miércoles, 6 de mayo de 2026

Que lloren los malos

Quien crea que miento, que deje de leer ya mismo, porque esta no es una historia para escépticos. Nada parecía indicar que pudiera ocurrir algo especial: el sol brillaba de forma intermitente entre las nubes de un jueves; el ruido blanco de las calles amortiguaba mis pasos bajo los motores y los pájaros y las palabras que comparten los que no caminan solos; el paisaje era el de siempre, nada cercano, todo horizontes… Hasta que apareció el que para mí no era más que otro desconocido corriendo por la acera.

Tenía unos treinta años, el pelo corto y negro, la mirada larga y blanca, camiseta gris oscura y vaqueros. Un tipo normal que solo llamaba mi atención porque se desplazaba más rápido que el resto. Sorteó a algunos peatones, noté que les sonreía, pero nadie le miraba y su sonrisa chocaba contra una oreja o una nuca, no alcanzaba los ojos que iba buscando y, de forma involuntaria, cayó en los míos y se acomodó en ellos como si hubiera llegado a casa. Al pasar junto a mí, sin dejar de correr, empezó a dar vueltas a mi alrededor.

—Pipipipipipipipipipipipi —decía mientras me daba vueltas—. ¿Qué soy?

—¿Qué? —pregunté tan sorprendido como confuso.

—¡Un detector de mini pitos!

Paró de correr y se echó a reír con ganas. Yo estuve tentado de enfadarme, por un momento creí que era lo correcto, pero no me nació el dolor, no sentí el daño ni la maldad ni la ofensa, lo que realmente me apetecía era reír con él, y lo hice.

—¡Hasta luego! —se despidió.

Levanté y agité la mano, me quedé un par de segundos viéndolo marchar, sin entender muy bien dónde estaba hasta que me devolvió al mundo la mirada de dos jóvenes que pasaban junto a mí aguantando la risa. Supongo que lo habían escuchado y disimulaban sin pericia. Me sentí un idiota y seguí andando, tampoco puedo decir que fuera una sensación desconocida para mí.

Al llegar al trabajo ya había conseguido pensar en otra cosa o, más bien, dejar aquella humillación como ruido de fondo mientras gritaba por encima. Me esperaba una dura jornada: yo era ordenanza en un centro cultural. Mi trabajo consistía, normalmente, en atender el mostrador de recepción para resolver las dudas de los visitantes o sus peticiones de contactar con algún funcionario, y rellenar el resto del tiempo (casi todo) imaginando que estaba en algún otro sitio haciendo algo importante; pero aquella mañana teníamos en el centro un acto institucional, con su ajetreo de prensa, curiosos y concejales.

Comenzaron a desfilar frente a mi mesa los habituales periodistas despistados que no sabían muy bien qué iban a cubrir, el público engalanado que preguntaba por el salón de actos, ya que era la primera vez que acudían al centro cultural y no sabían dónde estaba nada, y unas cuantas autoridades que caminaban con decisión mientras alguno de sus acólitos se escabullía del ajetreo para venir a preguntarme hacia dónde tenían que caminar con decisión. Lo normal… salvo por una serie de incidentes que llamaron mi atención. Lo primero fue una agradable mujer de unos ochenta años que se acercó a mí con sonrisa maternal.

—Disculpa, hijo, ¿he hecho ruido?

—¿Ruido? —pregunté.

—Sí, al entrar, en los detectores esos que tenéis. Es que tengo cables.

—¿Cables? No sé muy bien…

—Yo no escucho mucho, ¿sabes, hijo? Tengo los cables del marcapasos y no sé sí esas cosas de la puerta que pitan se ponen a pitar con los cables. No quisiera molestar, imagínate que pita cada vez que entro y salgo y yo sin enterarme.

—Bueno, no se preocupe, ya está dentro, de todas formas…

—¡Pero tendré que salir a fumar! —dijo la mujer, y se echó a reír.

—No se preocupe —repetí sonriendo—. Los detectores solo pitan cuando detectan alguno de los códigos que tienen los elementos expuestos en el centro. No detectan cables, ni siquiera metales, solo una frecuencia concreta que…

—¡Uy! Yo frecuencias no tengo, que me han puesto un marcapasos, no una radio —rio de nuevo, jovial—. Muchas gracias, hijo, me quedo más tranquila. Buen día.

—Buen día.

La mujer se alejó caminando con gracia y desapareció entre el resto de los visitantes. Poco después, dos chicos que parecían estar discutiendo se acercaron hasta mí.

—Perdona, tú eres el que organiza esto, ¿verdad? —comenzó uno de ellos.

