasta el viento.

lunes, 17 de abril de 2017

El círculo mágico




No hay acción en mi historia; ni color, ni descripciones… solo algunas situaciones absurdas, acompañadas de sentimientos incomprensibles, que desembocan en un hecho insólito.
 
Todo comenzó en mi decimotercer cumpleaños, cuando al soplar la vela, deseé que nunca se apagara. Fue mi primera decepción, había ideado el plan al milímetro: si la vela no se apagaba, el cumpleaños nunca terminaría, y podría ser un niño para siempre; pero fracasé. Aquello me marcó, era la primera vez en mi vida que realmente deseaba algo, y todos decían que podías pedir un deseo en tu cumpleaños… me sentí profundamente engañado, y prometí que jamás volvería a creer en la magia.

A los 23 años, tras finalizar mis estudios de animación sociocultural, por puro despecho me convertí en mago. La llama del odio ardía con fuerza en mi interior, y para poder soportarlo cada noche ejecutaba mi mejor truco: desaparecer entre el humo, y aparecer al día siguiente con esa sensación de impasividad que otorga la resaca de hachís.

Siguiendo con mi carrera como mago apócrifo, y en honor a los más grandes, los tres Reyes Magos, a los 25 me transformé en camello. Pero no era un camello cualquiera: sabía hablar, y tenía los mejores precios. Además, el subterfugio era tan bueno que solo los iniciados podían reconocerlo, y era capaz de pasearme por la calle transformado en animal sin que la gente corriente me reconociera… hasta que un día uno de mis trucos salió mal, y terminé en prisión. Comprendí en ese momento que no era tan bueno como pensaba, y que debía aprender nuevas artes si quería llegar a ser un gran brujo.

Tras cuatro años como ilusionista en el penal de La Moraleja, ensayando el número del buen chico, me redujeron la condena por buena conducta y me consagré al ejecutar la gran obra de liberarme de los grilletes. Entonces, decidí volver a las raíces más puras de la magia, recuperar la esencia ancestral de este bello arte y homenajear sus respetados orígenes chamánicos; además, cultivar setas alucinógenas era muy fácil y no había legislación al respecto. Fueron buenos años, obtuve una estabilidad poco conocida en el mundo de estas “profesiones libres” y pude dedicarme a la introspección, aumentando mis poderes de forma considerable, hasta el punto de que no solo yo podía transmutar, si no que también podía convertir a otros seres humanos en mulas y camellos. Todo un logro, al alcance de unos pocos privilegiados, del que me sentía profundamente orgulloso, aumentando ese fuego interior que me daba la fuerza para seguir creciendo e iluminando con mi rabia todo cuanto tenía a mi alcance.

Casi sin darme cuenta, y gracias al poder que emanaba de mi joven corazón herido, había desarrollado habilidades alquímicas, y cada día convertía el plomo de las balas de mis acólitos, en oro que llenaba mis arcas. Al descubrir estos sortilegios, no pude dejarlo ahí, mi titilante voluntad exigía de mi ego que desarrollara al máximo ese potencial, y construí varios laboratorios en donde practicar nuevos encantos que aumentaran el dominio con que humillaba a esa magia traidora que no había escuchado mis suplicas. Hallé así un nuevo mercado para mis conjuros, el de las drogas de diseño, y mi dominio de lo esotérico alcanzó entonces su máximo exponente. No había hechicero sobre la faz de la tierra que me hiciera sombra.

Y curiosamente, como pasan las cosas en la vida, cuando me encontraba en la cima de mi éxito, ocurrió lo impensable: un famoso mago, de los de verdad, actuaba en la ciudad. El rencor me dominó, y no pude evitar llenar el evento con mis chicos, para que la gente pudiera decidir quién era el más poderoso de los dos. Pero los inquisidores decidieron tomar parte en aquel momento, y aparecieron por todas partes con sus mantos azules y sus varitas reglamentarias: la mayoría de mis adeptos habían aprendido a volar y a desaparecer, pero uno de mis discípulos cayó en la redada. El chaval, que tenía 13 años recién cumplidos, dio el soplo e inmediatamente me apagué.



jueves, 16 de marzo de 2017

Biografía

Leyendo un libro de artículos de Herman Hesse, me encontré con uno en el que escribía una biografía que no acababa en el momento en que la escribía, si no que seguía de forma mágica hasta el final de su vida. Me gustó tanto la idea que no he podido evitar hacer lo mismo, y os animo a que lo hagáis porque es un ejercicio del que se disfruta enormemente. Aquí os dejo la mía.



Biografía

Nací un lunes,  22 de Abril de 1985, recién pasadas las 8 de la mañana, como si de comenzar la jornada laboral se tratase.  Las estrellas se equivocaron conmigo, su predicción fue una gran chapuza, o tal vez desde aquel momento me impregnaron de ironía… pero lo cierto es que pocas veces en mi vida he sido de respetar horarios, y aún menos de cumplirlos. Tuve la suerte de tener una infancia feliz, y la desgracia de no recordar apenas nada de ella, salvo la sensación de que la inconsciencia de aquellos años en los que no conocí deseos ni pesares me permitió asentar en mí los principios que marcarían el resto de mi vida, y que la absurda realidad jamás ha sido capaz de derrumbar; aunque en ocasiones, estuvo a punto.

Mis años de colegio fueron un suspiro y un grito ahogado,  comenzaban con un Padre Nuestro y terminaban con algún insulto de mis compañeros; más tarde, en el instituto, me ahorraría el Padre Nuestro. Fui siempre un estudiante del montón, no destacaba pero aprobaba sin esfuerzo, lo que me dejaba tiempo suficiente para cultivar mis aficiones: el rol, pasar el día en la calle, y los videojuegos.

