Quien crea que miento, que deje de leer ya mismo, porque esta no es una historia para escépticos. Nada parecía indicar que pudiera ocurrir algo especial: el sol brillaba de forma intermitente entre las nubes de un jueves; el ruido blanco de las calles amortiguaba mis pasos bajo los motores y los pájaros y las palabras que comparten los que no caminan solos; el paisaje era el de siempre, nada cercano, todo horizontes… Hasta que apareció el que para mí no era más que otro desconocido corriendo por la acera.
Tenía unos treinta años, el pelo corto y negro, la mirada
larga y blanca, camiseta gris oscura y vaqueros. Un tipo normal que solo
llamaba mi atención porque se desplazaba más rápido que el resto. Sorteó a
algunos peatones, noté que les sonreía, pero nadie le miraba y su sonrisa
chocaba contra una oreja o una nuca, no alcanzaba los ojos que iba buscando y,
de forma involuntaria, cayó en los míos y se acomodó en ellos como si hubiera
llegado a casa. Al pasar junto a mí, sin dejar de correr, empezó a dar vueltas
a mi alrededor.
—Pipipipipipipipipipipipi —decía mientras me daba vueltas—.
¿Qué soy?
—¿Qué? —pregunté tan sorprendido como confuso.
—¡Un detector de mini pitos!
Paró de correr y se echó a reír con ganas. Yo estuve tentado
de enfadarme, por un momento creí que era lo correcto, pero no me nació el
dolor, no sentí el daño ni la maldad ni la ofensa, lo que realmente me apetecía
era reír con él, y lo hice.
—¡Hasta luego! —se despidió.
Levanté y agité la mano, me quedé un par de segundos viéndolo
marchar, sin entender muy bien dónde estaba hasta que me devolvió al mundo la
mirada de dos jóvenes que pasaban junto a mí aguantando la risa. Supongo que lo
habían escuchado y disimulaban sin pericia. Me sentí un idiota y seguí andando,
tampoco puedo decir que fuera una sensación desconocida para mí.
Al llegar al trabajo ya había conseguido pensar en otra cosa
o, más bien, dejar aquella humillación como ruido de fondo mientras gritaba por
encima. Me esperaba una dura jornada: yo era ordenanza en un centro cultural.
Mi trabajo consistía, normalmente, en atender el mostrador de recepción para
resolver las dudas de los visitantes o sus peticiones de contactar con algún
funcionario, y rellenar el resto del tiempo (casi todo) imaginando que estaba
en algún otro sitio haciendo algo importante; pero aquella mañana teníamos en
el centro un acto institucional, con su ajetreo de prensa, curiosos y
concejales.
Comenzaron a desfilar frente a mi mesa los habituales
periodistas despistados que no sabían muy bien qué iban a cubrir, el público
engalanado que preguntaba por el salón de actos, ya que era la primera vez que
acudían al centro cultural y no sabían dónde estaba nada, y unas cuantas
autoridades que caminaban con decisión mientras alguno de sus acólitos se
escabullía del ajetreo para venir a preguntarme hacia dónde tenían que caminar
con decisión. Lo normal… salvo por una serie de incidentes que llamaron mi atención.
Lo primero fue una agradable mujer de unos ochenta años que se acercó a mí con
sonrisa maternal.
—Disculpa, hijo, ¿he hecho ruido?
—¿Ruido? —pregunté.
—Sí, al entrar, en los detectores esos que tenéis. Es que
tengo cables.
—¿Cables? No sé muy bien…
—Yo no escucho mucho, ¿sabes, hijo? Tengo los cables del
marcapasos y no sé sí esas cosas de la puerta que pitan se ponen a pitar con
los cables. No quisiera molestar, imagínate que pita cada vez que entro y salgo
y yo sin enterarme.
—Bueno, no se preocupe, ya está dentro, de todas formas…
—¡Pero tendré que salir a fumar! —dijo la mujer, y se echó a
reír.
—No se preocupe —repetí sonriendo—. Los detectores solo pitan
cuando detectan alguno de los códigos que tienen los elementos expuestos en el
centro. No detectan cables, ni siquiera metales, solo una frecuencia concreta
que…
—¡Uy! Yo frecuencias no tengo, que me han puesto un
marcapasos, no una radio —rio de nuevo, jovial—. Muchas gracias, hijo, me quedo
más tranquila. Buen día.
—Buen día.
La mujer se alejó caminando con gracia y desapareció entre
el resto de los visitantes. Poco después, dos chicos que parecían estar
discutiendo se acercaron hasta mí.
—Perdona, tú eres el que organiza esto, ¿verdad? —comenzó
uno de ellos.
—¿Yo? No, esto es un acto organizado por…
—Quiere decir —continuó el otro—, que tú sabes cómo funciona
todo por aquí. Es que mi colega no sabe explicarse muy bien, le cuesta.