—¿Yo? No, esto es un acto organizado por…

—Quiere decir —continuó el otro—, que tú sabes cómo funciona todo por aquí. Es que mi colega no sabe explicarse muy bien, le cuesta.

—A ti sí que te cuesta —se defendió el primero—, que si pagaran por hablar mal seguirías siendo pobre porque no sabrías ni pedir el dinero.

—¿Te imaginas que pagaran por hablar mal? Yo rico sería fácil.

—Políticos discursos en arameo.

—Tam – tam, buuuu, plop

El que había hablado primero se metió un dedo en la boca para hacer un ruidito, pero le dio la risa y su amigo le acompañó.

—Perdona, perdona…—se recompuso uno de ellos—. Mira, hemos hecho una apuesta, a nosotros nos gusta mucho el tema del sonido, y estábamos discutiendo sobre el sonido en un sitio como este. Él dice que habrá un lugar centralizado desde donde se controle el sonido para todas las salas, y yo creo que cada sala será independiente y tendrá sus propios equipos.

—Son independientes —respondí divertido—. Cada sala tiene su propio equipo.

—¿Lo ves? —continuó—. Muchas gracias, amigo.

Ambos se despidieron y, antes de perderlos de vista, sonreí al intuir en sus gestos cómo comenzaban a discutir de nuevo. Aún estaba pensando en ellos cuando una mujer de unos treinta años se paró en silencio frente al mostrador, mirándome de arriba abajo.

—Dicen que lo veas. —Notó que me desconcertaba y lo disfrutó, la seriedad que aparentaba se quebró al tener que apretar los labios para no reírse.

—¿Qué vea el qué?

—El evento. Todos dicen que eres majo, que lo veas y a ver qué pasa.

—No puedo ver el evento —respondí—, yo tengo que quedarme en la mesa.

—Bueno, pues entonces no lo veas.

Se marchó por donde había venido, no buscó la sala ni miró nada más, simplemente atravesó la puerta de salida como si hubiera ido hasta allí solo para hablar conmigo.

Los últimos rezagados, con paso apresurado, corrieron mirando hacia todos los letreros hasta entrar en la sala en la que tenía lugar el acto y, tras ellos, se cerró la puerta. Era una puerta doble de madera clara con un pomo plateado, y yo me quedé mirando al pomo, embobado, desde el asiento que ocupaba tras mi mesa. Ese era mi lugar, es lo que hacía siempre, quedarme en mi sitio hasta que terminara la charla, o la exposición, o la entrega de premios… y después resolver las dudas que tuviera la gente al salir, que normalmente se reducían a preguntar dónde estaba el baño; sin embargo, esta vez no podía evitar sentirme incómodo, me removía en el asiento como buscando aflojar las cuerdas invisibles que me ataban a él y, en un impulso, me levanté, pero no me moví, me quedé de pie junto a mi mesa.

Vi la máquina expendedora y la usé como excusa, sí, cuando viene tanta gente compran muchas botellas de agua y a veces se gasta alguno de los depósitos. La máquina avisa iluminando un piloto rojo junto a la bebida agotada, y estaría bien que yo anotara cuáles estaban vacíos por si hubiera que avisar a la empresa reponedora; podría entenderse como parte de mi trabajo, no una función específica, sino algo adicional que un buen ordenanza haría con gusto. Todas las lucecitas estaban en verde, tenía que volver a mi mesa, pero vi que había en el vestíbulo un cuadro que parecía torcido, y eso da muy mala imagen, así que fui hasta el cuadro que casualmente estaba bastante cerca de la doble puerta de madera con su pomo plateado, y lo enderecé, o tal vez lo torciera, no es fácil distinguir cuando un cuadro está bien recto. Desde allí podía escuchar las voces que provenían de la sala, el murmullo de un hombre que se apagaba con los aplausos intermitentes. Estuve un rato junto al cuadro, cumpliendo con mis obligaciones, e iba a volverme ya a mi mesa cuando una pareja, avergonzada, abrió la puerta y abandonó el acto. Esto siempre ocurre, siempre hay alguien que sale antes de tiempo por algún motivo, y lo hacen huyendo, medio agachados, como si así se los viera menos. Aunque fuera algo normal… hoy se trataba de un acto importante: ¿Y si hubiera algún problema en la sala? Tal vez hacía demasiado calor, o demasiado frío, o demasiada buena temperatura, tan buena que molesta, así que mi función, es posible que mi obligación como ordenanza fuera comprobar que la sala contaba con la temperatura adecuada, para asegurarme de que los asistentes estuvieran a gusto.

