martes, 25 de febrero de 2020

Solo para fans de Minecraft

Bueno, los que me conocéis sabéis que siempre he sido un poco friki, y que además me gusta implementar la escritura creativa con el resto de mis aficiones, y uno de los resultados ha sido este conjunto de relatitos cortos que están a disposición de todos en el server de roleplay de Minecrafters. Aquellos que no conozcáis Minecraft no os molestéis en leerlo :P


Un sueño


He visto formas imposibles, bloques sin vértices ni sentido, hombres con cuello, rostros que cambian, bestias de nuevos colores y noches que no acaban al dormir. He sentido hilos incomprensibles que desde el cielo atan mi alma, y manos de cinco dedos que, sin apenas conocerme, deciden por mí. He escuchado voces susurrando que solo existo cuando miran, que solo siento si lo desean, que mis metas son sus caprichos y mi esfuerzo su diversión; que el filo de mi espada solo corta sus horas de aburrimiento, y el sudor de mi frente se desvanece entre carcajadas. He mirado a los ojos de esos seres prepotentes, y no puedo por más que compadecerlos, pues creen estar llenos de vida, pero he adivinado en su mirada que habitan un mundo patético, en donde el amor no se ve, y solo se muere una vez.
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El único templo

La ciudad comenzó siendo un descampado, una superficie artificial que rasgaba el tejido de la naturaleza, una herida abierta en la tierra. Pronto empezaron a aparecer algunos cubos de madera o piedra, como cajones de personas, que albergaban más ilusión que materiales y prometían un nuevo despertar en la zona; no obstante, muchos desistieron, claudicaron ante la fiereza de la mina y abandonaron el sueño, dejando entre nuestras calles esos cubos solitarios, testigos de su fracaso, guardianes de una cama fría y un cofre vacío.
Pero otros… otros se alzaron, encontraron el color, la forma, la textura… y dotaron de vida aquellas calles baldías y lúgubres, abrazando el mundo que crecía bajo sus pies. Así nació una comunidad, y de ella surgieron necesidades que se fueron solventando con eficiencia, hasta que quedó incluso espacio para el ocio. Fue entonces cuando se construyó el lugar que da sentido a toda convivencia, el templo del obrero, el ayuntamiento del desamparado, la biblioteca del iletrado… el bar. El Bathmann Hollweg.
Allí, cada día se cuentan historias del Sátiro, que embriagado por el perfume tinto de las ninfas, cabalga amaneceres con la suavidad de los dioses antiguos. No son menos las que se refieren al tal Baco, fumador empedernido, que entre trago y trago sale siempre a las puertas del templo a conjurar su niebla adormecedora, envidia de Artemisa en cuanto a aromas, y alegría de los duendes que se reúnen alrededor para compartir su dicha. Cómo obviar aquellas referentes a Lot, no tan salado como su mujer, pero lleno de rabia y energía, el vaso en una mano y la espada en la otra, siempre retador. Y no menos comentadas son las audacias de nuestra camarera favorita, Pandora, encanto inigualable, cuya belleza legendaria compensa con creces el detalle, la nimiedad, de que cada vez que abre la caja, faltan diamantes.
Vivo en una ciudad de dioses muy cercanos. Una ciudad de gente luchadora, de bares, de alternar con los amigos y contar anécdotas con el vino en los labios y el pico a la espalda; la historia no se acuerda de nosotros, nuestros nombres no colman la literatura… pero somos la ostia poniendo apodos.

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El número de Dios

Desde tiempos inmemoriales nuestros filósofos han intentado responder a la pregunta que, sin explicación aparente, rige nuestras vidas en el día a día más mundano. Por algún motivo, la naturaleza está dispuesta de tal forma que, casi todos nuestros materiales, se apilan de 64 en 64. No importa lo grandes que sean tus almacenes, si intentas juntar 65, uno de ellos saltará como repelido por una fuerza invisible.

Se ha intentado explicar a través de cientos de conceptos enrevesados, desde la esencia misma de la materia, hasta esas dimensiones desconocidas de las que proceden prodigios como el agua infinita, pero lo cierto es que nadie sabía la respuesta. Hasta ahora.
Los números cuentan una historia, y el 64 nos cuenta la mayor de todas, aquella que te impedirá permanecer sentado (literalmente), y es que la relación es realmente sencilla de comprender: Si sumamos 6 más 4, obtenemos 10, y si restamos 6 menos 4, el resultado es 2. 10 menos 2 son 8, y 10 más 2 son 12; finalmente restamos 8 de 12 y nos da 4. A esos 4 le añadimos un imbécil intentando desentrañar misterios incomprensibles y nos damos de frente con la increíble solución: 4 más 1 igual a 5, por el culo te la hinco.

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Vientos de la memoria

Cuenta la leyenda que hace más de mil años un poderoso dragón aterrorizaba a los habitantes de nuestro mundo, y en una de sus incursiones en busca de alimento asoló un poderoso imperio que decidió vengarse del monstruo. Contaban con una fuerza de élite, conocidos como Ninjas, entrenados en las cualidades del perfecto depredador: sigilo y letalidad. Miles de estos ninjas emprendieron la caza del dragón, persiguiéndolo hasta una cueva en las entrañas de la tierra, en donde consiguieron apresarlo. Mas el dragón era terriblemente poderoso, y tuvieron que conformarse con encerrarlo, ya que no encontraron la forma de pelear contra él; no obstante, el dragón no había dicho su última palabra, y enfurecido por la trampa en la que se veía, canalizó toda su energía para desatar una maldición que perdura en nuestros días.
Los convirtió a todos en Creepers, esos malditos Creepers Ninja que aparecen cuando menos te lo esperas y te explotan en la cara, haciendo volar por los aires todas tus horas de esfuerzo. Maldito sea el imperio que forjó a esos luchadores, bien destruido está, borrado de la memoria, pues si ellos capturaron al dragón entre rocas, el dragón los encerró a todos ellos en la cárcel del olvido. Y si rescato sus cenizas en esta historia, es solo por el placer de escupir en ellas, mientras vuelvo a la mina a picar otras dos horas. Poco les hizo.

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