—A ti sí que te cuesta —se defendió el primero—, que si
pagaran por hablar mal seguirías siendo pobre porque no sabrías ni pedir el
dinero.
—¿Te imaginas que pagaran por hablar mal? Yo rico sería
fácil.
—Políticos discursos en arameo.
—Tam – tam, buuuu, plop
El que había hablado primero se metió un dedo en la boca
para hacer un ruidito, pero le dio la risa y su amigo le acompañó.
—Perdona, perdona…—se recompuso uno de ellos—. Mira, hemos
hecho una apuesta, a nosotros nos gusta mucho el tema del sonido, y estábamos
discutiendo sobre el sonido en un sitio como este. Él dice que habrá un lugar
centralizado desde donde se controle el sonido para todas las salas, y yo creo
que cada sala será independiente y tendrá sus propios equipos.
—Son independientes —respondí divertido—. Cada sala tiene su
propio equipo.
—¿Lo ves? —continuó—. Muchas gracias, amigo.
Ambos se despidieron y, antes de perderlos de vista, sonreí
al intuir en sus gestos cómo comenzaban a discutir de nuevo. Aún estaba
pensando en ellos cuando una mujer de unos treinta años se paró en silencio
frente al mostrador, mirándome de arriba abajo.
—Dicen que lo veas. —Notó que me desconcertaba y lo
disfrutó, la seriedad que aparentaba se quebró al tener que apretar los labios
para no reírse.
—¿Qué vea el qué?
—El evento. Todos dicen que eres majo, que lo veas y a ver
qué pasa.
—No puedo ver el evento —respondí—, yo tengo que quedarme en
la mesa.
—Bueno, pues entonces no lo veas.
Se marchó por donde había venido, no buscó la sala ni miró
nada más, simplemente atravesó la puerta de salida como si hubiera ido hasta
allí solo para hablar conmigo.
Los últimos rezagados, con paso apresurado, corrieron
mirando hacia todos los letreros hasta entrar en la sala en la que tenía lugar
el acto y, tras ellos, se cerró la puerta. Era una puerta doble de madera clara
con un pomo plateado, y yo me quedé mirando al pomo, embobado, desde el asiento
que ocupaba tras mi mesa. Ese era mi lugar, es lo que hacía siempre, quedarme
en mi sitio hasta que terminara la charla, o la exposición, o la entrega de
premios… y después resolver las dudas que tuviera la gente al salir, que
normalmente se reducían a preguntar dónde estaba el baño; sin embargo, esta vez
no podía evitar sentirme incómodo, me removía en el asiento como buscando
aflojar las cuerdas invisibles que me ataban a él y, en un impulso, me levanté,
pero no me moví, me quedé de pie junto a mi mesa.
Vi la máquina expendedora y la usé como excusa, sí, cuando
viene tanta gente compran muchas botellas de agua y a veces se gasta alguno de
los depósitos. La máquina avisa iluminando un piloto rojo junto a la bebida
agotada, y estaría bien que yo anotara cuáles estaban vacíos por si hubiera que
avisar a la empresa reponedora; podría entenderse como parte de mi trabajo, no
una función específica, sino algo adicional que un buen ordenanza haría con
gusto. Todas las lucecitas estaban en verde, tenía que volver a mi mesa, pero
vi que había en el vestíbulo un cuadro que parecía torcido, y eso da muy mala
imagen, así que fui hasta el cuadro que casualmente estaba bastante cerca de la
doble puerta de madera con su pomo plateado, y lo enderecé, o tal vez lo
torciera, no es fácil distinguir cuando un cuadro está bien recto. Desde allí
podía escuchar las voces que provenían de la sala, el murmullo de un hombre que
se apagaba con los aplausos intermitentes. Estuve un rato junto al cuadro,
cumpliendo con mis obligaciones, e iba a volverme ya a mi mesa cuando una
pareja, avergonzada, abrió la puerta y abandonó el acto. Esto siempre ocurre,
siempre hay alguien que sale antes de tiempo por algún motivo, y lo hacen
huyendo, medio agachados, como si así se los viera menos. Aunque fuera algo
normal… hoy se trataba de un acto importante: ¿Y si hubiera algún problema en
la sala? Tal vez hacía demasiado calor, o demasiado frío, o demasiada buena
temperatura, tan buena que molesta, así que mi función, es posible que mi
obligación como ordenanza fuera comprobar que la sala contaba con la
temperatura adecuada, para asegurarme de que los asistentes estuvieran a gusto.