Después vinieron los años realmente difíciles, comencé a estudiar biología en la Universidad de Salamanca, y en mi segundo año de carrera, con 19 años, me metí de lleno en una relación destructiva; mientras, el alcohol había ido convertido la de mis padres en otra similar. Ya había descubierto los porros, pero en ese momento empecé a utilizarlos como “elemento estabilizador”, y la broma duraría más de una década. El tercer año de universidad fue el último, mi situación personal se había vuelto insostenible y no podía encargarme de ella solo los fines de semana, así que tuve que abandonar la biología (sin demasiado pesar, he de admitir), y optar por algo que pudiera estudiar desde Palencia. La elección fue Salud Ambiental, que suena muy bien, y es muy práctico, pero apenas he trabajado en ello tres meses. Durante estos últimos años, el chico gordito y tímido del instituto se había transformado en un hombrecito obeso que se codeaba con camellos y ex presidiarios, cosas de la vida. Podría intentar explicar ese cambio de mil formas, pero ninguna me convence, sencillamente fui un idiota que se dejó llevar. Y por fin llegó el gran cambio.

Tenía 23 años, y estaba harto de todo, pero principalmente de mí, no me aguantaba. Así que lo mandé todo a la mierda: novia, amigos, progresión profesional… todo.  Y me encerré en casa. Por entonces comencé a leer, más por matar el tiempo que otra cosa, y me dediqué a la queja y la reflexión, aunque este estado no me duraría demasiado. Cuatro meses después el alcohol terminó de matar a mi padre, y una vez digerida la nueva situación, despertó en mí un profundo sentimiento de responsabilidad: responsabilidad hacia mi madre, responsabilidad hacia los demás, y responsabilidad hacia mí mismo y mi vida. Dediqué los dos años siguientes a formarme como persona, mientras aprendía de algún modo a “cuidar” de mi madre (es una mujer fuerte, más que cuidados, necesitaba y necesita compañía). Entonces decidí quien quería ser, y desde ese momento mi vida ha sido un laberinto incomprensible lleno de callejones que, de forma aleatoria para mi razón, me acercan y me alejan de esa persona que busco dentro de mí.

Pasados los 25 volví a la vida social, recuperé algunas amistades sanas y empecé a poner en práctica todo aquello sobre lo que había teorizado. Fue un pequeño fracaso, terminé pasando por el aro y trabajando de comercial para una aseguradora durante algún tiempo… pero de todo se aprende, y esa experiencia me ayudaría en futuros proyectos. La rutina diaria me alejaba de mis convicciones, la inercia del ser social que empuja al espiritual hacia el abismo me ha traicionado cientos de veces, y he cedido al instinto tan a menudo que me avergüenzo profundamente de ello. Pero entre nube y nube, también pude ver el Sol: comencé con mis labores de voluntariado, inicié un proyecto literario que incluía a multitud de personas de mi ciudad, conocí gente nueva que me regaló horas de alegría que poder alternar con las propias de angustia, y hasta tuve la suerte de vivir mi propia historia de amor descorazonador, necesaria para todo romántico trágico que se precie. Así, poco a poco, a los 31 estaba ya establecido en algunas de mis convicciones, trabajando por y para ellas, sin ser el hombre que esperaba pero pareciéndolo en ocasiones.

La lógica dicta que una biografía ha de llegar hasta el momento presente, pero ni la lógica ni el tiempo me gobiernan. Como le dije a un policía hace tiempo: “solo me da órdenes mi madre”. Así que seguiré. El tiempo comienza a pasar más rápido cuando ya sabes qué hacer con él, y pronto me di cuenta de que me acercaba a los 40 años. Seguía estancado en el camino hacia mí mismo, y mataba el tiempo sobrante con mis actividades como proletario de las letras, “los parias de la cultura” que decía un escritor de León cuyo nombre ya no recuerdo. Hacía ya muchos años que había olvidado el ego del escritor, aparcado junto al ego del educador, y me dedicaba a aprender lo que podía de aquellos a quienes tenía el placer de inspirar y cuidar. Era una vida estable, con luces y sombras, pero siempre supe disfrutar de los placeres tanto como de las torturas, así que todo quedaba compensado. Pero “compensado” no era suficiente para mí, había luchado mucho contra el tirano acusador de mi cabeza, y exigía de la vida algo más; sobre todo cuando siempre dije que no pasaría de los cincuenta,  fruto del pesimismo que me acompañó fielmente, y de la observación de la esperanza de vida en los hombres de mi familia, unido a mis breves estudios de genética.

A los 42 años empecé a planearlo todo.  Aprendí algunas técnicas de supervivencia, confié mis proyectos a aquellos que me habían acompañado desde el principio y a los que ya no tenía nada que aportar, para que los convirtieran en suyos, y amenacé de muerte a la nueva pareja de mi madre si se le ocurría dejarla sola o hacerle algún daño. Autoaprendizaje, gestión de grupos, y la actitud fingida de un barriobajero, las tres cosas que mejor había aprendido me sirvieron para dejarlo todo bien atado. Contaba 44 años cuando comprendí que ya no era necesario en mi vida, y me sentía preparado para salir en busca de aquel hombre que llevaba persiguiendo desde mi juventud, así que hice lo que siempre soñé que haría: llené una mochila y me marché.

Atravesé pueblos y ciudades, montañas y ríos, cientos de horizontes y miles de caminos. A cada paso me iba diluyendo un poco más, retornando a la inconsciencia de la infancia, a esa añorada carencia de deseos y pesares, hasta que un día, por fin, me agaché a beber agua en un lago, y ahí estaba, era él.  Nunca nadie más supo de mí, ni siquiera yo.