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viernes, 28 de noviembre de 2014

Soñadores

La realidad es un lugar ajeno a mi sentir. El incesante acoso de los horrores que me acompañan coacciona mi percepción, negando todos mis esfuerzos de vida. No soy yo… y sin embargo, soy tan yo como cualquiera.

Ellos son lo mismo. Puedo reconocerme en sus ojos apagados, caminar entre sus andares mecánicos, asentir ante su estridente sonrisa forzada… puedo morir lentamente junto a ellos, entre iguales. Morir de mediocridad.

Pero también puedo elegir no conformarme. Seguir buscando hasta el día en que mi único horizonte sea la urna en que reposen mis cenizas, acompañado de aquellos que exigen de la vida algo más que vivir. Siendo yo, siendo con ellos.

Somos la infinidad de mordazas que acallan nuestras ideas, las cadenas que limitan nuestra comprensión, las cargas que doblegan nuestra voluntad…  Fuimos ansia de vida, culto a los temores, débil reflejo grisáceo en una noche sin estrellas… Seremos lucha, duelo a muerte contra la razón, eterna batalla del existir.  



martes, 25 de noviembre de 2014

Dinero público y corrupción

No termino de comprender la pasividad que domina a nuestra sociedad en todo cuanto se refiere a la gestión del dinero público. Creo que el problema reside en la falta de conciencia de qué es realmente el dinero público, de dónde sale, y cómo se utiliza.

El dinero público es la base de nuestro sistema de organización. En teoría, es un sistema basado en la solidaridad social, construido de forma que todos los ciudadanos aportemos en una hucha común en función de nuestras posibilidades; posteriormente, nuestros gobernantes, elegidos de forma democrática, gestionarán esos fondos con el objetivo de proporcionar una serie de servicios al conjunto de la sociedad, sin distinción de raza, religión, o clase a la que pertenezcan. Obviemos por un momento la realidad, y supongamos que todo esto se lleva a la práctica tal y como propone la teoría.

Todo este dinero procede fundamentalmente de la aportación ciudadana: Obligan a nuestros jefes a pagar una importante cantidad directamente al Estado, nos retienen parte de nuestras nóminas, y nos cobran de más en cada producto que decidimos consumir. Lo que pagamos de más es dinero que cedemos al Estado; lo que nos retienen de nuestras nóminas es dinero que cedemos al Estado; y lo que nuestros jefes pagan por tenernos contratados, no es una carga que los empresarios sufran por el bien social (como muchos intentan hacernos creer), si no un dinero que directamente pagan al Estado en vez de a nosotros. Y todo este dinero cedido al Estado tiene como objetivo, recordemos, proporcionarnos todos aquellos derechos y servicios que se recogen en nuestras leyes.

El dinero recaudado a través de todos estos métodos sirve para sufragar los gastos del Estado. Eso incluye, entre otras cosas, el mantenimiento de todas las instituciones estatales, nuestra política exterior, la construcción de infraestructuras, sanidad, educación…

En los últimos tiempos hemos creado una especie de redada contra la corrupción, y a todos aquellos gestores que han metido en su bolsillo dinero público los estamos sentando en un banquillo de acusados. Pero no os confundáis, corrupción no es sólo robar dinero público. Corrupción es también la mala gestión de ese dinero.

Corrupción es utilizar a la policía para sacar de sus casas a la gente que ha pagado los sueldos de esos policías cada vez que compra una barra de pan.

Corrupción es mandar a nuestras tropas, pagadas con nuestro trabajo, a combatir allá donde decida un gobierno extranjero a cambio de favores comerciales.

Corrupción es salvar con nuestro dinero un sistema financiero que abusa de nosotros, mientras dejamos que nuestros ciudadanos vivan en la calle.

Corrupción es privatizar servicios cuyas infraestructuras han sido pagadas con el esfuerzo de todos nosotros.