Agarré el pomo y lo giré un poquito. Es curioso porque al
más leve giro el resbalón se repliega y deja de oprimir la puerta, no importa
si giras mucho o poco el pomo, pero yo solo lo giré un poquito, y entreabrí la
puerta lo justo para asomar la nariz y constatar que la temperatura era la
correcta. Debo confesar que no soy muy bueno midiendo temperaturas, para mí el
calor y el frío son algo más bien emocional, los siento según me sienta yo, así
que me pareció que hacía mucho calor cuando me atreví a mirar en la sala, y
mucho frío cuando un espectador se giró hacia la puerta y me miró durante un
instante. La temperatura se templó cuando ese mismo espectador miró a una
columna, a una pared y a su móvil. No es que yo le hubiera molestado, solo se
aburría. Ya que estaba allí, aunque la temperatura parecía estar bien, decidí
permanecer un rato más, por si hubiera algún problema que pudiera detectar… y
entonces ocurrió.
El hombre, un concejal de algo o un gran artista (no los
distingo) hablaba sobre alguna importante banalidad con el crédito que otorga
el suave eco de un micrófono en una sala llena, cuando, de pronto, los
altavoces proyectaron un sonoro pedo. El auditorio se llenó de respingos, como
si hubiera cientos de manos pellizcando el suelo, y el ponente hizo una eterna
pausa de un par de segundos, antes de continuar hablando como si nada hubiera
pasado… hasta que sonó otro pedo. Ahí se escucharon ya las risas que habían
soportado el primer envite, pero cedieron al segundo. El conferenciante se
incomodó y, con la cara descompuesta, le pasó el micrófono a una de sus
compañeras que aguardaba en la mesa intentando esconderse con los ojos; esta se
puso en pie y adoptó ese gesto en la cara que pone la gente cuando quiere
simular que no ha pasado nada y es un claro gesto delator de que ha pasado
mucho. Miró hacia la mesa que había dejado atrás, encaró al público y, cuando
comenzó a hablar, sonó otro pedo. Pasó entonces algo mágico: uno de los
miembros de la mesa, a quien le había estado temblando el hocico durante todo
el incidente, no pudo aguantar más y dejó escapar una sonora carcajada, a la
cual el público se sintió legitimado de acompañar. Yo aproveché ese momento
para cerrar la puerta y echarme a reír sin que nadie me viera, a lágrima viva,
desde el otro lado del salón de pedos.
Pero sí me estaba viendo alguien. Se me cortó la risa cuando
vi a una joven, poco más que una adolescente, observándome desde la distancia.
Me llené de vergüenza, y me dirigí hacia ella con intención de explicarle no sé
muy bien el qué, de justificarme de alguna forma, pero la chica me rehuyó, es
más, el hecho de que me dirigiera directamente hacia ella pareció intimidarla,
asustarla… y con paso ligero se dirigió a la puerta.
—¡Ey, perdona! —Intenté llamar su atención, sin éxito.
La joven hizo oídos sordos y salió del centro cultural, dejándome
una sensación extraña, ya que, si bien es cierto que yo no tenía muy entrenada
la risa, tampoco creí nunca reír tan mal que pudiera asustar a alguien. Se me
quitaron de golpe todas las ganas de estar contento, huyeron con su miedo, y
cuando volvía hacia mi mesa pude ver, a través de la puerta de cristal, cómo la
joven esperaba fuera, mirándome fijamente. Pensé que aún podía disculparme, así
que en un impulso salí del centro y ella echó a correr… Yo me quedé parado en
la calle, viéndola marchar, sin entender nada, hasta que una mano me tocó el
hombro.
—¡Hola!
Era el chico que había pasado corriendo por la mañana, el
del detector.
—Te has reído, ¿verdad? —preguntó alegre.
—¿Qué? —acerté a responder sin entender nada, como el resto
de la mañana.
—Me lo ha dicho Esther, te has reído un montón. —Él también
rio—. Es lo que esperaba, desde nuestro encuentro esta mañana. Tenemos que
asegurarnos, ¿sabes? De no hacerle nada malo a uno de los nuestros.
—No sé de qué me hablas, perdona, no entiendo…
—Tú tranquilo, pásate esta noche y nos conoces a todos. Aquí
mismo, a las once. No hace falta el misterio, ¿a que no? Pero así es más
divertido, lo justo es que todos veamos tu reacción. Si quieres pasarte, claro.
Espero que sí.
El chico se fue y no me quedó más remedio que entrar de
nuevo al centro y volver a mi mesa. Dediqué un rato a pensar en la sucesión de
acontecimientos inusuales de aquella mañana: la señora de los cables, los
chicos que preguntaban por el sonido, la mujer que me dijo que viera el evento…
estaba muy claro que lo de los pedos lo habían preparado ellos, era tan
evidente que casi me hacía dudar, porque yo podría delatarlos sin ningún tipo
de problema, y algunos seguían en el centro. Como si escuchara mis pensamientos,
la mujer mayor salió del salón de actos, pero ella no se escondía, de hecho,
dio un portazo y me dedicó una mirada cómplice. Se acercó hasta mi mesa con su
caminar desenfadado.