Agarré el pomo y lo giré un poquito. Es curioso porque al más leve giro el resbalón se repliega y deja de oprimir la puerta, no importa si giras mucho o poco el pomo, pero yo solo lo giré un poquito, y entreabrí la puerta lo justo para asomar la nariz y constatar que la temperatura era la correcta. Debo confesar que no soy muy bueno midiendo temperaturas, para mí el calor y el frío son algo más bien emocional, los siento según me sienta yo, así que me pareció que hacía mucho calor cuando me atreví a mirar en la sala, y mucho frío cuando un espectador se giró hacia la puerta y me miró durante un instante. La temperatura se templó cuando ese mismo espectador miró a una columna, a una pared y a su móvil. No es que yo le hubiera molestado, solo se aburría. Ya que estaba allí, aunque la temperatura parecía estar bien, decidí permanecer un rato más, por si hubiera algún problema que pudiera detectar… y entonces ocurrió.

El hombre, un concejal de algo o un gran artista (no los distingo) hablaba sobre alguna importante banalidad con el crédito que otorga el suave eco de un micrófono en una sala llena, cuando, de pronto, los altavoces proyectaron un sonoro pedo. El auditorio se llenó de respingos, como si hubiera cientos de manos pellizcando el suelo, y el ponente hizo una eterna pausa de un par de segundos, antes de continuar hablando como si nada hubiera pasado… hasta que sonó otro pedo. Ahí se escucharon ya las risas que habían soportado el primer envite, pero cedieron al segundo. El conferenciante se incomodó y, con la cara descompuesta, le pasó el micrófono a una de sus compañeras que aguardaba en la mesa intentando esconderse con los ojos; esta se puso en pie y adoptó ese gesto en la cara que pone la gente cuando quiere simular que no ha pasado nada y es un claro gesto delator de que ha pasado mucho. Miró hacia la mesa que había dejado atrás, encaró al público y, cuando comenzó a hablar, sonó otro pedo. Pasó entonces algo mágico: uno de los miembros de la mesa, a quien le había estado temblando el hocico durante todo el incidente, no pudo aguantar más y dejó escapar una sonora carcajada, a la cual el público se sintió legitimado de acompañar. Yo aproveché ese momento para cerrar la puerta y echarme a reír sin que nadie me viera, a lágrima viva, desde el otro lado del salón de pedos.

Pero sí me estaba viendo alguien. Se me cortó la risa cuando vi a una joven, poco más que una adolescente, observándome desde la distancia. Me llené de vergüenza, y me dirigí hacia ella con intención de explicarle no sé muy bien el qué, de justificarme de alguna forma, pero la chica me rehuyó, es más, el hecho de que me dirigiera directamente hacia ella pareció intimidarla, asustarla… y con paso ligero se dirigió a la puerta.

—¡Ey, perdona! —Intenté llamar su atención, sin éxito.

La joven hizo oídos sordos y salió del centro cultural, dejándome una sensación extraña, ya que, si bien es cierto que yo no tenía muy entrenada la risa, tampoco creí nunca reír tan mal que pudiera asustar a alguien. Se me quitaron de golpe todas las ganas de estar contento, huyeron con su miedo, y cuando volvía hacia mi mesa pude ver, a través de la puerta de cristal, cómo la joven esperaba fuera, mirándome fijamente. Pensé que aún podía disculparme, así que en un impulso salí del centro y ella echó a correr… Yo me quedé parado en la calle, viéndola marchar, sin entender nada, hasta que una mano me tocó el hombro.

—¡Hola!

Era el chico que había pasado corriendo por la mañana, el del detector.

—Te has reído, ¿verdad? —preguntó alegre.

—¿Qué? —acerté a responder sin entender nada, como el resto de la mañana.

—Me lo ha dicho Esther, te has reído un montón. —Él también rio—. Es lo que esperaba, desde nuestro encuentro esta mañana. Tenemos que asegurarnos, ¿sabes? De no hacerle nada malo a uno de los nuestros.

—No sé de qué me hablas, perdona, no entiendo…

—Tú tranquilo, pásate esta noche y nos conoces a todos. Aquí mismo, a las once. No hace falta el misterio, ¿a que no? Pero así es más divertido, lo justo es que todos veamos tu reacción. Si quieres pasarte, claro. Espero que sí.

El chico se fue y no me quedó más remedio que entrar de nuevo al centro y volver a mi mesa. Dediqué un rato a pensar en la sucesión de acontecimientos inusuales de aquella mañana: la señora de los cables, los chicos que preguntaban por el sonido, la mujer que me dijo que viera el evento… estaba muy claro que lo de los pedos lo habían preparado ellos, era tan evidente que casi me hacía dudar, porque yo podría delatarlos sin ningún tipo de problema, y algunos seguían en el centro. Como si escuchara mis pensamientos, la mujer mayor salió del salón de actos, pero ella no se escondía, de hecho, dio un portazo y me dedicó una mirada cómplice. Se acercó hasta mi mesa con su caminar desenfadado.