Corrupción es, en definitiva, la mala gestión de todos aquellos recursos que nos OBLIGAN  a cederles. No os conforméis con ver entre rejas a cuatro peleles, la corrupción está en la base del sistema de representación, porque es todo aquello que nuestros gerentes hacen con nuestro dinero y cuyo objetivo principal no es el beneficio del conjunto de la ciudadanía. 


viernes, 7 de noviembre de 2014

Yo me acuso

Un pequeño conjunto de silenciosas máquinas ocupaba ahora el lugar que, apenas dos semanas atrás, albergaba a casi un centenar de bulliciosos trabajadores. Roberto, el encargado de mantenimiento, no podía evitar recordar con nostalgia los cercanos días en los que hombres y mujeres iban de un lado para otro, mientras contemplaba resignado el monótono trabajar de sus nuevos y mecánicos compañeros.

No es que Roberto echara de menos a los antiguos trabajadores; la extrema timidez del encargado de mantenimiento era de sobra conocida por todos, y había provocado no pocas bromas entre la plantilla. Lo que realmente añoraba era el efecto que estos provocaban en él, y es que cada vez que uno de los trabajadores pasaba junto a él, ya fuera alegre o enfadado, le saludara o ni siquiera le mirase, Roberto inmediatamente dejaba volar su imaginación y convertía a ese empleado en el protagonista de alguna increíble historia que explicase, del modo más fantasioso posible, la actitud que mostraba.

Había pasado un mes desde que uno de los trabajadores más antiguos de la fábrica, representante de todo el colectivo, volviera a su puesto tras una intensa conversación con el jefe de la empresa. Sus pequeños ojos verdes mostraban ese confuso punto de indignación en el que, tan pronto podrían encenderse con un ígneo estallido que diera rienda suelta a toda su rabia; como por el contrario, podrían comenzar a brotar a raudales lágrimas de la más penosa resignación. Roberto, sin prestar especial atención al lugar del que venía, o a donde se dirigía, retuvo con firmeza en su mente la expresión de aquel rostro que le cautivó completamente, y se mantuvo ocupado el resto de la tarde imaginando diferentes situaciones para él.

Primero, convirtió a ese trabajador en el líder de un gran grupo de revolucionarios, el cual se hallaba a punto de llevar a término sus planes de asestar un golpe definitivo al poder establecido, cuando acababa de recibir la noticia de que las autoridades habían apresado a su bella esposa y a sus dos hijas. Enfadado y dolorido, se debatía entre entregarse para que ellas estuvieran a salvo, o seguir adelante con sus planes, lo cual les costaría la vida. Después, de carismático líder revolucionario pasó a ser un desafortunado enamorado, quien irremediablemente había perdido a la mujer objeto de todos sus deseos y sentimientos, quedando en una situación en la que sólo contemplaba dos opciones: Una de ellas era revelarse ante Dios quitándose la vida por la injusticia con que había sido tratado;  la otra, vagar por el mundo hasta encontrar un lugar en donde tener a Soledad como única compañera, y a Muerte por anhelada amante.

Y así, historia tras historia, el pobre hombre al que acababan de comunicar su despido y el de la mayor parte de sus compañeros, además de revolucionario y amante, fue también para Roberto ladrón, filósofo y vagabundo.

A lo largo de estas dos semanas Roberto había tenido que ocupar todo su tiempo en aprender sus nuevas tareas, cuyo número y complejidad habían incrementado considerablemente, y no hubo tiempo ni motivo para soñar despierto. Pero esta tarde, por primera vez desde que se diera su nueva situación, se encontraba sentado en su puesto sin nada que hacer y sin nada en lo que pensar. Fue entonces cuando recordó una conversación que había tenido hacía un par de horas con su jefe, en la cual, éste le había dicho que tenían una reunión muy importante esta tarde y que él también sería llamado para consultarle acerca de algunos asuntos. Más aburrido que triste, hizo algo que no había hecho nunca antes hasta ese momento, y decidió convertirse en protagonista de sus historias, comenzando a construir la siguiente:

Roberto se encontraba sentado en su lugar de trabajo cuando, de pronto, la puerta se abrió con un sonoro golpe y por ella entró su jefe, con el traje descolocado, el rostro enrojecido y otros evidentes signos de fatiga.