—Lo has escuchado, ¿verdad?
—Sí —respondí. Por primera vez pude contestar a una de sus
preguntas sabiendo exactamente de qué hablaban.
—Nos lo ha puesto Esther por wasap, que te has reído un
montón. Ha dicho eso: «se ha reído un montón» y una carita de estas raras que
ponéis. —se echó a reír con ganas—. Es un encanto de niña, lo que pasa que ella
no lo sabe; ya la conocerás. Vas a venir esta noche, ¿verdad?
—No sé muy bien…
—Ni falta que hace, tú vas a venir como que me llamo Marisa,
si estás ya más dentro que fuera… Oye —se acercó a mí como si fuera a contarme
una confidencia—. Esto del wasap es muy práctico y eso, pero a mí siempre me ha
hecho ilusión ir a una misión con walkie-talkies como en las películas
que me gustaban de joven. Para la siguiente, tú apóyame, ¿eh? Y llevamos unos walkie-talkies,
ya verás que divertido.
—¿Qué es lo de esta noche?
—Ya lo verás —sonrió—. Voy a echar un cigarrito, que aquí ya
he visto todo lo que tenía que ver. ¡Hasta luego!
—¿Y cómo sabes que no voy a contar a nadie lo que habéis
hecho? —acerté a preguntar antes de que se marchara.
—Por Daniel, él nos ha dicho que eres un buen tipo, y nunca
se equivoca. Además, Esther lo ha confirmado, ahí estabas. —Señaló la puerta—.
Riéndote a escondidas. Nos vemos esta noche.
Ahora sí se marchó y me dejó pensando en ello hasta que el
resto del público comenzó a abandonar el centro. La mayoría de ellos salían
comentando el suceso entre risas, a nadie le importaba ya el tema que se
hubiera tratado durante aquella hora y media. Pude distinguir a los dos amigos
que tanto discutían, y ellos también a mí, y me saludaron; una voz interior me
dijo que era la última oportunidad de acusarlos por lo que habían hecho. Fue
una duda de la costumbre, un latigazo del deber, de lo que se esperaba de mí…
Lo ignoré. Les devolví el saludo con alegría, en ese momento decidí que
acudiría a la reunión nocturna.
El resto del día lo pasé entre cábalas absurdas, hasta el
punto de que llegue a dudar si no me lo habría imaginado todo para hacerme la
mañana más llevadera, pero en ese punto de la tarde los vídeos de la charla ya
circulaban por internet y eran unos pedos incuestionables. La gente los
compartía entre risas y aportaban sus comentarios más ingeniosos, estuve viendo
unos cuantos hasta que llegó la hora de acudir a la cita.
Al llegar de nuevo al centro cultural, en medio de la noche,
fue fácil distinguir al grupo que se reunía frente a la puerta por el contraste
con las calles vacías. Me recibió el corredor.
—¡Llegas a las once en punto! ¿Habéis visto? —dijo mirando
al resto—. Ni a las once y diez, ni mañana… —Se volvió de nuevo hacia mí—.
Nosotros hemos quedado a las diez y media para dejarlo todo listo y que no te
vean mucho por aquí. Y porque Sergio siempre llega tarde.
—¡He llegado a y treinta y cinco! —se defendió Sergio, que
resultó ser el mayor de los dos amigos discutidores.
—¿Cómo te llamas? —me preguntó el otro amigo.
—¿Yo? —respondí un poco abrumado—. Lucas, pero podéis
llamarme Lu.
—¡Encantado, Lu! —continuó el corredor—. Este sí que es un
profesional, si tiene ya pseudónimo y todo. Yo soy Daniel, ahí tienes a Marisa,
que ya la conoces, y ellos son Sergio y Mario que también has hablado con
ellos. Al fondo está Esther, que todavía no se ha acostumbrado a ti, pero le
caes bien, le hiciste mucha gracia en la puerta. Yo soy Daniel, y ahí debajo de
la capucha está Lucía. ¿Has terminado ya, Lucía?
—Creo que sí —respondió, y abandonó la pared sobre la que
había estado inclinada todo el tiempo—. Un placer, Lu. Me alegro de que hayas
decidido venir. Mira esto, a ver qué te parece.
Me acerqué hasta ella y me sorprendí al ver, dibujado en la
pared, un monigote con un globo de texto en el que se podía leer «jijiji» sobre
la firma que decía «Que lloren los malos».
—Hemos pensado que será nuestro sello —explicó Lucía—, lo
dejaremos en cada lugar en el que realicemos un atontado.
—¿Atontado? —pregunté.
—Sí, de eso va esto. Somos un grupo organizado que prepara
atontados, para hacer gracia. Atontamos contra los malos, ¿te apuntas?

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