—Lo has escuchado, ¿verdad?

—Sí —respondí. Por primera vez pude contestar a una de sus preguntas sabiendo exactamente de qué hablaban.

—Nos lo ha puesto Esther por wasap, que te has reído un montón. Ha dicho eso: «se ha reído un montón» y una carita de estas raras que ponéis. —se echó a reír con ganas—. Es un encanto de niña, lo que pasa que ella no lo sabe; ya la conocerás. Vas a venir esta noche, ¿verdad?

—No sé muy bien…

—Ni falta que hace, tú vas a venir como que me llamo Marisa, si estás ya más dentro que fuera… Oye —se acercó a mí como si fuera a contarme una confidencia—. Esto del wasap es muy práctico y eso, pero a mí siempre me ha hecho ilusión ir a una misión con walkie-talkies como en las películas que me gustaban de joven. Para la siguiente, tú apóyame, ¿eh? Y llevamos unos walkie-talkies, ya verás que divertido.

—¿Qué es lo de esta noche?

—Ya lo verás —sonrió—. Voy a echar un cigarrito, que aquí ya he visto todo lo que tenía que ver. ¡Hasta luego!

—¿Y cómo sabes que no voy a contar a nadie lo que habéis hecho? —acerté a preguntar antes de que se marchara.

—Por Daniel, él nos ha dicho que eres un buen tipo, y nunca se equivoca. Además, Esther lo ha confirmado, ahí estabas. —Señaló la puerta—. Riéndote a escondidas. Nos vemos esta noche.

Ahora sí se marchó y me dejó pensando en ello hasta que el resto del público comenzó a abandonar el centro. La mayoría de ellos salían comentando el suceso entre risas, a nadie le importaba ya el tema que se hubiera tratado durante aquella hora y media. Pude distinguir a los dos amigos que tanto discutían, y ellos también a mí, y me saludaron; una voz interior me dijo que era la última oportunidad de acusarlos por lo que habían hecho. Fue una duda de la costumbre, un latigazo del deber, de lo que se esperaba de mí… Lo ignoré. Les devolví el saludo con alegría, en ese momento decidí que acudiría a la reunión nocturna.

El resto del día lo pasé entre cábalas absurdas, hasta el punto de que llegue a dudar si no me lo habría imaginado todo para hacerme la mañana más llevadera, pero en ese punto de la tarde los vídeos de la charla ya circulaban por internet y eran unos pedos incuestionables. La gente los compartía entre risas y aportaban sus comentarios más ingeniosos, estuve viendo unos cuantos hasta que llegó la hora de acudir a la cita.

Al llegar de nuevo al centro cultural, en medio de la noche, fue fácil distinguir al grupo que se reunía frente a la puerta por el contraste con las calles vacías. Me recibió el corredor.

—¡Llegas a las once en punto! ¿Habéis visto? —dijo mirando al resto—. Ni a las once y diez, ni mañana… —Se volvió de nuevo hacia mí—. Nosotros hemos quedado a las diez y media para dejarlo todo listo y que no te vean mucho por aquí. Y porque Sergio siempre llega tarde.

—¡He llegado a y treinta y cinco! —se defendió Sergio, que resultó ser el mayor de los dos amigos discutidores.

—¿Cómo te llamas? —me preguntó el otro amigo.

—¿Yo? —respondí un poco abrumado—. Lucas, pero podéis llamarme Lu.

—¡Encantado, Lu! —continuó el corredor—. Este sí que es un profesional, si tiene ya pseudónimo y todo. Yo soy Daniel, ahí tienes a Marisa, que ya la conoces, y ellos son Sergio y Mario que también has hablado con ellos. Al fondo está Esther, que todavía no se ha acostumbrado a ti, pero le caes bien, le hiciste mucha gracia en la puerta. Yo soy Daniel, y ahí debajo de la capucha está Lucía. ¿Has terminado ya, Lucía?

—Creo que sí —respondió, y abandonó la pared sobre la que había estado inclinada todo el tiempo—. Un placer, Lu. Me alegro de que hayas decidido venir. Mira esto, a ver qué te parece.

Me acerqué hasta ella y me sorprendí al ver, dibujado en la pared, un monigote con un globo de texto en el que se podía leer «jijiji» sobre la firma que decía «Que lloren los malos».

—Hemos pensado que será nuestro sello —explicó Lucía—, lo dejaremos en cada lugar en el que realicemos un atontado.

—¿Atontado? —pregunté.

—Sí, de eso va esto. Somos un grupo organizado que prepara atontados, para hacer gracia. Atontamos contra los malos, ¿te apuntas?



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