―Rápido Roberto, ha llegado el momento, te están esperando ―dijo el jefe, agarrando suavemente el brazo de su empleado con contenida impaciencia.

Roberto sacó una carpeta roja del carcomido cajón de su mesa y acompañó al jefe, con paso firme y semblante serio, hasta la salida de la fábrica donde les esperaba una interminable limusina negra rodeada por cuatro coches de las fuerzas de seguridad del Estado. La limusina y su séquito se pusieron en marcha y atravesaron a toda velocidad una autopista que estaba cerrada al tráfico, excepto para ellos, llegando en pocos minutos a un estadio de fútbol que se encontraba a unos seis kilómetros de la ciudad. Esos minutos los aprovechó Roberto para ojear unos cuantos folios que había sacado de la carpeta roja, mientras su jefe le observaba con timidez y admiración. Al llegar al estadio, bajaron de la limusina y contemplaron ante sí una enorme pancarta que ocupaba toda la fachada central y en la que podía leerse: “Primer encuentro de todas las Naciones para la construcción del Nuevo Mundo: Hoy expone sus ideas Roberto”.

Ocho guardaespaldas uniformados bajaron de los coches que acompañaban a la limusina y rodearon a Roberto, dirigiéndole al interior del estadio; y de ahí, a una plataforma situada en mitad del campo, llena de cámaras en las que se podían distinguir los logotipos de los principales canales de televisión de todo el mundo. En medio de la plataforma se alzaba, solitario, un atril que contenía un pequeño micrófono. Cuando Roberto se quedó solo frente al atril, el público reunido en el estadio, que hasta ese momento había aplaudido sin cesar, guardó un respetuoso silencio, y entonces Roberto comenzó con su discurso:

“Queridos compañeros de viaje en esta vida que ansiamos comprender y por este mundo que deseamos mejorar, gracias por concederme vuestro valioso tiempo. A lo largo de las últimas semanas han desfilado por escenarios como este gran cantidad de hombres y mujeres, todos ellos con una inteligencia envidiable y una preparación inmejorable. Unos han hablado del comunismo, el socialismo, el capitalismo, el liberalismo…; otros, de materialismo, existencialismo, humanismo, nihilismo…; y algunos más, de cristianismo, islamismo, budismo, judaísmo… Pero, por suerte o por desgracia, yo no poseo ni una inteligencia envidiable ni una preparación inmejorable, así que no les hablaré de ninguna de esas cosas.
Yo soy un hombre sencillo, el encargado de mantenimiento de una mediana empresa, así que no esperen que les deslumbre con mis conocimientos de historia, teología, filosofía o acerca de los nuevos cambios en la situación geopolítica; es más, ni siquiera estoy seguro de saber que significa esto último. Pero hay una cosa que sí sé: Sé que no estamos haciendo las cosas bien. No es necesario que enumere la interminable lista de males que aquejan al hombre de hoy, todos los conocemos porque, en mayor o menor medida, los estamos sufriendo. Lo que parece que no conseguimos identificar son las causas, si no resulta incomprensible que repitamos una y otra vez los mismos errores. Pero si alguien tan sencillo como yo puede ver claramente esas causas, la única conclusión a la que puedo llegar es que la inmensa mayoría de la población, o no quiere reconocer que tiene parte de culpa, o realmente no desea cambiar la situación.

Como sé que es muy difícil reconocer la propia culpa, pero también sé que esto resulta más fácil cuando es compartida entre varios y además reconocida por alguno de los culpables, estoy aquí esta noche, amigos, para reconocer ante vosotros mi culpa. Así, con la esperanza de que os veáis reflejados en mí, y de que mis palabras os animen a reconocer también vuestra culpa y a proponeros enmendarla, yo me acuso:

Soy culpable de crueldad e indiferencia, por saber que hay hombres, mujeres y niños muriendo de hambre y sed cada día, y no haber hecho nunca nada por cambiar su situación, más allá de puntuales donaciones que acallan mi conciencia.

Soy culpable de hipocresía, por exigir para mí lo que no exijo para los demás.

Soy culpable de asesinato, por no hacer más que tímidas protestas y aspavientos cuando mi país apoya una guerra, mientras con mis impuestos sigo financiando su ejército.

Soy culpable de vanidad, por creer que mi vida es más importante que la de otros.

Soy culpable de robo y explotación, por consumir productos construidos con materiales pagados a precios ridículos en países pobres y elaborados por trabajadores sin derechos. 

Soy culpable de avaricia, por amontonar en casa o en el banco el dinero que gano y no necesito, mientras en mi propia ciudad hay gente durmiendo en la calle.

Soy culpable de simplismo e idiotez, por creer lo que una y otra vez me repiten todos aquellos que ocupan los puestos más altos de la pirámide y no quieren que la situación cambie.

Soy culpable de engaño, porque me engaño a mí mismo negando la realidad para sentirme mejor, y engaño a los demás con mi actitud falsa e interesada de complacencia. 

Y, por último, soy culpable de conformismo, por creer que no puedo hacer nada en relación con todo lo anterior.

Todas estas, y tal vez algunas más, son mis faltas. Hoy, desde aquí, me comprometo a remediarlas, porque no podemos pretender cambiar el mundo si no empezamos por cambiar todos y cada uno de nosotros. Así, yo no os pido que arreglemos el mundo encomendándonos a un Dios o un ideal, os pido que lo hagamos a través de nosotros mismos. Y para esto sólo necesitamos dos cosas, y ambas están al alcance de cualquiera: La primera, sinceridad. Sinceridad con nosotros mismos y con nuestros semejantes, para no repetir los errores del pasado. La segunda, respeto. Respeto hacía nosotros mismos y hacía todos los demás, porque ¿Qué importa si lo llama Buda, Dios, Allah, Marx, Nietzsche, Darwin o cualquier otro? Lo importante no es lo que una persona cree, si no lo que hace; y si todos hacemos lo que debemos, no hay razón para pelearnos. Poned como base la sinceridad y el respeto, y después llamadlo como queráis, si es que realmente necesitáis llamarlo de algún modo. ¡Sería tan fácil que todos viviéramos en paz!”

―Roberto, acompáñame, le estamos esperando ―Resonó una voz grave en los oídos del encargado de mantenimiento, cuando éste empezaba a imaginar como el público de su fantasía comenzaba a aplaudir tímidamente su discurso.

Roberto se levantó de su asiento y comenzó a caminar tras su jefe, que avanzaba con paso decidido hacia la sala de reuniones. La sala era pequeña, acorde con la empresa; la decoración brillaba por su ausencia y todo el mobiliario se reducía a una mesa central de dudosa calidad rodeada por ocho asientos. En el centro de la mesa había un proyector de última generación, comprado con parte de las indemnizaciones que se había escatimado a los antiguos obreros de la fábrica, el cual proyectaba sobre un panel blanco situado en la pared del fondo una gráfica en la que se representaba la reducción de gastos que se preveía con el nuevo sistema de producción. Dos hombres permanecían sentados en la mesa y observaban la gráfica cuando Roberto y su jefe entraron en la sala. Los dos hombres parecían copias idénticas del jefe de Roberto: El mismo traje, el mismo peinado, la misma expresión de autosuficiencia… El jefe ocupó su lugar en la mesa y Roberto, que le había seguido por inercia, a punto estuvo de chocar con él cuando éste se paró para tomar asiento. Sin invitar a Roberto a que se sentara, el jefe comenzó a hablar:

―Muy bien, veamos… ¿Ha tenido algún problema con la nueva maquinaría?
            ―No señor, ninguno ―respondió Roberto.
            ―¿Hay alguna observación que considere oportuno hacernos llegar acerca del nuevo sistema de producción?
            ―No señor, ninguna.
            ―Eso es todo, puede marcharse.
            ―Sí señor ―dijo Roberto, y a continuación, salió del despacho y volvió a su puesto de trabajo.




jueves, 6 de noviembre de 2014

Cómplices de la corrupción

Los casos de corrupción se apilan en nuestro país, y en todos los demás; pero meteremos a unos cuantos corruptos en la cárcel, renovaremos la confianza en las instituciones, y nos quedaremos con aquello que necesitamos para vivir: La conciencia tranquila, el estómago lleno, nuestras ocho horitas de trabajo diario, y los ojos cerrados. Todo volverá a estar bien, sin que nada haya cambiado. ¿Por qué?  Porque así es como queremos que sea.

Porque está muy bien criticar la corrupción y después ir de compras al Ikea, en donde todo es más barato que en la tienda de tu barrio; ya que el carpintero del barrio paga sus impuestos y hace sus muebles en condiciones controladas, y la multinacional cotiza en paraísos fiscales y aplica a saber qué condiciones a su mano de obra.

Porque es muy “Cool” apoyar a los negritos que se mueren de hambre, mientras nuestra tecnología (Desde el ordenador en el que escribo, hasta la lámpara de noche de tu mesita) avanza a costa de los recursos naturales que les robamos, para tener cada día más prestaciones a un coste que nuestra calidad de vida de occidentales nos permita.

Porque mola mucho ser progresista y defender tus derechos, salir a la calle a exigir más y más para ti y a criticar a quienes cometen la osadía de acaparar más que tú; y olvidarse de aquellos que no pueden alzar la voz por culpa de tu estilo de vida.


Porque es más fácil engañarse, en lugar de admitir que somos cómplices de la corrupción, y que sin nuestra indolencia y aprovechamiento no habría lugar para todos esos desfalcos que criticamos a la par que promovemos. 


domingo, 2 de noviembre de 2014

Salvadores

Está de moda salvar la democracia. Todos lo hacen, desde aquellos que creen haberla inventado hace cincuenta años, hasta quienes creen que la han inventado anteayer. Todos hablan en nombre de la democracia a la que defienden, aquella democracia en la que la mayoría piensa igual que ellos; porque si no, claro está, no es democracia, sino manipulación, ignorancia o falta de interés.

En Europa llevamos ya doscientos años salvando la democracia. El proceso es siempre el mismo: Las instituciones se corrompen, la multitud pierde la confianza en sus líderes, y surgen otros nuevos a los que comienzan a seguir. El sistema renueva sus energías, recupera la fuerza y la ilusión durante algún tiempo, antes de comenzar a decaer de nuevo para repetir todo el procedimiento. Así, se perpetúa. Y mientras ¿Qué ocurre?

Lo que ocurre es lo que ha ocurrido siempre, a lo largo de los siete mil años de historia del hombre civilizado. Lo que lleva ocurriendo desde que el ser humano se agrupa en torno a una entidad que considera superior a él, llámese Dios, Cultura, o Estado: El hombre se va deshumanizando, lenta pero constantemente. Se convierte en su Dios, en su Cultura, o en su Estado, y deja de ser un hombre libre para ser un conjunto de hombres atados a reglas que muchos no comprenden, y muchos más no se preocupan por comprender. Cambia el nombre, cambian las formas y cambian los ideales; pero la realidad, no cambia.

Por favor, no vengáis con vuestro maletín de costurera, lleno de parches de colores, dispuestos a remendar el uniforme del sistema. Si realmente queréis salvar algo, dejad que todo esto colapse, que se derrumbe de una vez por todas, para que podamos construir algo nuevo de verdad.